@balapodrida

Durante seis años, de lunes a viernes, pasé por el sitio donde el pasado 17 de abril asesinaron a seis policías estatales, en Guerrero. Este lugar es conocido como Las Mesillas, municipio de Zihuatanejo.

Se trata del punto más alto de una sierra que comienza 25 minutos atrás, por la carretera federal a Ciudad Altamirano. Es un camino sinuoso, de mucho riesgo y una espesa vegetación que lo oscurece por varios tramos.

Al llegar ahí, del lado izquierdo, justo al salir de una curva, había un aserradero donde trabajaban varios peones. También se veían vehículos que transportaban enormes troncos que luego convertían en madera. Desde hace al menos dos años, estaba abandonado.

Si uno avanza unos metros más, hay una caseta de transporte público y algunas casas regadas en ambos lados de la vía. Había días en que aquellas viviendas las miraba habitadas, en otros, solas. A la derecha, había una granja que durante varios años la vi repleta de gallinas de rancho, seguramente para vender sus huevos y su carne. Luego, de la noche a la mañana, la abandonaron.

La entrada a una brecha divide a la granja de otra casa donde algún tiempo había unos pavorreales sueltos. Verlos ahí, sueltos, en medio de aquella soledad, eran una hermosa visión. A veces los veías al borde de carretera, buscando comida. Otras, arriba del techo de dos aguas de una casa de teja. Esa casa, por un tiempo, mantuvo una miscelánea. Luego, también cerró.

Hay un tope entre la casa de los pavorreales y la caseta de transporte público. Es tan alto, que obliga a los conductores a frenar. Tal vez, por el tope y la ubicación de la brecha que se interna en el monte, este es el punto donde frecuentemente me encontraba a hombres armados.

Durante el tiempo que fui y vine, eran constantes los encuentros con estos comandos, pero era especialmente en Las Mesillas, donde ocurrieron la mayoría.

Casi todos los acercamientos eran fugaces: desde lejos nos hacían señas para disminuir la velocidad, ya detenidos se “asomaban” hacia el interior del vehículo y después nos hacían una señal de que podíamos seguir. En otras, un breve interrogatorio nos hacía apretar los dientes, hasta casi cuartearlos.

De Las Mesillas al siguiente punto, La Laguna, hay una breve recta, que algunos conductores aprovechan para rebasar a algún camión o autobús. Si a lo lejos se notaba una camioneta, o personas a borde de carretera, se daba por hecho que estaban ahí. No pocas veces me equivoqué, no sin soltar un suspiro de tranquilidad.

No podría describir con certeza ninguno de sus rostros. Uno porque nunca los volteaba a ver. De reojo veía sus armas, sus chalecos, sus cargadores. Sí noté que algunos de aquellos grupos estaban formados por gente muy joven. Una ocasión en que nos pararon, una señora apuntó con su dedo a uno de ellos. “Pero si es un niño”, dijo en voz alta. Su acompañante le bajó la mano, pero ella insistió: “Pero es que es un niño”. No estaba consiente, sino que su nerviosismo la hacía pensar en voz alta. En efecto, aquel al que señalaba, era un jovencito, tal vez, adolescente, al que el AK-47 se le veía más grande de lo que por sí es. Por fortuna, aquella ocasión no pasó a mayores.

Una vez, detuvieron el vehículo y nos pidieron las credenciales del INE a todos los varones. Por el tono de su solicitud, nos hicieron saber que no estaban de buenas. Lo ordenaron con firmeza. Con la autoridad que te da un cuerno de chivo, chaleco antibalas y pistola al cinto. Nadie preguntó para qué las querían, ni porqué. Las pidieron y se las dimos, con el pulso a punto de explotar. El hombre que las recibió las leyó en voz alta, para que lo escuchara un hombre a bordo de una camioneta estacionada en la entrada de la brecha.

Uno a uno fue mentando los nombres. Cuando tocó el turno a mi credencial, una espiral de jugo gástrico subió de mi estómago a la garganta. Por un momento, pensé que el ascenso de esa espiral hacía tanto ruido que aquel hombre escucharía. Una mano que emergió por la ventana de aquella camioneta, hizo una seña negativa y aquel hombre nos devolvió las credenciales, sin mediar palabra.

Otra ocasión, en que nos sorprendió una lluvia torrencial, al llegar a este punto, había camionetas con personas armadas, alertando sobre un peligroso arroyo que cruzaba de la casa de los pavorreales, a la caseta de transporte público. Aunque eran las dos de la tarde, la densa nubosidad y la lluvia, daban la idea de que casi oscurecía. Por eso, estos hombres, tenían sus vehículos con luces encendidas y las intermitentes. Varios de ellos, armados, claro, pero con capaz de hule, nos hacían señas que tuviéramos la precaución de bajar la velocidad al pasar por ahí. No era para menos, aquel arroyo arrastraba lo mismo troncos, que piedras. Después de cruzar aquella pequeña creciente de agua color chocolate, había otra camioneta alertando a los del carril contrario.

Supe que aquella brecha se adentra en la sierra hasta sitios donde los servicios, el progreso y la Constitución, se han tardado en llegar. Y cuando digo que lo supe, fue porque nunca pisé el suelo de Las Mesillas. Jamás me bajé del vehículo. Si lo supe, fue por gente que alguna vez subió al transporte público provenientes de esa brecha. Era gente de campo, agricultores los más, que bajaban a la ciudad, la mayoría de las veces, por cuestiones de salud.

La primera vez que vi a un grupo armado fue en Las Mesillas. Tal vez, por eso, y por el hecho de que casi todos mis encuentros, fueron ahí, siempre que pasaba por ahí, el pulso se me aceleraba. Un sudor frío me corría por las manos y la posibilidad de morir, esa con la que nos levantamos cada mañana, me jalaba las orejas, como diciéndome: “aquí estoy, eh?”.

Incluso, escribir su nombre, me provoca una escalofrío.

Aquí no hay señal de telefonía, ni Internet. El silencio de la naturaleza es atronador. Se impone y nos hace callar. Nos recuerda lo frágiles que somos. Las palabras de Machado de Assis volvían a mí con cada encuentro: “¿Qué hay entre la vida y la muerte? Un corto puente”.

No sé si la demás gente sienta lo mismo. Hay quienes decían que ya se había acostumbrado. Yo nunca pude hacerlo. Y miren que no los vi, ni una, ni cinco, ni diez veces. Para vencer el miedo, debes volverte el miedo, dice Batman. Por eso, consideré mejor, seguir temiendo.

Al ser una carretera federal, sé que mucha gente sigue pasando a diario por Las Mesillas. Seguramente, más de una debe sentir lo mismo si a lo lejos ve una camioneta o a una persona a borde de carretera.

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