Como todos, o casi todos, tengo un placer morboso (o muchos): me gusta pasar algunos minutos al día revisando los comentarios que aparecen en publicaciones varias en el muro de Facebook. La gente es tan variada como sus opiniones. A veces concuerdo, aunque a veces me da un ataque de risa. Otras veces aplaudo las opiniones que considero brillantes. Pero las hay que me horrorizan al enterarme de lo que puede pasar por la mente de alguien. Cada cabeza es un mundo, dicen, y dicen bien.

   El caso es que durante uno de estos recorridos internáuticos me topé con que alguien compartió una canción de SKA-P, el grupo español con ya varios años de trayectoria cuyas canciones son, en su mayoría, si acaso todas, de carácter contestatario. Debajo, encontré menudos comentarios. Hay de todo en la viña del señor, diría mi madre; pues bien, lo mismo pasa con Facebook y en general con las redes sociales y el internet. Pero me provocaron especial interés los ataques y críticas vertidos contra el joven que publicó el enlace junto a un comentario personal que señalaba su descontento para con la clase política mexicana. La mayoría de las embestidas se alejaron del tema musical y se enfocaron en torno a la pasividad de sus críticas y denuncias que se limitaban al bien conocido activismo facebookiano. De paso, también arremetieron contra el grupo español, con acusaciones de hipócritas, aprovechados, embusteros y demás.

   Cuando Calle 13 presentó su más reciente material: Multi Viral, recuerdo haber leído una columna bastante insidiosa (lamento no recordar dónde) que puntualizaba la flagrante hipocresía y el oportunismo de la banda. Argumentaba que la presentación del primer video del sencillo de apertura, homónimo del disco, en las instalaciones de la UNAM, no fue más que una pantomima capitalista; pues, en tanto que bajo el sello de Sony, la agrupación no podía ser sino un par de codiciosos embusteros que enarbolaban una disidencia de mentira. Sus temas políticos y de crítica social no valían nada ya que seguramente se frotaban las manos junto a los directivos de la disquera mientras se revolcaban en una alfombra hecha de Sor Juanas y Diegos. La revolución no se vende, la conclusión.

   En este punto debo agregar que me agrada escuchar a SKA-P y a Calle 13. Me agradan sus canciones de protesta y sus temas socorridos: abusos, política, pobreza, revolución, desigualdad y hasta fiesta brava. En esta tesitura, me agradan otros personajes: Ana Tijoux tiene temas interesantes, pegajosos y pegadores. Boca floja llamó mi interés por un buen rato. Mis padres escuchan a Óscar Chávez, que hacía y aún hace lo suyo, que es más o menos lo mismo, pero diferente; ustedes entienden. En fin, muchos otros con una línea similar que por más que uno quisiera no entrarían en este espacio.

   Pero con tanto comentario que ataca las revoluciones en canción, las que protestan sin violencia, sin salir a las calles, sin aventarle huevos a un diputado y sin tomar un rifle del alto poder para llenar de balas el cuerpo de algún político sinvergüenza, no pude sino pensar en si de verdad la insurgencia melódica es pura pose, un paliativo, pura baba de perico, pues.

   Entonces, recordé (lamento de nuevo tener que decir que a medias porque no sé exactamente en dónde) haber leído alguna vez un texto que cuestionaba: ¿Quién tuvo mayor peso para que hubiera una revolución comunista: Lenin o Marx? Entonces se estableció una diferencia entre la acción (Lenin) y la teoría (Marx), entre hacer las cosas y pensarlas o decirlas. Además del peso que acción y palabra tienen dentro de los movimientos políticos y sociales.

   Y no es que cometa la insensatez de hacer una comparación, mucho menos equiparación entre el barboncito alemán y René Pérez de Calle 13, pero planteé la situación de la misma forma: ¿Las quejas y protestas a través de una canción son inútiles y vacías?, ¿nada vale sino la revolución concreta y el enfrentamiento físico? Volví entonces a Óscar Chávez y el papel que jugó en décadas pasadas con su trova insurrecta. Y más aún, en el caso de Víctor Jara y la influencia que tuvo en la sociedad chilena y en los movimientos sociales que terminaron aplastados por una dictadura militar que comprendió la importancia de Jara y de la protesta musical para actuar en consecuencia.

   Una canción no hace una revolución, estoy seguro de eso. Puede que los músicos ni siquiera sean congruentes con lo que cantan y lo que hacen. Pero una revolución no se hace sin nadie que diga, grite o cante que hay que hacer algo, que hay algo que está mal y que debe ser cambiado. Si bien compartir un tema de protesta contra lo que sea es un acto pasivo, no por eso es completamente inútil. Los medios de comunicación tienen un poder bien conocido y, sin duda, prefiero que haya quejosos, críticos, sediciosos y hasta revolucionarios de Facebook, a que estemos en nuestras casas sentados sin hablar, en espera de que alguien, quién sabe de dónde, cómo ni por qué, venga por nosotros para llevarnos de la mano a la protesta o a la revolución.

Comentarios

Comentarios