Cuando niño, era indispensable ir a sacarme punta al menos una vez al mes, pues la escuela exigía un riguroso aseo personal: uñas cortas, orejas limpias y pelo recortado (en los hombres), era la inspección tradicional de los lunes después de honores a la bandera y de los ejercicios gimnástico-militares de la toma de distancia. La revisión, por lo general tediosa, de cuando en cuando tenía un atisbo de entretenimiento cuando algún compañero pecaba de insurgencia e iba a la escuela con la argolla en la oreja que compró en Coyoacán el domingo anterior y que, de inmediato, le era retirada de forma poco agradable frente a toda la congregación. Lágrimas y sangre de por medio. Así eran las cosas entonces.

Así que cuando mi peinado era digno de los Jackson Five, mi madre ponía unas monedas en mi mano y me mandaba a la peluquería. El local, inconfundible: blanco con detalles en rojo y la lámpara en espiral, símbolo de los expertos capilares de antaño. Además, la música era otra particularidad del negocio. Fue en ese lugar, rodeado de navajas, espejos y chistes colorados, donde tuve mis primeros acercamientos con la llamada música popular.

El protocolo, inmutable, consistía en esperar algunos minutos en lo que el experimentado babero (con aspecto de carnicero malencarado) terminaba de discutir con un cliente las novedades más importantes del futbol mexicano. O bien, aguardar mientras preparaba su instrumental como cirujano en quirófano, antes de pasar a la silla correspondiente. Entonces, Francisco José Hernández Mandujano (Chico Che, para la banda), amenizaba la espera.»Tons qué, mami» o «Turrón de coco» eran de mis favoritas cuando hojeaba un Memín del revistero. El Kalimán y Archie también eran habituales y, si me ganaba la curiosidad, de vez en cuando me aventuraba a hojear el Mil Chistes, de contenido más subido de tono, que era para los clientes más grandes.

Una vez en la silla, recuerdo bien a Los Acosta en un viejo reproductor de casetes que había en el local. «Voy a pintar un corazón» es todavía de mis favoritas y sonaba mientras el barbero tasajeaba los excesos y preparaba su navaja para concluir con el casquete corto, estilo que mi madre impuso hasta que tuve edad para darme cuenta de que parecía un judicial miniatura.

El dueño del negocio era un hombre de aspecto duro pero que podía ser de agradable y larga conversación cuando así lo deseaba. En ocasiones se detenía un momento para hacer comentarios deportivos, de espectáculos y hasta políticos; mientras lo hacía, recuerdo bien algunos éxitos de Bronco en unas viejas bocinas que flanqueaban un espejo enorme frente a las sillas que, junto con su gemelo al fondo, daban la impresión de una barbería infinita y concurrida.

En aquella época nunca reparé en un corte de pelo. Jamás me detuve a observar la rutina y no pensé, jamás, que fuera importante en mi existencia. No obstante, más de una vez me he sorprendido cantando «Oro» o «Libros Tontos», de Bronco, mientras me cortan el pelo. Y también, más de una vez, he querido encontrar un Kalimán o un Memín entre las TVNotas y TV y Novelas de los revisteros en las estéticas de hoy.

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