Cristo es un negro de Salamanca. Muy negro, pero a la vez muy charro, que es como llaman a la gente de allí, no tengo muy claro por qué, y eso que llevo treinta y cinco años siéndolo. Cristo es un negro potente, un metro ochenta o algo más, brazos como auténticos remos, marmóleos, y con un tono cetrino que brilla como el oro blanco en cuanto asoma un poco el sol castellano, tan poco dado allí a aparecer como esas beatas que solo pisan la calle dos veces a la semana. Una para ir a la peluquería a repasar su permanente y otra para la misa de once de San Juan de Sahagún. Al salir ven a Cristo, que, paradójicamente, ya está haciendo la digestión en sus propios estómagos, y se persignan a su paso, Dios mío, el Cristo negro que baja la calle Toro rompiendo en adoquín con su traje de los domingos, un traje azul eléctrico comprado a los gitanos, una levita de solapas imposibles y pantalones ligeramente acampanados, que solo le falta la cruz al cuello para ponerse a vender bragas en el rastro, que solo le falta la cruz porque él es Cristo y en vez de llevarla al cuello la lleva, como la procesión, bien por dentro.

Se santiguan las beatas mientras Cristo negro charro pasa saludando a los estudiantes que regresan de la noche del sábado y les imparte su bendición. Benditos todos vosotros, hermanos venidos de toda España y hermanos Erasmus también, que lleváis en la sangre el Tormes con su indudable mezcla de libros y alcohol barato, dice Cristo negro, que poco después muestra lo mejor de sus dientes blancos a las muchachas que se cruza bajo el reloj de la plaza y a las que reconoce como sus verdaderos apóstoles. Ellas que riegan de amor las noches de esta ciudad y que en habitaciones con más cojines que gotelé y forradas con pósters de Pablo Alborán florecen y hacen florecer a los tímidos niños que somos antes de conocerlas.

Cuando llega el frío de verdad, y solo los que lo hemos vivido sabemos lo que eso significa, Cristo se sienta en la terraza del Novelty, porque a Cristo le sacan una mesa los estirados camareros incluso en invierno, y sonríe mucho desde allí, y bebe carajillo y masca altramuces y escupe las cáscaras mientras bromea con crear de nuevo la Unión Deportiva Salamanca con una costilla que le robe, por ejemplo al Pucela. Él podría hacerlo, y podría ser el delantero centro crack que nunca tuvimos, Cristo, aunque eso sería hacer trampa al curso legal de los acontecimientos y a él, como buen castellano, solo le agrada hacerle trampas a Hacienda.

En Navidad Cristo negro es el rey Baltasar, el que reparte más caramelos en la cabalgata, y en Semana Santa el crucificado de todas las procesiones, porque ese papel siempre lo clava. Después, poco después, claro, echa una mano al Padre Putas con el hornazo y en septiembre jamás le falta trabajo durante las Ferias, en las que pone una caseta en la que, como en casi todos los lados, te llevas buenas ostias por las cañas. Al menos las del negro Yisu están benditas. Las ostias, porque las cervezas las carga el diablo.

Todo generosidad nuestro resucitado, que no deja de rezar un Padrenuestro antes de acostarse cada noche porque de pequeño le enseñaron a llamar todos los días a casa. Después se abandona al sueño de manera lenta, nunca destapado, y mientras dan las doce en el reloj de la Plaza, en su cabeza no deja de sonar en bucle One of Us, de Joan Osborne.

 

 

 

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