Por Mariana H*

Tenía la novela de este escritor desde hacía varios meses y sólo había escuchado cosas buenas de ella. Me decidí a leerla tras la recomendación de tres personas en las que creo profundamente como lectores y escritores: César Tejeda, Juan Villoro y Eduardo Casar. Después de leerla la decisión de incluirlo en el libro fue instantánea. No nos conocíamos, pero sabía que me ubicaría fácilmente: yo era la única nerd que estaba sola leyendo un libro en una cantina. Se ve mucho más joven de lo que es, me sonríe y me da un abrazo aunque es la primera vez que nos vemos: es Jorge Comensal, autor de Las mutaciones. Esta primera novela mezcla de manera brillante el humor con la enfermedad, el lenguaje y/o la ausencia del mismo con la relación entre clases sociales en nuestro país y a un loro mal hablado. 

La trabajé desde el 2011 y luego la guardé un buen rato para dejarla reposar antes de corregirla, y así poder hacerlo con ojos frescos. Yo había estudiado Letras Hispánicas en la UNAM y me había clavado en un ámbito muy extravagante de la carrera: la neurolingüística, que investiga cómo se procesa el lenguaje en el cerebro. Para entender mejor cómo funciona el habla me metí a trabajar de polisón al grupo de terapia de lenguaje del Centro Médico Siglo XXI; tenía permiso de la coordinadora del grupo, pero para que los guardias del hospital me dejaran pasar, yo tenía que disfrazarme de doctor. Eso influyó mucho en Las mutaciones, porque me hizo vivir, en bata propia, la experiencia médica. En el Seguro Social investigué cómo funciona la gramática neuronal trabajando con personas que habían sufrido lesiones cerebrales. Aprendí muchísimo de ellas. 

En el libro Las mutaciones el personaje principal, que es abogado, debido a un extraño tumor, pierde la lengua, que no es lo mismo que perder la capacidad del lenguaje por otros medios.

La convivencia con las personas con afasia me llevó a imaginar qué se siente vivir sin habla, sin la posibilidad de comunicarte verbalmente. Muchos de los pacientes no podían articular ninguna palabra; comprendían perfectamente el lenguaje, pensaban con absoluta claridad y lucidez, pero no podían hablar ni escribir. 

Al ser testigo directo de su frustración y de cómo el silencio había trastornado su existencia, me hice más sensible a una verdad tan obvia que muchas veces pasa desapercibida, y que también nos enseña la literatura: vivimos inmersos en el lenguaje y sin él nos quedamos solos en una isla, aislados en un sentido literal. Pensé mucho sobre eso en aquella época, y creo que ahí se empezó a gestar la idea de Las mutaciones. 

Estamos en una cantina en la calle de Nuevo León. Llega su torta y se caga de risa porque es muy incómodo comer y hablar. Tiene una risa muy particular, es algo parecido al sonido que produce un corcho cuando se gira velozmente para destapar una botella. Jorge es el más joven de los autores que aparecen en este libro, su novela ha tenido mucho éxito y, de hecho, ya viene una primera reimpresión, lo cual es un logro tanto para él como para la novísima Ediciones Antílope. 

Pero, aún cuando no está metido de lleno en el círculo de escritores consagrados, ha sido testigo de cómo se mueven algunos círculos literarios, para bien y para mal. 

A veces me siento más cercano al mundo de los poetas que al de los narradores (desde hace casi cinco años vivo con una poeta, por cierto), creo que los que escribimos prosa, los prosistas, somos más prosaicos, tenemos beligerancias menos intensas que las de los poetas; sus enemistades, creo, son más profundas; las distintas posturas estéticas los conducen a rivalidades personales más enconadas que en el ámbito de la narrativa o el ensayo. 

 La mayoría de los escritores dicen que no les importa ni entrar en las listas ni recibir premios, no sé si todos estén siendo sinceros, pero sí percibo que se trata de una postura más políticamente correcta. ¿Tú cómo lo percibes? 

A mi alrededor percibo más interés por las becas que por los premios comerciales. Aunque es buenísimo recibir apoyos para escribir, creo que es perjudicial concebir las obras como proyectos diseñados en función de las convocatorias estatales, porque eso determina artificialmente los ritmos de escritura, la dirección de nuestras búsquedas y temas. Tal vez algún día los teóricos de la literatura estudiarán cómo las convocatorias de becas y concursos marcaron la escritura de nuestras generaciones. 

 Uno de los ejes temáticos de este libro es encontrar cómo la violencia que existe en el país que nos ha tocado vivir está afectando la producción literaria, en Las mutaciones no se toca el tema como tal, aunque se habla de corrupción, de ilegalidad, pero en otros textos que ha escrito o traducido Comensal está absolutamente presente. 

Definitivamente. Hace once años Felipe Calderón declara la guerra contra el narco y justo hace once años muchos estábamos empezando a escribir y a habitar literariamente este país que se ha vuelto tan sangriento en el plano simbólico como en el real. Aunque muchos no hayamos padecido directamente los efectos de esta violencia, su amenaza está presente todos los días a nuestro alrededor. Cuando sucedió la matanza de los estudiantes de Ayotzinapa en Iguala yo vivía fuera de México y sentí la necesidad de vincularme de algún modo con lo que pasaba en el país. Me hacía falta escribir sobre la tragedia, condolerme, denunciarla, y el modo que encontré fue traducir del inglés el libro Drug War Capitalism, de Dawn Paley, una periodista canadiense, sobre el modo en que las políticas antidrogas estadounidenses han propiciado, a la vez, el estallido de la violencia y la penetración del capital trasnacional en muchos lugares de Latinoamérica, y el estado de Guerrero figura entre ellos. Ésa fue mi manera de desahogar el coraje, la impotencia y la necesidad de participar en el repudio a esta violencia. 

Algunos pensarán que éstos no son tiempos para reírse, pero yo creo en el humor como catarsis, como signo de inteligencia y como una herramienta digna de aplausos, al ser tan difícil de utilizar exitosamente en literatura. Y Jorge lo hace. 

En la tradición hispánica, y sobre todo en la mexicana, la literatura es muy solemne. Casi no hay escritura verdaderamente cómica desde el siglo XVII, del Quijote para acá no vuelve a haber nada tan genial y chistoso. Hay quienes ven el humor como un ejercicio creativo de segunda categoría, superfluo, entretenido. Y no lo es para nada: sin humor todo es sombrío y absurdo. ¿Puede haber algo más profundo que lo que nos salva de la miseria? Me parece una pena que no se valore más la comicidad en las letras porque es un rasgo inherente a la cultura mexicana. El temple socarrón, irreverente, del mexicano aparece muy poco en nuestra literatura. 

Está, por supuesto, Ibargüengoitia, pero son pocos los que logran algo así. Yo creo que el humor, y sobre todo el humor negro, es una de las mejores herramientas para defendernos de la desgracia. Al escribir también descubro a veces que cosas que no considero chistosas resultan risibles para otros. Eso sugiere que estoy un poco perturbado. [Risa.] No suelo reírme de lo que debería y viceversa. 

 Y en el asunto la sufridera o la gozadera de la escritura, ¿dónde te colocas? 

Disfruto muchísimo sentarme a escribir. Cuando lo hago se duerme mi superego, no pongo ningún filtro y entro en una especie de trance que definitivamente no compararía con la visita de una musa, sino con un desahogo mental que de algún modo me recuerda la infancia solitaria, las tardes que pasaba imaginando historias totalmente ajenas a mi existencia. Desde chico, la migraña y la torpeza me excluyeron de los juegos al aire libre; soy animal de sombra, y en la sombra aprendí a jugar en mundos imaginarios. Eso mismo sigue pasando cuando me siento a escribir, sobre todo por la mañana puedo quedarme trabajando sin parar hasta pasado el mediodía. Suelo ser muy neurótico con mis horas de comida, pero escribiendo no me da hambre.

Lo que es atroz después es revisar. Corregir sí es tortuoso para mí. Como ir a quimioterapia. Me deja nauseabundo, con ganas de romper todo lo escrito. Hay páginas a las que he dedicado muchas horas de trabajo y vuelvo a ellas nomás para descubrir que no sirven de nada. Es horrible. Tiré más de trescientas páginas de Las mutaciones, las que me habían costado más trabajo. 

 ¿Quién te ayudó con la novela? 

Escribí el primer borrador en los talleres de la Fundación para las Letras Mexicanas. Juan Villoro conoció la primera versión y su lectura me ayudó muchísimo a reescribirla. El texto estaba marcado por la dinámica del taller literario. En la Fundación teníamos una rutina que involucraba llevar avances cada dos o tres semanas, y al salir me di cuenta (también por eso me decidí a guardar el manuscrito) de que todos mis capítulos estaban hechos a la medida de nuestras sesiones de los lunes en la Fundación. Sin darme cuenta me había adaptado a un molde narrativo ajeno a las necesidades del relato, a una restricción que no obedecía a las necesidades de la trama, sino a las de mi vida como becario. Me tomó bastante tiempo romper esa estructura cuando volví a trabajar en la novela. El taller también te acostumbra a escribir para un grupo de lectores conocidos, muchas veces amigos a los que uno conoce muy bien. Escribir para un lector imaginario impone otros desafíos y da una libertad que tiene dos caras, porque la falta de retroalimentación puede llevarnos a hallazgos imprevistos muy buenos, o a agujeros nefastos de los que no se puede salir. 

Cada quien debe forjarse a su lector ideal y serle fiel; yo siempre pienso en ese lector como un híbrido de tía indulgente y crítico riguroso. 

 La pregunta cursi: ¿cuál es tu concepto de la felicidad? 

No tengo ni la menor idea de lo que sea la felicidad. 

De pronto veo que sonríe y mira fijamente a alguien que acaba de entrar a la cantina, si lo hubiéramos planeado no hubiera salido: es Eduardo Casar. Nuestro maestro, nuestro mentor, nuestro padrino. Él “nomás caminaba” y se dio media hora para tomarse una cerveza antes de ir a recoger a su nieta. Lo siento como un buen augurio. Terminamos hablando de comida, me entero de que Comensal fue cronista de gastronomía, que incluso ha comido (por un error del carnicero) corazón de res. De haber sabido hubiéramos pedido algo más exótico, pero el chile relleno y la torta de milanesa fueron perfectos. Nos despedimos, me quedo con una muy buena impresión de Jorge y de camino a casa, al estilo de Casablanca, pienso “éste puede ser el inicio de una hermosa amistad”. 

 Fragmento de Las mutaciones: 

Al despertar el viernes de su cumpleaños, Ramón no imaginaba que iba a verse involucrado en la consumación de dos delitos federales. El primero fue ejecutado por Elodia, que llegó a trabajar ese día en compañía de un ejemplar de Amazona oratrix, una especia de loro en peligro de extinción cuya compraventa estaba penada en el artículo 420, fracciones IV y V del Código Penal Federal. 

—¡Éstas son las mañanitas que cantaba el Rey David, a los licenciados guapos, se las cantamos así! —entró al estudio donde Ramón estaba viendo la tele cargando una jaula de canario dentro de la que se encontraba, encorvado sobre una percha muy delgada, un loro desplumado de cabeza amarilla y patas mugrosas—. ¡Mire lo que le traje de cumpleaños! 

 —dijo al levantar la jaula como si fuera un trofeo de guerra. Colocó la jaula sobre el escritorio. Se trataba de un macho juvenil, maltratado por la mala vida del Mercado de Sonora. El pobre animal estaba catatónico debido al estrés de haber pasado una hora convulsionándose junto con Elodia en el microbús. 

 Además parecía estar enfermo y desnutrido. Ramón experimentó una simpatía inmediata hacia el desgarbado perico. 

 Elodia estaba exultante. 

 —Me dijeron que éste habla mucho y por eso lo escogí —la jaula despedía un olor mezclado de papel periódico y jitomate rancio—. Le vamos a enseñar a que me grite cuando a usted se le ofrezca. 

 Las mutaciones, México, Antílope, 2016. 

*Esta entrevista forma parte de Neurosis, sustancias y literatura. 21 conversaciones con escritoras y escritores más o menos jóvenes (Reservoir Books, 2018), de Mariana H. Fue reproducida con el permiso de la editorial. 

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