Seguramente usted ya está pensando una. Alguna idea, tradición, práctica o principio que es común en la actualidad pero que nos iría muchísimo mejor si la elimináramos o cambiáramos radicalmente. Pues bien, no es el único. Y de hecho esa pregunta –¿qué idea debe morir?- es la que propuso John Brockman para congregar a más de un centenar de científicos y pensadores de todo el mundo y de todas las áreas del conocimiento (o, por lo menos, del conocimiento académico comúnmente aceptado como tal en el Primer Mundo): desde la física de altas energías y la ecología hasta la antropología y la lingüística, pasando por escritores, criminólogos, periodistas y diseñadores de videojuegos, entre otros.

            La reunión tuvo lugar el año pasado en el portal edge.org ( http://edge.org/ ), mismo que se puede consultar en línea de forma gratuita, y ahora salió publicada en papel justo bajo ese título: Esta idea debe morir (This Idea Must Die, Harper Perennial, 2015). Y un subtítulo un tanto tramposo: “Teorías científicas que están bloqueando el progreso”. La pregunta original fue “¿Qué idea científica está lista para su retiro?”, de modo que podemos imaginar que tanto el título como el subtítulo del libro fueron concebidos para buscar más lectores pues, por un lado, no todas las ideas son “científicas” en el sentido estricto y algunas tienen que ver más con procesos administrativos (por ejemplo, la evaluación de pares para la asignación de recursos a los proyectos) y, por otro lado, tanto la idea común de “ciencia” como la de “progreso” son cuestionadas por algunos de los autores. De modo que el libro es algo más rico de lo que pudiera suponerse sólo por la portada.

            Edge.org ha hecho una pregunta anual desde 1998 y las respuestas se han publicado en papel, por lo menos, desde hace una década. Así, tampoco podemos esperar que todas las respuestas de esta última edición (felizmente sucintas, de no más de cinco páginas) sean propuestas que apenas acaban de concebirse en los últimos dos años. De hecho, hay algunas que tienen cinco, diez, veinte o cincuenta años rondando los círculos académicos, por ejemplo, la idea de “La tragedia de los comunes”, abordada por Luca de Biase, comenzó a ser debatida desde el momento mismo de la publicación del artículo de Hardin; la idea de la “huella de carbono” como “la mejor herramienta que tenemos para medir el impacto ambiental”, abordada por Daniel Goleman, se señaló como una política contraproducente desde antes del Protocolo de Kioto; o la “ciencia como algo de-ideologizado”, abordada por Ian Bogost al respecto del uso retórico que se le da a la palabra ciencia (por ejemplo, en los libros que llevan por título “la ciencia de gastar de forma inteligente, la ciencia de la actuación, la ciencia de la champaña, la ciencia del miedo…”) o, en su forma de un optimismo desenfrenado que nos hace creer que la ciencia resolverá todos nuestros problemas, abordada por Sturart Pimm al respecto de la extinción masiva de especies a causa del deterioro ambiental versus los desarrollos biotecnológicos que permiten “resucitar” especies desaparecidas (sí, como en Jurassic Park).

            Otras tienen que ver con eventos más recientes. Algunos de ellos sumamente significativos, como la medición de (algo que se parece a lo que decían que debía de ser) el bosón de Higgs y las implicaciones que esto tiene, la popularización de la big data, la retroalimentación y colaboración vía internet entre científicos y ciudadanos, etcétera. O meramente coyunturales, como la desafortunada declaración del bueno de Stephen Hawking sobre la muerte de la filosofía, pues “los filósofos no han podido seguirle el paso a los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física”.

            El libro, como ya se imaginará, es vasto y sería imposible abordarlo aquí a cabalidad. De modo que sólo señalaré dos aspectos más que me llamaron la atención. Primero, uno cultural. Una idea que, supongo, tanto a usted como a mí, hablantes del español, nos parecerá una obviedad pero que al parecer es extrañísima en otras culturas: la idea de que “el crimen sólo implica las acciones de los criminales”, misma que, por supuesto, aborda otro presunto hispanohablante, Eduardo Salcedo-Albarán. Segundo, uno educativo. En la parte última del libro varios autores (entre ellos Nassim Nicholas Taleb, quien se volviera best-seller en 2007 con su libro The Black Swan, sobre la importancia e impacto de lo “altamente improbable”) debaten sobre el uso que se hace de la estadística en la investigación y la toma de decisiones; es decir, sobre el significado e implicaciones de conceptos y técnicas de uso común entre ingenieros, administradores, políticos, sociólogos y demás: si usted usa estadísticas en su entorno laboral, esta sección le hará soñar con un sinnúmero de posibilidades.

Por último, como se puede apreciar en los ejemplos mostrados, aunque algunas de las ideas se hayan debatido desde hace décadas, esto no quiere decir que ya no sean populares ni perniciosas (raza, IQ, esencialismo, falacias naturalistas, maltusianismo, crecimiento ilimitado, etc…). Es decir, muchas de éstas son las que se siguen enseñando en los manuales de educación media y superior y, por tanto, es probable que sigan entre nosotros por varias décadas más. Asimismo, la relativa familiaridad dependerá de cada lector y su área de estudio. Pero como el libro aborda casi todas las áreas, si algunas le parecen casi obvias, otras le resultarán sorprendentes.

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