Ternura 

Ileana Garma 

Universidad Nacional Autónoma de México 

2013 

80 Pág. 

 

El pulso poético de Ileana Garma es cambiante, inestable; como los estados del tiempo o la marea convulsa de las emociones.

No clasifico el trabajo de Garma en la categoría facilista de “poesía de mujeres” o “para mujeres”, pero advierto el punto de partida y eje rector del poemario en la vivencia del cuerpo femenino en tránsito hacia la adultez.

La mujer que habita los versos de Ternura; ya la poeta, ya su invención, pareciera cifrar la experiencia en una meteorología donde a cada sensación correspondiera un clima.

En el libro, como en Mérida, ciudad natal de la autora, el aire es de una humedad tan cálida como el hogar o la memoria y las variaciones térmicas se vinculan a circunstancias.

La temperatura desciende ante la ausencia del padre, el abandono de la casa familiar o la angustia por la vida independiente; alcanza, imagino, los 40 grados del verano en su plenitud ante la voz del amado y se templa en una tarde de domingo en la plaza de la ciudad o en el confort de una casa propia recién inaugurada.

El poemario se compone de 79 cuartillas distribuidas en cuatro apartados que enmarcan, a su vez, cuatro momentos vitales: en Historial del polvo, la voz regresa a la infancia para hablarle a su padre. Devela una cicatriz. La incertidumbre ante el futuro y el aprendizaje de una primera forma de amar.

Desde una escritura casi epistolar, la poeta confronta al fantasma del padre dividida entre el temor de haber heredado sus rasgos, y el de no poseerlos, el dolor de la imperfección, de ser otra, de aprender a equivocarse por su cuenta.

“Me da miedo tener algo de ti. El capricho de ser parvada de cárceles, de nombres, de costumbres…”

“Me da miedo no tener nada de ti… enredándome los tobillos, rompiendo ceniceros, clavando uno a uno, mal, cada día”

En otro poema, la mirada de la joven repasa las superficies intocadas por esa ausencia y encuentra explicación a su forma de relacionarse con las figuras masculinas.

“Por ti siempre veré a los hombres, llovizna, campo abierto, piano en sala desierta, isla fuera de mapa, islas. No sé”, y la enunciación evoluciona hasta una de las imágenes con mayor densidad poética en el conjunto.

“Me decepcionan los cuadros cubiertos por la media noche, las mandarinas que nadie recoge del jardín y que poco a poco empequeñecen en el largo prólogo a tu llegada”.

El poema termina con el eco regresando a la voz, con la pregunta que vuelve sin respuesta, con el rostro de esos hombres que son también el padre:

“Dime, si los hombres pueden seguir solos, agujitas de heno, campesinos en el tráfago, hombres entre hombres, dime”

En Dinastía de soles, Garma esboza una cosmogonía donde el emplazamiento de los cuerpos celestes simboliza las distancias entre ella y los otros, el tiempo y las cosas y la conciencia de su ser, mínimo en perspectiva al gran todo.

Este segundo apartado comprende poemas donde los astros, sus órbitas y los momentos de la vida doméstica se insertan en un mismo campo semántico. Aquí, la poeta se apropia del espacio y el tiempo limitados que el orden natural les destina a ella y al amado en el universo.

Es joven, pero no inocente. En los textos dedicados al hombre que la acompaña, Ileana reconoce la pequeñez del amor que percibe infinito y asume su frugalidad.

En Kepler, el que considero el mejor poema del bloque, hay un breve, pero sustancial ensayo sobre esta relatividad:

“Es posible que dos cuerpos no se encuentren nunca aunque orbiten en un mismo plano…vi a tu hermano esta noche cruzar la calle, quise alcanzarlo pero ya no se acordaba de mí porque, es posible que dos cuerpos no se encuentren nunca, siendo tan corta su distancia, siendo tan cercano su silencio”

En el apartado Sueños, prosigue la reflexión sobre la finitud, no ya como el temor infantil, sino como una condición aceptada en la adultez, en el deseo de compartir la caducidad con otro y continuarse en una maternidad real o simbólica.

Esta madurez vivencial pasa a la escritura: “Porque esa jarra de porcelana con sus muñequitas pintadas a mano es efímera. La televisión se echará a perder y los ladrillos dejarán de brillar. Cierto. Pasajero el miedo también. Yo estoy en un hotel frente al mar, breve, líquido, pasajero”

Llegando al conjunto de textos que cierra y da título al libro, me asalta la tentación de preguntar a la autora en qué pensaba al elegir la palabra Ternura para englobar su experiencia; pero me callo y especulo en igualdad con el lector desconocido ante las páginas.

La RAE define el adjetivo “tierno”, en varias acepciones; una de ellas: “Que se deforma fácilmente por la presión y es fácil de romper o partir”.

Deduzco así que el último apartado, (un largo poema de diez cantos escrito en verso) describe la consumación de la feminidad y sus afectos como la integración de la conciencia de ser frágil y el deseo, a pesar de ello, de quedar expuesta, vulnerable al mundo y a un otro:

“Tú me has visto

Vestida de verde bajo el paraguas verde

Con un bebé en brazos al amanecer de octubre”

La búsqueda de Ileana Garma en este libro es esa intimidad expresada en actos simples; en el sentarse junto a alguien sin hablar, sin mirarse en un sillón, compartir la impermanencia, ser mortal… esa ternura.

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