El chico de las alas se posa sobre el suelo grácil, como el gimnasta olímpico, seguro de su oro, que clava la salida del aparato con la sonrisa tímida del adolescente apocado que es. Irrumpen entonces los aplausos y los vítores en la pista de aterrizaje que sirve para la demostración. Salen disparados los sombreros de los hombres de traje, y las faldas de las mujeres toman vuelo, nunca mejor dicho, cuando son llevadas en volandas por los abrazos efusivos de los presentes. Alguien descorcha una botella de champán y comienza a sonar la fanfarria desde los altavoces del aeródromo, descolgados desde la torre de control a tal efecto.

Respira hondo el chico de las alas, ajeno al jolgorio, mientras trata de hacer descender de las alturas su ritmo cardiaco. Antes que él ha habido un par de decenas, todos cortados por el mismo patrón. Niños y niñas de las barriadas más pobres, con el polvo tan pegado entre los dedos de los pies que parecía que habían desarrollado una mutación genética que los convertía en musgo andante. Ninguno se salvó. También cayeron algunos del bando contrario; hombres con mucho dinero y poca paciencia, empresarios adictos al riesgo. Los primeros implantes fueron un auténtico fracaso, horas en las mesas de operaciones que terminaban engendrando monstruos que en el mejor de los casos sobrevivían solamente días. Luego vinieron los que aceptaban el implante un tiempo pero no volaban, y finalmente él. Elegido de entre un centenar, por sus cualidades físicas, destinado desde el principio.

El chico de las alas mira hacia arriba y levanta el vuelo una vez más, muy brevemente. Un aleteo menor. Es el único que puede hacerlo, y lo seguirá siendo al menos hasta que se complete la siguiente operación, así que disfruta por una vez de algo que ellos no tienen, es el rey de los cielos. Cuando aterriza otra vez todos le aplauden de nuevo, algunos de ellos, los primeros en la lista de espera, completamente ebrios de felicidad. Él dibuja una mueca. Quiere sonreír, lo intenta con todas sus fuerzas y lo parece, mientras la celebración vuelve a darle una seca espalda.

El dolor que recorre sus articulaciones es indescriptible, nota las ramificaciones óseas de sus apéndices aéreos acercándose sigilosamente a sus pulmones, y sabe que reventará en semanas, sino días. Pero vuela de nuevo, una última vez, ligero como un avión de papel, y mientras rompe el aire a dos metros de suelo aprieta los dientes. Las primeras operaciones de la lista de espera se programarán de inmediato, ahora que el experimento ha triunfado, oye decir bajo sus pies. En ese momento sí sonríe de verdad como la flor que, al fondo del jardín, ha nacido para ser bomba.

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