Hace días vi en el metro un cortaúñas. Un hombre subió al vagón con la mano envuelta en collares de perlas. No de perlas, perlas; de esos chiquitos y de metal que parecen perlas, pero que no lo son, y que sirven más bien como collarcitos para sujetar algo al cuello (un dije, por ejemplo) o en las muñecas, como uno de esos chinitos de antes. Esos que eran de colores, que servían para tener salud, dinero y amor. El negro pal sexo, dizque. Había chupones que eran lo mismo, pero en chupones, en lugar de asiáticos diminutos hechos de madera colgados en las muñecas.

Pero de las perlas del hombre que subió al metro (que no eran perlas, sino bolitas de metal) no colgaban chupones ni chinitos, sino cortaúñas. Cortaúñas de a diez. Dos por quince, la promoción. Y no es que fueran los collarcitos, el hombre o sus promociones lo importante, sino los cortaúñas. Los cortaúñas en el metro.

Una vez vi, también en el metro, a un hombre que recitó a Cervantes. De General Anaya hasta Nativitas. No supe más porque debía bajar o llegaría tarde a donde iba. Ya no recuerdo adónde iba, pero recuerdo a Cervantes y al hombre que subió a hablar de molinos de viento.

En el convoy, los bocineros menudean. A veces me agradan. A veces no. Un día ofrecen todo el rap de los 90. Al otro, las mejores rolas pa las fiestas: banda, merengue, cumbia y electrónica. Todo en un solo lugar. Una especie de aleph borgiano que se asoma a los 90 con su Banda Machos y su Merenglass. En ocasiones, dicen: “Va calado, va garantizado, 120 temas con la música de los dioses”, y suena Kenny G: “The moment”. Y yo imagino al greñudito en el olimpo. Con toga y saxofón y toda la cosa.

Hay días más tristes, sin embargo. Sin dioses ni cumbias, pero con vidrios rotos. Botellas quebradas envueltas en un trapo que hacen de alfombra para un faquir subterráneo que ofrece disculpas por las molestias. Pide perdón por interrumpir el sueño y el viaje de los pasajeros con el ruido de su espalda al caer sobre las afiladas puntas. Lo hace dos, tres veces. Sangra un poco y agradece. Toma unas monedas, sale y lo hace de nuevo. En otro vagón. Con otra gente. Y la misma espalda.

Los fines de semana, he visto a una chica. Carga un morral lleno de revistas y una cajita que amplifica su voz a través de un micrófono. Amplificador, le llaman. Da los buenos días; saluda quedo, despacio, con temor de que no entendamos lo que dice. Pero lo dice, y luego: “¡No a la privatización del IMSS!”. Y comienza un discurso sobre reformas y leyes y mandatos y abusos. La gente oye o hace que no oye, pero sabemos que todos oyen. Le compran un par de revistas, agradece y se baja.

El metro siempre va lleno. Va lleno de gente: gente que se aplasta y corre. Gente que se duerme y gente que llora. Y va lleno de cosas: música para bailar y para los dioses. Va lleno de protestas y revoluciones. Chiquitas, porque en hora pico no caben las grandes. Va lleno de vidrios, espaldas doloridas y otros dolores que no se ven pero que, si te fijas bien, si entrecierras los ojos y miras con detalle, se notan y duelen más. Y va lleno de molinos que no son molinos, pero hacemos que son porque si son otra cosa nos ven raro y nos tiran de a locos.

Pero antes en el metro no había molinos ni rap ni revoluciones ni espaldas que merecen otras alfombras. Café Tacvba tiene una canción: “El metro”. Me gusta porque habla de un metro ya viejo. Uno que vi cuando niño. Un metro lleno de gente: gente que se aplastaba y corría. Gente que se dormía y gente que lloraba. E iba lleno de cosas: pastillas, paletones, chocolates, chicles y salvavidas. Agujas, cuters y encendedores de sobra. Y había hombres, hombres que subían con collarcitos de perlas en las manos. No de perlas, perlas; de esos chiquitos y de metal que parecen perlas, pero que no lo son. Collarcitos que cargaban cortaúñas. Cortaúñas en el metro.

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Imagen tomada de: www.reporteindigo.com

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