En México hay dos tradiciones culturales. O, al menos, dos en lo que se refiere a gestión cultural.

Una de éstas, común en el centro del país, ha abogado por un estado con la obligación de fomentar, promover, resguardar, dictar y controlar la producción y distribución de los productos culturales. Ha sido la visión reinante en los programas nacionales, digamos, por poner un referente obvio, desde Vasconcelos: contratando artistas para hacer grandes obras públicas con fines educativos y nacionalistas y dictando lo que es y lo que no es la cultura nacional.

Sin duda, en términos culturales, sería imposible pensar el México actual sin esta herencia: los mariachis vestidos de charros, el ballet folklórico de Amalia Hernández, la música de Revueltas, Márquez y otros tantos, los muralistas, la novela de la Revolución y los autores incluidos en los libros de la SEP, la arquitectura de Pani, las esculturas del realismo comunista mexicano como la del escudo del IMSS (que luego, cosas de la vida, devinieron en las esculturas de Sebastián), el cine de la “época de oro”, el archivo Casasola, etcétera.

Todo lo anterior es maravilloso y no habría sido posible sin el apoyo del estado. Pero la idea en sí tiene algunos bemoles. Por un lado, excluye a los ciudadanos y a sus expresiones culturales al grado que el mismo proyecto vasconcelista tuvo que sufrir algunas modificaciones para incluir a grupos de mexicanos que se negaban a ser sólo la reducción propuesta. Y, así, a la imagen del caporal del bajío se le tuvo que sumar la del veracruzano con jarana, el norteño con chalequito, la cultura maya a la par de la azteca y un largo etcétera que, no obstante, siguió dejando fuera muchísimas expresiones culturales.

Por otro, la idea de que alguien –un burócrata y sus allegados- diga lo que es y lo que no es arte y cultura puede llegar a extremos dictatoriales. En una ocasión le pregunté a una futura directora de un instituto municipal de arte y cultura qué racional iba a utilizar para decidir qué proyectos iba a apoyar y cuáles no; mi primera sorpresa fue que la mujer no sabía que “tenía que apoyar proyectos de artistas locales”, la segunda fue que lo iba a decidir todo ella porque “tenía un doctorado en estética” y que no iba a andar “apoyando a cualquiera”.

Hace 20 años en Nuevo León se implementó una idea de gestión cultural diferente a ésta, con el entonces recién fundado Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León (CONARTE). Y sus resultados, aunque también con problemas, han sido tan halagüeños como los otros.

En 1993, cuando llegué a vivir a Monterrey, la ciudad parecía hacerle eco a la famosa frase sobre la carne asada: librerías, museos y eventos culturales eran escasos.

Pero la gente ya tenía hartas ganas de hacer algo, de hacer mucho. Se hacían lecturas de escritores locales en donde hubiera chance, se improvisaban ciclos de cine con películas conseguidas quién sabe cómo, los músicos hacían sus grabaciones caseras y, por supuesto, los performances y happenings comenzaron a suceder a falta de espacios.

Ya existían algunas instituciones, por supuesto: el Ballet de Monterrey y la Escuela Superior de Música y Danza (eternamente amenazados con desaparecer), el Centro de Escritores de Nuevo León, los museos de los empresarios y particulares (Cervecería, MARCO, Arte Actual Mexicano, Planetario Alfa) suplían la ausencia de museos bien dotados y organizados por parte del estado, así como las actividades culturales de las universidades, la UANL y el ITESM (con la Sociedad Artística del Tecnológico y una incipiente y única feria del libro), parecían tener mayor impacto y repercusión que todo lo que se hacía desde los gobiernos estatales y municipales.

En este contexto aparece CONARTE como un consejo de ciudadanos interesados en el arte y la cultura. Es decir, CONARTE no se forma para dictar lo que es y será la cultura de Nuevo León, sino para dar respuesta y encauzar las acciones que ya estaban llevando a cabo los artistas, la gente.

Para esto, se reunieron los “gremios” de cada disciplina, donde cualquiera podía pertenecer al gremio de su elección y participar de las mesas redondas para decidir qué es lo que se iba a hacer y para nombrar al “vocal” ante el consejo. Es decir, a diferencia de otras “secretarías” donde los programas culturales son dictados por un grupillo de burócratas que pueden o no saber algo de cultura, en el caso de Nuevo León dichos programas los realizaron (y analizaron, cambiaron o mejoraron cada año) los propios artistas. Y no, no recibieron paga alguna por esto. Mejor aún, el vocal, elegido democráticamente por el gremio de tanto en tanto, no sólo no recibe sueldo sino que no puede participar en ninguna de las becas o premios que haya en el estado durante su función.

Lo anterior puede sonar rarísimo para quienes tienen una tradición de gestión cultural diferente. Incluso, puede sonar horrendo: ¡cómo es que vamos a trabajar gratis para beneficiar a unos políticos corruptos! Pero en Nuevo León no se veía de esta forma sino como la oportunidad de hacer –eso, de hacer- en el estado y transformar nuestro entorno en algo más amable.

Los resultados a veinte años saltan a la vista. Algunos son directamente producto de esta estrategia de CONARTE y, otros, de la sinergia producida por la comunidad artística. Nuevo León hoy día es un referente cultural. Hay más y mejores museos. Tiene la mejor cineteca y la segunda feria del libro más importante del país. Hay mayor oferta de teatro (aunque ya no es sede de la Muestra Nacional) y ahí vive uno de los mejores dramaturgos del país: Mario Cantú Toscano. La poesía en las calles, en los muros, de Armando Alanís Pulido es un referente hispanoamericano, al igual que lo son, en música, Abdiel Vásquez, Miguel Almaguer o la soprano Patricia Santos (por no hablar de Celso Piña y la Avanzada Regia). Hay una Ley de mecenazgo que permite vincular a la iniciativa privada con los artistas y CONARTE es una de las instituciones que mayor cantidad de apoyos (becas, premios…) y eventos realiza a nivel nacional.

Pero hoy día el Bronco quiere convertirlo en una “secretaría” –con la ideología asociada que esto representa- so pretexto de darle más recursos. La idea de una “secretaría”, como ya mencioné, puede funcionar muy bien en algunos casos. Pero no en otros. Y la historia apunta a que Nuevo León no será uno de esos casos de éxito. Como dice Daniel de la Fuente: es “contradictorio que el primer gobierno ciudadano considere siquiera la idea de sustituir un consejo ciudadano de cultura”.

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