Primero me dijo que compráramos una lancha. Luego, al día siguiente, me propuso algo mejor: “¿Cómo ves si compramos una playa, papá?”. Mi hija tiene dos años y medio y, por supuesto, no tiene mucha idea de la dicotomía valor/dinero ni de la propiedad privada. Sólo sabe que le gusta mucho el mar (del que vivimos a media hora de camino) y que le gustaría estar siempre ahí.

Así que le respondí enseguida. Sólo que dicho “enseguida”, como cuento de Borges, duró bastante.

Me acordé de mí mismo, de unos seis años, preguntándole lo mismo a mi padre y su respuesta: “Todos los litorales son propiedad de la nación, para que todos los mexicanos podamos disfrutarlos; si fueran propiedad privada, ni nosotros ni casi nadie podría venir al mar”. Mi padre siempre ha sido un hombre conservador y procapitalista pero, tal vez por su educación católica, la ley sobre litorales le parecía una ley justa.

Me acordé también de que en los años subsiguientes de mi infancia, cada que íbamos al mar me la pasaba observando a qué playas sí se podía tener acceso y a cuáles no (porque había una cerca y/o estaban los guaruras de un hotel) e imaginaba que interponía una demanda o que llegaba a dichas playas en mi lanchita inflable nomás para “ejercer mi derecho constitucional”.

Recordé cuando leí esa novela maravillosa de Agustín Yáñez, La tierra pródiga, donde se narra cómo se planeó el ecocidio y la privatización de las costas de Jalisco: “—Ustedes saben que hay quienes ahora se titulan “vendedores de paisaje”. —Muy bien, requetebién, aunque aquí venderemos tierras con riego, agua con peces, bosques con caza, desmontes, plantíos, y si se puede hasta las nubes.”

Eso se publicó en 1960, hace más de medio siglo.

Luego pensé en los precios de un lote frente a la playa en algún lugar no muy despoblado: alrededor de 300 mil dólares los baratitos, unos cinco millones de pesos.

Y ahí sí, rapidísimo, la calculadora mental. Si mi huerca consigue un trabajo muy bien pagado en el estándar nacional a los 20 años, de unos 20 mil pesos mensuales libres. Y puede ahorrarlo completito para comprar su lote… ¡tardaría más de veinte años en terminar de pagarlo!

Aunque, por supuesto, menos del 15% de la población mexicana tiene un sueldo tan alto, nadie lo consiguió a los 20 años y nadie puede vivir dos décadas ahorrando todo su sueldo.

Entonces miré alrededor, hacia esas entradas públicas que aún quedan para llegar a las playas (aunque luego, claro, sobre la arena ahora pululen las sombrillas que lo cubren todo y donde hay que pagar si uno no quiere pasar el día, literalmente, metido en el agua) y me pregunté cuánto tiempo más habrán de estar disponibles antes de que la reforma a la ley impulse a los nuevos emprendedores a cerrarlas y a cobrarnos a todos por “ir a la playa”.

Una de las grandes trampas de la ideología capitalista es hacernos creer que somos especiales, casos únicos de éxito económico, que podremos lograrlo todo por el simple hecho de que la ley lo permite, de ser quienes somos y de trabajar duro y de forma inteligente. La ideología capitalista nos hace creer que podremos pertenecer a ese reducido 5% o, peor, 1% de la población que es capaz de alcanzar sus sueños infantiles: tener una casa en la playa.

La moda ideológica es tan fuerte que, incluso, si alguien señala números como los mencionados anteriormente, entonces reviran argumentando que el asunto es que hay que ser empresarios y no empleados (claro, porque, supongo, los empleados son seres de segunda que no tienen ni deben de gozar de los mismos derechos). O, peor aún, argumentan que los que se quejan “son chairos” (y esto, claro, lo dice alguien que tampoco podrá tener nunca en su vida una casa en la playa pero sueña que sí, porque se cree superior al resto; y en los menos, muchos menos de los casos, lo dice alguien que ha heredado o heredará la fortuna que le permitirá hacerlo). Sólo en pocas ocasiones se refiere al boom capitalista de mediados del siglo XX.

Pero, como bien ha señalado Thomas Piketty, ese boom capitalista que permitió a muchas personas ascender en la escalera económica fue una anomalía del capitalismo. Hoy día, eso es estadísticamente inexistente y sólo aquellos que ya nacen con suficiente patrimonio (nacen ricos, pues) son capaces de incrementar significativamente dicho patrimonio (las rentas por la propiedad producen mucho mayor ganancia que las rentas por trabajo).

Así, uno se pregunta en qué estaban pensando nuestros diputados al aprobar la reforma al artículo 27 constitucional y pasar por encima del artículo 11. ¿Será que ellos se creen que son y siempre serán parte del 5% más rico del país? ¿Que ellos tendrán una casa en la playa para que vayan sus hijos cuando todo el litoral esté privatizado? ¿Y que, claro, no quieren que sus hijos se junten con la chusma, con la chairada del 95% del resto de los mexicanos?

Este tipo de leyes, véase por donde se vea, sólo incitan a una mayor estratificación y violencia en nuestra sociedad y el desenlace a futuro no pinta nada halagüeño.

“Sería buena idea”, le contesté a mi hija y me guardé para mí el resto de los pensamientos. Por supuesto, me habría gustado ser mi padre y poder responder como mi padre, con algo que le diera a mi hija un atisbo de certeza de que vivía en un país justo.

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