Estaba frente a ella pretendiendo que el pasado y el presente se unían en la sublimidad de un instante que fijaría el destino de su suerte. Era claro cómo los planetas se alineaban en ese momento de divinidad cósmica para perpetuar sus ansias de unir su destino al de aquella figura que se materializaba con cada sorbo de refresco de naranja, en medio de un antro mal iluminado.

Lanzó un dado y se acercó entre las luces vibrantes a la mesa, era claro que de entre las hojas que había leído por la mañana destacaban certeras revelaciones de lo que le deparaba el destino. Siempre le atinaban, siempre quedaba dentro de su alma un dejo de reverberaciones placenteras y conspicuas que develaban que las predicciones zodiacales delineaban siempre de forma certera su futuro.

Dejó con decisión el vaso y, sin titubear siquiera un poco, caminó entre las mesas fijando la mirada en la grandilocuencia de su objetivo, abriéndose paso entre el vapor de la estancia sin luz y de los cuerpos que se escurrían entre ardorosos movimientos.

No era una casualidad, en el mundo planetario no había espacio para las coincidencias, estaba ahí sentado en el momento y el minuto preciso en que los astros marcaban la sentencia de un amor no pronunciado, en que el futuro de sus ansias consumadas verían los resultados de esa espera que por meses había estado perfeccionando, sabiendo que en el fondo no era el momento idóneo para buscar entre las sombras de mil mujeres aquella que pudiera sacarlo de esa inercia emocional dictada por las páginas finales de una revista.

Pero aquella última edición había dictado su destino, en aquellas páginas recién impresas se formaban las frases precisas que resonaban a cada tanto en lo profundo de su cabeza:

Era el momento de conocer a una persona especial que cambiaría su vida para bien, llegarían a su vida nuevas experiencias y debía estar receptivo para el amor ya que los astros auguraban nuevos bríos; esta primavera iba a ser su época perfecta para el amor y las relaciones, así que era hora de salir con los amigos para conseguirlo. Ellos podían presentarte a alguien increíble que le hiciera ver lo especial que era.

No había que temer si al final de cada hoja siempre se encontraba sorprendido con la relación directa entre esas palabras mal redactadas y los secretos más entrañables de sus propios instantes mal recordados. No había duda de que, después de tantos años de seguir puntualmente aquellos mandamientos no cristianos, había encontrado el camino de la luz en tantas sombras. Y hoy era ella la culminación de tantas letras que se esforzaba en comprender y que con los años habían reformado su fe en la astrología. Las predicciones de su horóscopo estaban de su lado y retomando su camino entre las tempestades de sudor y carne se avecinó a esa sombra acuariana de cabellos de viento que rebozaban entre el aroma a laca, para perderse entre los perfumes de su piel y el color de sus labios de acuarela y su figura de sirena que exhibía ante sus ojos todas las tonalidades de la noche.

Quiso entonces tocarla y ésta se escondió entre sonrisas, quiso buscarla y desapareció entre las sombras de aquellos cuerpos que exaltaban sus cualidades dancísticas, en aquellas pistas iluminadas con el eco de un par de estrobos y que se adherían como sanguijuelas a sus zapatos recién boleados.

Su fe vaciló por un segundo hasta que sintió aquel aroma por su espalda, se giró y allí estaba, entre los vapores reconoció su sonrisa y aquel vestido de lentejuelas, que se asemejaba a las estrellas, le llamaba.

La siguió con la mirada, ella lo observaba fijamente y la llama encendida de su corazón que palpitaba con locura le llenaba los labios con una sustancia embriagante. Le llamó pero su voz se perdía entre el estruendo musical que bombardeaba incesante aquella bodega repleta. Era como si sus exclamaciones planetarias sucumbieran ante el ruido que consumaba toda esperanza de que los astros le guiaran por el camino del amor. De repente se detuvo, ¿no sería aquello un indicio de que no era la indicada?, ¿cuál era su signo?, ¿eran compatibles?, y si no compartían la misma piedra, ¿cómo es que podrían compartir toda una vida? Debía tener calma, debía volver a aquellas páginas y rescatar entre las letras la sombra escondida de su destino verdadero, no podía estar buscando a tientas el amor cuando las cartas astrales no habían lanzado siquiera la primera mano.

Ella se cansó de esperar, lo miró con desdén y se encaminó hacia el otro lado, él hizo lo mismo. Sin compatibilidad zodiacal, qué hacerle.

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