Una psicosis colectiva detonada por una ola delictiva ha envuelto a la ciudad en las últimas semanas del 2019.
–Qué anoche robaron en la gasolinera del Río de las Avenidas. Qué los asaltantes encerraron en un baño al encargado y lo amarraron por todo el cuerpo con cinta de aislar–, cuentan quienes van sentados enfrente, en la camioneta que nos lleva al Centro de Visitantes del Bosque de las Ventanas, para caminar el trazo del Acueducto de las Medias Naranjas. Es la última caminata del año de la serie Recorriendo Hidalgo.

Éste es un camino poco conocido que borró el tiempo. Avanzamos sobre una hilera de piedra, entre ramas de arbustos sin perder el equilibrio, hasta enterarnos que la barda es el acueducto. Fue construido con una mezcla de piedras locales, cal, baba de nopal y arena. Una tecnología que hace a la superficie impermeable, con agujeros en los costados por donde escurre el exceso de agua para proteger la estructura; que cuenta con catorce arcadas alternadas con cajas de agua para direccionar el cauce acuático.

El Acueducto de las Medias Naranjas fue construido por la orden de los franciscanos en el siglo XVI. Tuvo un papel fundamental en el origen de la ciudad. Trabajó hasta 1983, cuando las autoridades decidieron cerrarlo para abastecer a la urbe con el agua de los pozos del poblado de Tellez. Aunque aún en estos días, el acueducto abastece al poblado de San Miguel Cerezo.

–En el Archivo General de la Nación en la Ciudad de México, hay un texto que documenta un antiguo pleito entre civiles y clérigos. El litigio era para que el agua del acueducto llegase a las tres fuentes principales de la ciudad que estaban en la Plaza de la Constitución y las calles de Aldama y Ocampo. Y no solamente surtiera al Convento de San Francisco y sus huertos aledaños, que estaban en lo que hoy es el Parque Hidalgo y la colonia Real de Minas–, explican nuestros guías.

El grupo de esta caminata es numeroso y ruidoso, suma unas cincuenta personas. Es casi imposible desprenderse de las ideas para conectar con el paisaje y fundirse en él. Quizás por eso William Hazlitt, el ensayista y pintor inglés del siglo XIX, decía “mi estudio es el campo y la naturaleza mi libro; nunca estoy menos solo que cuando estoy a solas”. Hazlitt, prefería pasear en solitario para abrir la experiencia mental, olvidarse de uno mismo y de los otros. Será una cuestión de gustos, porque caminar en grupo permite compartir historias y salir al encuentro con el territorio.

Algunos caminantes se trepan al techo del túnel del acueducto para tomarse selfies, mientras otros los critican por gandallas contra el patrimonio. Entre charcos que nos mojan las calcetas, cruzamos un claro del bosque. Aquí, el acueducto se levanta hasta una estructura que –precisamente– tiene la forma de una media naranja. Está sostenida por un arco de unos diez metros, parece un castillo escondido.

Después de sortear veredas salimos del bosque. En el horizonte se ve la silueta de espaldas del Cristo Rey, –la escultura que fue impuesta a estos cerros en los años noventas, junto con una bandera nacional. Ambos símbolos representan los poderes más fuertes que han competido por el control de esta región: la iglesia y el Estado–. Entramos a un terreno árido y caluroso que estimula los escenarios desérticos de la imaginación: alguien alude a las trayectorias de los migrantes en Arizona y alguien más, cuenta la historia de la amiga de un amigo, asesinada por el Estado Islámico (ISIS), en un viaje turístico en Egipto.

Ya en el Barrio de Camelia, el paisaje es mucho más urbano. De hecho, pedimos permiso a una vecina para cruzar por el patio de su casa y llegar a la arcada mayor superior. Es un arco grande con unos 30 metros de altura, decorado con arcos pequeños en la parte superior del marco que lo encuadra. Debajo pasa el cauce de un río que hoy está seco. Mientras descansamos bajo la sombra, contemplamos las curvas de piedra que contrastan con el azul del cielo; se escucha el zumbido de miles de grillos multicolores que yacen en charcos alrededor.

–El sol, el pulque y la caminata, sacan la psicosis de masa que resuena por la ciudad, aderezada por los conflictos entre las sectas políticas que han tomado partido al respecto–.
Pienso ya con todo el ser desplegado por el recorrido. Bebemos pulque de un puesto en la carretera de San Miguel Cerezo. No pudimos seguir la ruta del acueducto, pues con un grupo tan grande, es riesgoso avanzar por el cerro que está lleno de tiros (agujeros) de mina.

Comienza la dispersión, algunos toman combis que los lleven de regreso y otros decidimos aterrizar en la cantina del Saloon Pachuca, que está a un lado del mercado Benito Juárez en la Calle de Venustiano Carranza.
A la altura de la mina de San Juan Pachuca en Loreto, bajamos por unas escalinatas con barandales oxidados que por lo que se ve, algún día fueron vistosos por su color naranja.
–Los árboles de pirul que estaban a lado de estos barandales, eran utilizados como baños por los mineros. Éstos, tomaban de ahí la mierda para embarrarla en los barandales y jugarle bromas a sus compañeros cuando bajaban por las escalinatas y apoyaban sus manos en los tubos–, cuenta uno de los compañeros.

Ya en la calle Venustiano Carranza pasamos por la casa de mis abuelos. En la ventana está mi abuelo, desde un sillón contempla el atardecer en el cerro de San Cristóbal. Lo sumamos al grupo, gracias a una silla de ruedas que cuesta trabajo empujar entre los autos debajo de banquetas imposibles. En la cantina, los parroquianos –hombres y mujeres–, le abren paso apresuradamente, con solemnidad sin dejar de mirarlo de reojo. Mientras tanto, él pregunta: –¿Qué ya no está Ramón el Bigotón?–.

Y es que antes, esta cantina era conocida como “El Bigotes”. Y a Ramón, el dueño, le decían “El Bigotón”.
–Era famosa por el pescado frito, las tostadas de pata y el caldo de camarón. Fue un punto de encuentro entre la diversidad social de los años sesenta y setenta: políticos, militares, judiciales, funcionarios de la época, vecinos de la calle, empresarios y mineros salidos de trabajar. Toda una diversidad de clases a la que no le interesaban las diferencias–.
Cuenta alguien que vivió en este barrio, que continúa:
–Había un grupo de chamacos maldosos que desde afuera lanzaban cohetes que explotaban entre los pies de los parroquianos, mientras sonaban canciones norteñas, como las de El Piporro. Al mismo tiempo, los chamacos corrían a esconderse en los callejones del Barrio de Peñitas–.

Mientras comemos enchiladas, surge el nombre de María Teresa García, que fue administradora, –además del respetable Sr. Trossino (QEPD)–, del mítico Cabaret El Abanico.
También se habla de María Luisa, que administraba junto con su secretario Alfredo, otro bar llamado Mi Bohio. El nombre del sitio hace alusión a las casas tropicales construidas con madera o caña.
–Desde el mingitorio del Bohio, uno podía contemplar el firmamento de luces de la noche pachuqueña. Y escuchabas canciones de María Luisa Landín, la Sonora Santanera y las de moda de aquel entonces–.

Estos sitios estaban en la Zona de Tolerancia, que en las primeras décadas del siglo XX, existió entre las calles de Mina y Gómez Farías alrededor de la Presidencia Municipal. Hasta que fue establecida en el Barrio de la Surtidora, donde muchos pachuqueños recuerdan sus andanzas que duraron ahí, hasta 1983, cuando la zona fue cerrada por las autoridades.

En la Zona de Tolerancia, además del cabaret El Abanico y Mi Bohio, estaban otros como: El Pigalli, El Montecarlo, La Negrita, La Cascada y el Saint Gregories, que era de lujo. Bajo estos lugares que ya no existen y que fueron parte de la moderna urbanización de la ciudad, quedó sepultado el Acueducto de las Medias Naranjas.

 

David Ordaz Bulos
@David_Orb

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