Hace varios inviernos disfrutaba salir de la escuela y emprender el camino a casa. La mayoría de las veces solía llegar al Metro, línea 9, estación Chilpancingo, y esperar el convoy en el primer tramo del trayecto. Recuerdo bastante bien que el mayor placer estaba en poner mi mochila a un lado en el anden frente a las escaleras y desafiar las leyes de la gravedad. Ustedes tal vez no lo sepan o no lo consideren así, pero uno de los pequeños placeres que le dan sentido a la vida es ir en sentido contrario a las escaleras eléctricas del Metro; actividad de nada fácil ejecución: coordinación y velocidad son indispensables, sin mencionar un horario adecuado, pues, hacerlo en hora pico sería pecar de subterránea insensatez. Esos días, sin embargo, pertenecen al pasado. Ahora las menudencias hedónicas son diferentes y tienen que ver con la conveniencia (ya no puedo ni subir escaleras regulares); no obstante, viajar en Metro no ha dejado de ser un placer, mas el deleite anida en otros lugares y uno de ellos es la música.

El Sistema de Transporte Colectivo Metro es una verdadera maravilla. La enormidad de la capital converge en un vagón anaranjado, los sonidos se aglutinan y se presentan en formas varias. No hablemos ahora de lo indispensable de cargar reproductores digitales o análogos en el transporte público, ni de lo que escuchamos en ellos, sino de la particularidad musical del subsuelo en la capital. Una de estas singularidades son los vapuleados vagoneros que a diario aparecen en las estaciones para ofrecer la variedad musical que, saben (sapiencia mercadológica), es del gusto de la mayoría.

Es casi inevitable toparse en el trayecto con algún vendedor que más bien semeja a un Pípila contemporáneo con una loza en la espalda hecha de rap y pop de los años 90. Lamento Boliviano de Los Enanitos Verdes y Pump up the jam de Technotronic saturan el tímpano de cuanto pasajero esté en el vagón, porque, para ser honestos, los vagoneros no suelen escatimar los decibeles de sus reproductores con miras a que algún aficionado de edad madura recuerde su lejana juventud y compre, por la cómoda cantidad de diez pesos, el CD que lo lleve de vuelta a los buenos tiempos; sin importarles que en su empeño arrebaten de brazos de Morfeo a más de un usuario que no puede sino gesticular frente al tempestuoso estruendo a un costado de sus oídos.

La banda, en todas sus versiones, el reggaetón y los éxitos de David Guetta, son frecuentes en la espalda de mercaderes musicales del Metro. Su presencia se ha vuelto fundamental en la cotidianidad capitalina. La experiencia de viajar en subterráneo no se completa sin toparse con uno de estos personajes (y muchos otros, de quienes hablaremos después) en un viaje de ida o vuelta al trabajo, de salida casual o de visita en el DF.

Los vagoneros musicales, incómodos para muchos, son ineludibles a la hora de revisar las características de la urbe más grande de nuestro país y de uno de sus transportes más concurridos. Partes de un todo y representantes del chilango son, ya, pilar fundamental de fisonomía y personajes indispensables en el día a día de un viaje de cinco pesos.

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