Por J. M. Servín

“Roma” es un dejá vu de mi infancia.

De niño viví en la vecina colonia Juárez. Tuve algunos amiguitos adinerados como los que aparecen en la película. Llegué a entrar a sus casas a comer o a jugar porque rara vez los dejaban salir a la calle y sólo un ratito antes de que anocheciera. Llegaban por la tarde en el camión escolar, a veces enfundados en su uniforme de futbol del colegio. La sirvienta nos vigilaba a los invitados para que no nos robáramos nada, nos servía de mal modo. Tenía razón, éramos chiquillos pobretones muy dados a las raterías y al agandalle. Nos gustaba jugar a las “escondidillas” para escabullirnos a la cocina y comer más de lo que quedaba de la comida o hurgar en las alacenas por dulces, refrescos y galletas. Las sirvientas popof usaban uniforme y mandil. A veces subíamos por la noche a las azoteas de los edificios como el que yo habitaba con mi familia para espiar a las sirvientas en las regaderas de servicio. Sabían lo que hacíamos y si no estaban de humor tapaban el pequeño orificio de la puerta metálica con un trozo de jabón. Durante unos años de bonanza en mi casa también hubo sirvienta, pero parecía nuestro pariente, se llevaba de a cuartos con mi madre y mis hermanas. “Chela”; era una mujer madura y desmadrosa que nos hablaba a leperadas a mi hermano menor y a mi. Venía de San Martín Texmelucan, Puebla. Nos decía “huevos de cócona” y a veces, cuando mi madre la mandaba de compras al mercado, nos llevaba para enseñarnos cómo robar mercancía de los mostradores de los abarroteros. Se metía trozos de jamón y queso entre el suéter o echaba el botín directamente en la bolsa de mandado.

Cleo no usa dentadura con implantes de oro.

Sólo habla dialecto con otra sirvienta de su mismo origen, a los patrones no parece interesarles lo que puedan decir mientras no expresen malestar o compló.

Como la peli es en blanco y negro no sabemos si Cleo prefiere vestidos color rosa mexicano, como era común entre las “chachas” de su tiempo. Cleo no calza sandalias de hule como era común entre la gente de su clase. La otra sirvienta trabaja más que Cleo y no trae cara de compungida.

Cleo es dócil y sumisa casi de manera beatífica. Es la contraparte de la sirvienta anónima que sólo aparece sugerida en Las Batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, donde la trama transcurre en la misma colonia con una familia muy parecida. A diferencia de su némesis de novela, Cleo no inicia sexualmente al adolescente de la casa tal y como al parecer ocurría con frecuencia en familias así. Antes que el primogénito y los descendientes varones, el jefe de familia se aprovechaba primero del derecho de pernada. “Para andar, hay que gatear primero” decía el refrán. 

Cleo es asexuada, nunca sale al pan y no tiene pretendientes albañiles, jardineros o policías de barrio, su desvirgador es un paramilitar que luego mata estudiantes en el “halconazo”.

Excepto el chofer de la familia, no hay personajes masculinos positivos.

Cleo sale “pastel” (embarazada) pero la patrona no la corre. Ambas se identifican en su abandono.

Cleo es contemporánea de “Inocencia”, La criada bien criada, sensual y pícara interpretada en la televisión de aquellos años por María Victoria.

Cleo no come chapulines ni comida regional de su lugar de origen. Aún no estaba de moda el mezcal, las tlayudas y el quesillo como gastronomía hispter/populista/mágico/misteriosa.

Cleo No es intrigosa ni chismea con otras sirvientas.

No recomienda a nadie de su pueblo para trabajar con otra familia.

No roba a los patrones ni es “chalupa”, en el viejo caló delincuencial, sirvienta cómplice del “zorrero”: el que roba en domicilio cuando los inquilinos no están.

No viaja a su pueblo cada fin de mes.

No come chasqueando la boca.

Nunca se sabe cuánto le pagan ni para qué le alcanza.

Cleo es una mezcla entre Mary Poppins y la Virgen de Guadalupe.

Cleo corresponde a la imagen del indio que tenían los dominicos que catequizaron la Nueva España.

“Roma” es la idiosincracia de Morena llevada al cine para intelectuales políticamente correctos. Es onírica y seductora. Sus innegables logros técnicos y narrativos que enamoran al espectador preciosista, corresponden a un neorrealismo mágico opuesto al de quienes han querido comparar a Cuarón y Roma con Visconti y el cine italiano de posguerra respaldado por escritores como Vasco Pratollini, cuyas novelas (El barrio, Crónica familiar) y guiones (“Rocco y sus hermanos”, de Visconti).  impregnaron de un fuerte contenido social de denuncia proletaria a los cineastas de su tiempo. “Roma” no es el caso, ni de lejos ni con Oscar y Ariel.

Novela seminal: Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi (1945). Cleo se detuvo a trabajar en la Roma.

En “Roma” no hay furia, rabia ni brotes de rebeldía anárquica como parte de la picaresca urbana que tan bien representa el cine de Visconti, Rossellini, De Sica y otros. Cuarón le ha quitado la carga de resentimiento a su personaje icónico como parte de un miedo atávico de las clases privilegiadas mexicanas a la furia descontrolada de las hordas cuando quieren rebelarse a sus opresores. Cuarón comparte la mirada de Rosseau en su ensayo de “El buen salvaje”: el hombre es bueno por naturaleza. Fascismo light.

Roma es parte de un universo aburrido y naif más cercano al “México Magia y Encuentro” que promovía en la década de los setenta Raúl Velazco, que al cine de los grandes maestros italianos.

Poco antes de sentarme a ver Roma por Netflix, me entero que Margarita, la actual administradora del edificio donde vivo, nació en 1940, mismo año en que fue inaugurado y habitado el inmueble. Margarita ha vivido toda su vida ahí y ahora se niega a darle aguinaldo a la muchacha que limpia pasillos y escaleras. Los padres de Margarita fueron conserjes del edificio más de treinta años y le heredaron el cargo a sus tres hijas; los dos varones rehuyeron a la responsabilidad. La  familia vivía en la planta baja en un modesto cuarto de una sola pieza hasta que muertos los padres, el dueño del edificio le regaló a cada hermana un departamento en agradecimiento a su lealtad y cuidados al inmueble.

Lo mejor de Roma es el reconocimiento a “La casa del pavo” y sus deliciosas tortas, en Motolinía; y el ilusionista de la calaca bailarina, un clásico del pensamiento mágico y el animismo que impera en México, aún en nuestras clases educadas. 

El rey Cuarón va desnudo.

Cleo ya llegó a las páginas de Vogue, ahora viste como sus patrones.

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