Te cambio por tu sueño para irme a dormir con el cadáver leal de tu alegría.

Gilberto Owen

Sé que no quiero seguir en lo oscuro

ni del futuro quedar al amparo.

Roberto Musso

Ahora, sobre la mesa fría, siempre a merced de miradas curiosas, hambrientas, deseosas de penetrar en tus abismos, no sientes nada, nada ya, tampoco ahora, no sientes el hálito tibio que se condensa sobre tu cuello, ni el gélido brillo del bisturí que recorre tu torso como una caricia, aquella anhelada caricia que te fue negada tantas veces, aquélla que deseabas que te hiciera temblar y agitarte, despedir un perfume como lo hacen de noche las frutas en los jardines de Oriente, distinguir en la oscuridad de un cuarto los movimientos del cuerpo que te condujera a la más dulce de las rendiciones, a tu espasmódica entrega. La ridícula hoja de acero inoxidable te explora empuñada por una mano nerviosa cubierta de látex, no será el primero que aprenda algo con tu cuerpo el dueño de esa mano, de esa mirada insegura, como la tuya las primeras veces. Tu mirada está ahora fija en ese cielo blanco y esterilizado, es un decir, Carla, no es ya mirada lo que despiden tus ojos, no es luz lo que contrae tus pupilas. Un fulgor blanco, artificial, ilumina débilmente algunas zonas de tu cuerpo, tendrías que estar acostumbrada, sería como estar en el set.

Pero el set es una palabra, tú nunca pisaste set alguno aunque lo soñaste, como soñaste dejar la Rosario que tantas decepciones te hizo vivir, esa Rosario cuya calle de Quevedo marcaste para siempre con tus tropiezos y tus fracasos, esa calle que araste con tus pasos y sembraste de lágrimas, calle en la que al cabo de un tiempo, unos pocos años, viste crecer la amargura de la que te quisiste alejar, imposiblemente. Primero Quevedo, luego Rosario.

A Rosario la viste pequeña, absurdamente pequeña desde los aires y fue como un descanso, es un alivio, te decías, y querías convencerte de que era cierto lo que te habían dicho, que en México las cosas iban a ser mucho más fáciles, que hay más oportunidades y tiene que haberlas si allá tenían ciudades con más habitantes que todo el Uruguay, que en un país tan hospitalario no habría necesidad de entregarte como lo habías empezado a hacer, que las argentinas son de oro en una tierra en la que no hay mucho más que tequila, ajíes y plantas con pinchos.

Comunicate, Vanessa, y tené cuidado, es lo último que te dijo tu madre en el aeropuerto, en el momento de la despedida, de los abrazos y los llantos. Tú apenas gesticulaste. Eran muy pesados tus otros dolores como para que ése, el adiós, asaz insignificante, te afectara. Tu padre se quedó en casa, con los brazos cruzados, bebiendo cerveza y viendo el juego de River, tragándose tantas cosas. Hubiera preferido otros caminos, claro, y tú también, por eso te metiste a lo del teatro; tú también querías algo diferente antes de conocer a esos hombres que te hicieron renunciar a la búsqueda que te había llevado precisamente a ellos. Después te convenciste de que era lo mismo al final, de que sería siempre lo mismo, llegarías siempre a ceder aun cuando no quisieras del todo y les fuiste permitiendo poco a poco más cosas, aunque te desagradara, aunque te hicieran sentir lástima de ti misma, y repulsión, pero se acabaría ahora todo eso, mira las nubes, Carla, son como el símbolo de otras cosas, el cielo que alcanzarás y por encima del cual te alzarás cantando, como en la canción de cuna aquélla, míralas y olvida Rosario, aquí ganarás mucho y es más fácil, es menos el sacrificio, ¿qué dices que eres?, actriz, ¿y bailas?, bueno, vas a aprender, Carla, porque aquí eres Carla, Vanessa se quedó en Rosario, en la calle de Quevedo, llorando amargamente su vida, te decías, sin apenas modificar tu expresión.

Claro que ante el público sería distinto, ante el público o ante la cámara, claro, porque una actriz, eso del teatro está muy bien, pero no pretenderás que con eso te baste. Es algo parecido esto, si quieres verlo así, porque igual hay un público, igual hay miradas, igual hay aplausos. Igual hay luces, luces que vienen de todas partes, de la noche, de las pupilas dilatadas de los hombres que observan tus evoluciones y tu desnudez, que te desean y te saben lejana e imposible, que te saben fantasía apenas tangible por un instante fáustico, y los reflectores multicolores te bañan con ráfagas de oro y de diamantes, ya tus piernas un instante apenas, ya tu torso, ya tu espalda, ya tu rostro marmóreo debajo de la lámpara y de la explicación del profesor de cirugía que usa ahora tu cuerpo para enseñar a sus alumnos cómo hacer una incisión, y tus ojos verdes ya no lo ven, ya no se eriza tu piel al contacto de un cuerpo frío ni se inhibe ante las miradas que lo devoran y llueven sobre él. Te habían dicho que bebieras ese brebaje para desinhibirte, para que te soltaras y no hicieras caso de lo que muy dentro de ti, y muy a tu pesar, te regresaba a ese Quevedo de tu infancia, a tus aspiraciones de protagonizar los filmes de los directores más renombrados, esto no será Cannes, pero igual se desfila, y tienes miedo. ¿No que eras actriz, chiquita?, te dijo una mujer para instarte a beber, y lo logró, bebiste el vaso de un solo trago y saliste a la plataforma, a lo que todas las noches sería tu proscenio y tu alfombra roja, hasta que te hartaras y recordaras la primera vez que un hombre te propuso hacer unas fotografías, allí empezó todo este torbellino que no sabías ya cómo detener, este Maelström que te absorbía hasta el fondo de ti misma.

Nadie vería las fotografías salvo ustedes dos y te sentías liberada con cada disparo de la cámara, te sentías libre, y sensual, y única, y deseada. Él no se detenía y tú bailabas, querías bailar y ver a la lente, y sonreír, e inclinar la mirada, y entreabrir la boca, como ahora, apenas asomar los incisivos y la lengua, la dulce lengua que recorría su pecho, lo besabas, Carla, y descendías por su cuerpo. Él no se detenía y tú estabas segura de que dejaría la cámara de lado en cualquier momento, pero no lo hizo, son sólo para nosotros, Vane, y tú seguiste, aun con ese dejo de incomodidad, y te diste vuelta como él te lo pidió, y sentiste luego sobre tu espalda los disparos de la cámara, y era lo único que sentías.

Te sentiste humillada, Carla. Te sentiste sobajada en lo más íntimo, en tu amor propio, cuando descubriste que esas fotografías estaban al alcance de cualquiera que las buscara, que una hipócrita ignominia caía sobre ti, cuando descubriste que ese hombre se escondía, te evitaba, que jugó contigo, que se burló. Las cosas empezaron a importarte cada vez menos, al carajo todo, lloraste, e hiciste, poco a poco, más concesiones, hasta que llegó el día, la noche, en que alguien te propuso pasar de la imagen estática a la dinámica, al movimiento y al sonido, qué más da, ésa sería tu primera experiencia ante la cámara, lo mismo había que irse abriendo camino, y accediste. Te dijiste que podías fingir pero no era fingir, era actuar, finalmente eras actriz porque habías estudiado el Grotowski y el Stanislawski, podías poner a prueba todo aquello, dejar atrás el Shakespeare colegial, la Desdémona de cartón piedra, ahora todos verían de qué eras capaz, no importan las condiciones, igual es asumir un papel y una personalidad otra, alguien te vería y reconocería tus aptitudes, te buscaría oportunidades en la capital y en otros países, te haría saltar a la fama, y esto era sólo un paso porque, pensabas, también esto puede ser arte, lo mismo que un comercial de la pepsi o servir agua a los diputados.

Pero no, el desencanto sobrevino cuando la luz de la cámara de mano se encendió y él te preguntó tu nombre. Te sorprendiste y no supiste qué hacer, Carla Loren, le contestaste, luego te preguntó tu edad, veintitrés, volviste a mentir, esto era ya un juego, era tu papel y encarnabas a Carla Loren y con Carla Loren te habrías de investir a partir de ese momento, Vanessa había muerto ya con aquellas fotografías, pero nacía una estrella. Aprendiste a jugar con la cámara y con tu cuerpo, a verla, a ocultar a Vanessa detrás de Carla Loren, que emergía plena y furiosa, dueña absoluta de la escena.

Habías renunciado hacía mucho tiempo a tus ilusiones juveniles cuando te hablaron de México. Creías que en Argentina ya lo habías hecho todo sin necesidad de trasladarte a Buenos Aires, la sola idea de viajar a la capital ahora te parecía ociosa y poco atractiva, tú necesitabas de otros horizontes, dar el gran salto sin pasos intermedios. Lo pensaste, y pensaste que quizá no volverías a ver a tus padres, a tu hermana, a tu sobrina, la pequeña Lucecita, pero valdría la pena porque en México nadie te conocería, nadie te llamaría Vanessa nunca en las calles ni sabría de dónde vienes, a dónde vas, por qué ya no asistes a las audiciones del teatro. Tampoco sabrían allá de las fotografías o los videos, Carla, sí, videos, porque no era cine eso que hacías, y terminaste por aceptarlo. Pero algo tenía también eso del gran cine de marquesina, alguien del otro lado te veía actuar, para alguien serías inolvidable, pero era algo más privado y más oscuro, no había salas de edición y se escuchaba el sonido de las calles, pero eso lo hacía más íntimo, como si actuaras para una sola persona o como si no actuaras en absoluto, como si te entregaras al que filma o al que actúa contigo, al que ve en casa amparado por la soledad, por el deseo asfixiante de tenerte, Carla, a ti, como se desea tener a Monica Bellucci o a Ludivine Sagnier. Y sabiéndote así deseada y así imposible comenzarías a desnudarte, a obedecer, a hacer lo que te dijeran, a ver fijamente a la luz, en el fondo dócil, en el fondo sumisa debajo de la pequeña, pequeña cuchilla.

En México experimentarías cosas nuevas, estabas segura, y acapararías todas las atenciones, te preguntarían por tu patria y te admirarían, podrías dejar atrás los trabajos de amateur. Pero hay que empezar desde abajo, te dijeron, sos joven y estas cosas llevan tiempo, empezarás bailando nada más, serás objeto de deseo, podés hacer muy buena plata, allá pagan bien a las extranjeras, mina, y vos lo tenés todo, apenas pises suelo azteca contactá a esta persona. Después vendrá lo grande.

Lo grande nunca llegó, Carla.

Tú no pensabas en el set ya ni en los horarios estrictos o los guiones, el vestuario, el maquillaje. No tenías ya la mirada puesta en ese gran cine que cada vez te parecía más lejano y que te sedujo en principio, y que ahora querías ver tan soso, tan vil, tan despreciable, tan Egoyan, tan Cronenberg, tan Ozon; preferías la cámara barata que se compra en cualquier electrónica o centro comercial y los escenarios improvisados, la casa del cliente, el paraje boscoso que nadie visita antes de las siete, la oficina del amigo, el hotel de paso, las tramas apenas sugeridas, si las hay, el vestuario cotidiano, la iluminación pobre, deficiente, cegadora de tan deficiente, de tan blanca, de tan inmóvil como tú ahora, Carla, que te ven tan quieta, nunca lo pareciste, después de todo no eras mala actriz, mírate.

Cadáver hermoso, estás condenada a la fosa común o al crematorio cuando se hastíen de abrirte, cuando de tan tajada ya no sirvas ni para prácticas estudiantiles, también es una forma de anonimato y de olvido, de dejar de ser, de que se te vaya resbalando Rosario del cuerpo, y todos creerán en Rosario que la estás gozando bárbaro, todos excepto tu familia, en especial Lucecita, le prometiste un juguete mexicano para su cumpleaños, pero no lo hubo, ni siquiera una llamada, porque allá, de vez en cuando, llamabas, si no estabas demasiado exhausta o si no llegabas muy noche a tu apartamento, pero casi siempre preferías dormir hasta tarde, no tenías sueño, pero sabías cómo llamarlo, cómo invocarlo, y dormías casi hasta la hora de volver al trabajo, comías cualquier cosa de camino, todo te quemaba la boca como el infierno, pero las prisas, Carla, cada vez tenías más trabajo y te exigían más, ya no era sólo bailar y provocar a los asistentes, sino también satisfacerlos tras bambalinas, yo no sé lo que te habían dicho, mi reina, pero si quieres trabajar aquí tienes que entrarle a todo y me parece que ya te estás acoplando muy bien, y eso es aquí y en China, en Rosario no, quisiste responder, pero te iban a mandar derechito a la chingada, a Rosario de regreso, y comprenderlo fue como un hachazo, un volver a las concesiones y a las órdenes, y te daban asco esos oficinistas fanfarrones que quedaban satisfechos en dos minutos. De pronto te encontraste nuevamente instalada, y eso era lo irremediable, Carla, en esa isla de la que creíste haber escapado.

Han pedido tu cuerpo, Carla, ¿cuántas veces no lo han pedido, para qué no lo han pedido? Tu madre lo pedirá cuando sepa que estás en una morgue, que el parte médico dice sobredosis y paro respiratorio, que unos estudiantes de medicina te hacen autopsia tras autopsia, que te encontraron en el cuarto de un hotel, desnuda, encima de tu propio vómito, que dos estudiantes te reconocerán mientras hagan sus prácticas en tu cuerpo sagrado, tu cuerpo siempre de niña, pero eres una niña, ese cuerpo que habrán deseado también ellos, en secreto, ese cuerpo que ya habrán visto desnudo pero vivo, serpenteante, luminoso, jadeante, Carla Loren, veintitrés años, argentina. ¿Están seguros? Vea los tatuajes, doctor.

No bastaba con tu patria, te preguntaban de dónde eres, de Argentina, ¿porteña?, no, de Rosario, y para ellos sería lo mismo pero no para ti, orgullosa de que tu acento fuera tan distinto del bonaerense, pero para ellos un país es una ciudad. No bastaba con tu nombre tampoco, nunca te preguntaron por eso, Carla Loren no les decía nada, y nunca pudiste explicarlo, hablar de tu homenaje a Carla Bruni y a Sophia Loren, a quién le importa. Tu nombre debía ser también arma de tu ars combinatoria y erigirse en algo único.

Carla Loren, veintitrés años, argentina. Esa noche repetiste, como si volvieras a nacer, tus respuestas instintivas, tímidas, pero ahora con el histrionismo del que te sabías capaz, que te había devuelto al sexo bajo el tercer ojo, la ausencia absoluta de placer. Dos horas. No verías a ese mexicano más que dos horas de tu vida, tiempo suficiente para montar el escenario y hacer la escena; estabas especialmente agotada ese día, pero sabías cómo remediarlo, y tenías hambre, no te había dado tiempo de echar el taco, como decían tus compañeras, hubieras preferido ir con ellas, pero ya habías acordado hacer la grabación, la cita era en el 414 de un hotel de la calle Quevedo, qué cosas, el video se llamaría ¿Quieres a Carla Loren? y te pareció simpático, no comprendiste el juego de palabras, tan ajeno a tu Argentina, pero repetido hasta el hartazgo en México, y eso sería lo último, Carla, ya después descansarías.

La habitación oscura te hacía sentir mareada pero lograste sobreponerte; resististe, Carla, recibiste el anticipo y comenzaste a jugar, a presentarte, a ser Carla Loren, a desnudarte, a actuar. Aquel hombre debía parecerte irresistible cuando en realidad te repugnaba, pero era un trabajo, sólo eso; te acercaste a él, comenzaste a desvestirlo, a excitarlo, contuviste las náuseas y seguiste, Carla, con tu boca. Te sometiste a él, a sus órdenes, y esa noche recordaste tus primeras experiencias, cuando creías que amabas, dulce Carla, que podías amar, luego los olvidos, las decepciones, la calle Quevedo de tu Rosario, las fotografías, las miradas lascivas y condenatorias, y entonces lo sentiste penetrarte. Una bocanada de aire caliente se escapó de tu boca, tené cuidado, te había dicho tu madre, una mano grotesca recorría tus muslos, tu vientre, hubieras deseado que fuera alguien a quien amaras aunque no te correspondiera, recorría tu espalda, tus senos, y sentías ganas de vomitar, recorría tu cuello, de vomitarlo todo, de vomitar tu rabia, tu humillación, tus insignificantes placeres verdaderos, esos refugios artificiales, vomitar Rosario y vomitar México enteras, vomitar el balero de Lucecita, tu noche alta y tuya, tu intento inútil de escapar de algo que no alcanzabas a entender bien qué era ni por qué te ataba de ese modo a tu pasado, era borroso como lo veías ahora, nebuloso como la voz de ese mexicano que te poseía y que te parecía repulsivo, que hacía que tus náuseas te hicieran insoportable seguir, querías detenerte, gritar basta, basta ya, basta a todo, venían a tu cabeza esas líneas que no recordabas dónde habías escuchado, si vino un imbécil a hacerme difícil una noche fácil, se piensa que es ágil pero es medio fósil, pero en unos minutos más no lo volverías a ver nunca, ni a él ni a nadie, habías alcanzado, tan pronto, ese límite, pero no había salida, Carla, no la veías, y quisiste morir de asco cuando sentiste al mexicano eyacular, antes de tiempo, dentro de ti, ¡chin…!, ahora tendrías que verlo dos o tres días después, nuevamente, y repetir el trabajo, quizá no todo, pero sí repetir, volver a sentir su carne bofa, y cuando te diste cuenta, Carla, el vómito estaba debajo de ti, y jadeabas intensamente, y aquel cobarde salió corriendo, desnudo, de la habitación, a medianoche, y comprendiste en ese momento que no llamarías a tu hermana en su cumpleaños, que se acercaba, mucho menos a Lucecita en el suyo para decirle

El profesor que ahora te usa para ilustrar dónde se ubican las principales arterias del sistema circulatorio se encargará de llamar a la Embajada, de contactar a tu familia en Rosario que tenía meses sin saber de ti, tu padre se quedará a ver el juego, ¿qué te han hecho?, gritará tu madre, ¡¿qué te han hecho?!, los muchachos estaban apenados, le explicarán a tu madre, no querrán decir cómo te habían reconocido, pero finalmente mostrarán el video, precisamente el último, inconcluso, a la manera de Schubert. Le dirán a tu madre que los estudiantes rastrearon la prensa, que cotejaron tu fecha de ingreso a la morgue con la nota policiaca y ahí estabas, en el Reforma, tu brazo fuera de la cama apenas cubierto por una sábana en tu última fotografía, Amanece prostituta sin vida en célebre hotel de Quevedo, decía la nota, creyeron que eras una prostituta, una más, nadie abogó por ti, Carla, y claro, tu cuerpo desnudo, el dinero a la vista, el semen entre tus piernas, era fácil suponerlo, suponer tantas cosas, pero los estudiantes se encargarán de rectificar, no eres una prostituta, eres una actriz, Carla, llamarán al diario y al reportero, le dirán que te identificaron y se publicará otra nota para limpiar tu nombre, Identifican a actriz porno argentina hallada muerta en hotel de Quevedo, ¿te das cuenta ahora?, esos regresos. La policía dará por cerrado el caso, no querrán seguir investigando más, con quiénes te habías involucrado, esas cosas que uno nunca sabe hacia dónde van a salpicar.

Tu cadáver será repatriado. Señora, lo lamentamos mucho, ofrecemos nuestras condolencias a nombre de, pero tu madre no escuchará, no querrá saber nada, sólo abrazarte por última vez, aunque se interponga el féretro, llorarte los siete mares, los siete putísimos mares, ¿por qué te fuiste, Vanessa?, pero nunca te fuiste, nunca pudiste escapar, es lo que querías hacer, está muy bien, nena, pero ¿por qué?, te dije tené cuidado, pero nunca me hacés caso.

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Julio Romano Obregón (México, D. F., 1983) estudió Ciencias de la Comunicación y es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo (2010 y 2013) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (2013-2014). Obtuvo el Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2013.

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