Por: Gustavo Godínez

Las crisis, como la pandemia del coronavirus, desnudan de nueva cuenta las miserias del sistema capitalista: la preocupación de los grandes empresarios por un paro de labores indefinido en las líneas de producción, la histeria de los inversionistas ante las fábricas vacías no hace más que confirmar que la acumulación de capital es imposible sin el trabajo obrero. Es ahí donde se demuestra algo que los capitalistas saben bien pero nunca reconocerán: toda la riqueza la generan los trabajadores, no los empresarios.

La caída de las bolsas de valores presenta como show principal en cartelera el grotesco derrumbe de ese castillo de naipes que es la economía de la especulación y el acaparamiento, donde unos ricos pierden mientras otros ganan, pero donde los pobres siempre pierden, siempre son ellos los que se quedan sin empleo, sin casa, sin coche o sin comer.

Los servicios de salud en jaque. Los privados sólo para los más acaudalados y los públicos colapsados en Italia, en España y pronto en Estados Unidos, no sólo por la repentina demanda, también por el avance de las privatizaciones en el sector. Medicamentos e insumos médicos a precios de tesoro, farmacéuticas y centros de salud lucrando desmesuradamente con la desgracia y la enfermedad. Hay que entender que la salud no debe estar subyugada por la lógica del mercado.

Asustado y enfermo, un gran sector de la clase media despolitizada, esa que se burla de la tardanza en los hospitales públicos y cree que todo sería mejor si se privatizaran todas las clínicas, choca con la realidad cuando se contagia en el empleo en el que entró mediante outsourcing y no tiene seguro médico ni prestaciones, y claro, con el salario de miseria que le pagan no le alcanza ni para un tapabocas en un hospital privado. Ah, ¡el neoliberalismo!

Y es que el uso y abuso del término neoliberalismo a veces lo vacía de significado, pero su influencia en el mundo es real, muy real… y más atroz en los tiempos de crisis. El neoliberalismo está ahí donde un empresario obliga a los trabajadores a exponerse en la línea de producción en plena contingencia, está ahí cuando los manda a casa sin goce de sueldo, esta ahí cuando los vendedores de tapabocas elevan los precios exponencialmente, está ahí cuando las farmacéuticas venden retrovirales y pruebas a precios estratosféricos.

Y ahí están los liberales clamando una actuación rápida y eficaz del Estado, ese Estado que por décadas se han encargado de encoger y poner a su servicio.

El neoliberalismo va más allá de lo que hacen las empresas, está también en el carácter ideológico que se volvió estándar de sociedad. El neoliberalismo nos enseñó a buscar la satisfacción en el dinero y el consumo, a buscar el éxito en solitario, el neoliberalismo carcomió nuestros lazos comunitarios y nos hizo más egoístas. Y qué difícil es articular acciones colectivas de protección sanitaria después de varias décadas viviendo en un sistema socio-económico que nos enseñó a pensar sólo en nosotros mismos. «Primero yo y después yo» , sin entender que no hay yo sin los otros. Ver a tanto estúpido haciendo compras de pánico de papel de baño es un síntoma bien retorcido de casi 40 años de paradigma neoliberal.

«Denme todo el jabón que mi salario miserable pueda comprar, qué importa que los demás no tengan con qué lavarse las manos». El caos.

Para colmo se le pide a una sociedad desigual en la que millones viven al día que cumpla a cabalidad con la contingencia, que se aisle, que se queden en casa. Pero es que para esos millones parar un día es no comer al siguiente. Díganle que no se mueva a la madre soltera que trabaja por el mínimo en una maquila doblando turno, al anciano sin jubilación que empaca productos en el supermercado, a la señora que vende tamales con un bote en la esquina de una oficina, al chofer de taxi que le subieron la renta de la unidad. Y luego nos enojamos con ellos porque no se quedan en sus casas, «¡cómo se atreven a ser tan irresponsables, que descansen y lo tomen como vacaciones!». Pero ellos no pueden darse el lujo de parar. Romantizar la cuarentena como vacaciones es un privilegio de clase.

Habrá muchos pequeños negocios y proyectos que no sobrevivirán a la contingencia. En el capitalismo de «libre mercado» el pez más grande se come al pequeño. Y así los mismos peces grandes saldrán bien librados de ésta y hasta con ganancias.

Nos urge cambiar este modelo económico. Cada crisis social, económica y sanitaria nos lo recuerda.

Comentarios

Comentarios