La vida es un juego, Alicia. Un juego como los que tú vives cada día: de a de veras, importantísimo, educativo y alegre. No como los juegos que –a veces, si acaso—juegan los adultos: de a mentiritas y sin compromiso. Y, como en todo juego, hay que aprender con quién jugar.

Ya has visto que a algunos niños sólo les da por jugar a los golpes y eso les divierte, se ponen muy contentos cada que hacen daño: “me lo chingué”, oirás decir a muchos adultos más tarde, porque son como esos niños que no encuentran otra forma de convivir con sus semejantes en el mundo. Y así hacen, buscan jugar a los golpes, medirse a los golpes; te esperan a que estés descuidada para golpearte y luego irles a presumir a otros que te golpearon. O peor: para reírse solos porque no tienen con quién reírse.

¿Recuerdas a ese niño en el parque de la Piedra Lisa que sólo se entretenía quitando a los niños del resbaladero y luego se quedaba ahí, arriba, sin lanzarse, viendo cómo todos los demás lo esperaban? Así también hay muchos adultos: su idea de juego es impedir que los demás jueguen. Ciertamente se parecen mucho a los anteriores, a unos y a otros les gusta acumular algo que se llama “poder”: poder para agredir a otros impunemente, poder para impedir que otros jueguen. Si me preguntas, al igual que tú y a pesar de que esté grandote, tampoco entiendo la gracia de jugar así; me parece que al final del día debe de ser muy aburrido recordar y darse cuenta de que no han construido cosa alguna.

Hay otros niños, ya los has conocido también y los has visto en las caricaturas, cuya diversión parece consistir en quejarse y quejarse mientras juegan: el muñeco debe de estar acá y no allá, yo voy primero y tú después, yo sólo juego después de acomodar todos los animalitos, etcétera. Y así se la pasan todo el rato, se quejan si hace calor y si hace frío, si hay poca gente y si hay mucha gente. Se quejan, básicamente, de todo. Con el tiempo, incluso, se definen a sí mismos a partir del quejumbre: “es que yo soy muy crítico”, afirman. A diferencia de los dos tipos anteriores, con estos sí se puede jugar un buen rato. Y divertirse muchísimo y aprender harto. Lo malo, con los casos extremos, es que a veces uno puede tener la intención de hacerlos felices sin necesidad de andarse quejando, de ser felices así nomás y porque sí. Y esto por desgracia, con los adultos que son así, casi siempre es imposible.

Hay un cuarto tipo de niños –y estos son los peores— que no se lanzan desde el inicio a los golpes ni tratan de impedir que los demás jueguen ni se la pasan quejándose sino que, por el contrario, parecen ser muy afables y muy alegres y muy buenos amigos. Pero ya que está todo el juego dispuesto, entonces toman todos los juguetes y se van corriendo. Estos son los peores –aún no te ha tocado ninguno así—porque no hay manera de anticiparlos. Y uno suele quedarse muy triste cuando se van; o muy confundido, preguntándose qué pasó. En realidad, no pasó nada pues así son, así siempre han sido y, como los primeros dos tipos, parecen disfrutar de las desgracias ajenas. O peor: a diferencia de aquéllos, estos parece que sí quieren construir algo en al mundo, sólo que se sienten incapaces de hacerlo.

¿Entonces con quién jugar?: con quien disfrute el juego. Con quien se ría de la risa, con quien te ayude a construir juegos más interesantes, con quien se sienta feliz cada que comparte, con quien sepa divertirse con lo que hay, con quien aprenda y se fascine con cada juego, con quien felicite a quien gana una competencia, con quien se tome los juegos como tú: como algo importantísimo con lo que se la van a pasar muy bien y aprender mucho. Por suerte, aunque existan los otros tipos, este último tipo de personas también es harto numeroso.

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