Actualmente en la clase política se han extinguido las escasas partículas de vergüenza y decoro que pudieran tener. Han llegado a un nivel de un cinismo tan superlativo que parece que les importa un soberano cacahuate que sus gobernados se enteren de que llevaron a 200 acompañantes al viaje a Inglaterra. Como hacía muchos sexenios, una primera dama no gastaba auténticas fortunas en costosos vestidos —de la alcurnia de un rojo valentino—; ya ni se diga del escándalo de la famosa “casa blanca”.

Tal pareciera que se muestran orgullosos de recurrir una y otra vez al tráfico de influencias y a todo tipo de contubernios para salir beneficiados. Y eso que cuentan con todos los gastos pagados y sueldos tremendos. Han conformado una nueva casta divina y se han convencido de que lo único que tendría que hacer el pueblo por ellos es alabarlos y colmarlos de loas y aclamaciones.

Por supuesto que el ejemplo cunde a través de los distintos niveles —de las altas esferas a la provincia desvalida—. A los que son políticos de carrera se les acumulan las mañas y la creencia que son verdaderos semi-dioses y que el populo les debe una inmensa pleitesía. Su voracidad es enorme, saltan de encargo en encargo hasta tener al país entero a sus pies y tratar de establecer un Olimpo diseñado por Televisa y sus compinches. Nada de una vocación de servicio… a los involucrados en el sistema partidista lo que de verdad les interesa es el negocio: de la gente sólo quieren saber en calidad de emisores de los votos suficientes para alcanzar sus puestos.

Y si así ocurre con aquellos que cuentan con una larga trayectoria, ¿qué podemos esperar de los improvisados? ¿Basta con tener la intención de presentarse a una elección para convertirse en un servidor público? ¿Cualquier persona reúne las condiciones para ejercer el mandato y el ejercicio de la política?

En Pachuca esto es una evidencia; en la Casa Rule tenemos a una persona que se ha olvidado de que todavía es joven; de que establecer nexos con la comunidad es una herramienta fundamental para dirigir a un municipio; y de que se debe utilizar la formación académica y la cultura para hacer gala de inteligencia y sentido común.

Una y otra vez ha dejado en claro que no le interesa la opinión pública… que lo tiene sin cuidado. Copiando las pésimas actuaciones del escenario nacional, se dedica a imponer su voluntad sin mediar reflexión y análisis —para ello se rodea de una corte servil y mansa—. Como nunca antes “la ciudad de los vientos” tiene al frente a una persona completamente necia y cerrada a las opiniones adversas. Ni las toma en cuenta y cree seriamente que no las necesita. De facto impone su ley —¡por que soy el presidente municipal! ¡por que puedo y quiero!—.

Al menos nos libramos del horrible tubular de la Plaza Independencia, pero tenemos que aguantar una obra de pésima calidad como la que ejecutaron en la calle de Guerrero —sin orden, concierto y coherencia—. Muchas otras calles están en muy malas condiciones. Seguro que el alcalde imagina que cuando va por Morelos es como ir en barco, pues los autos se bambolean dadas las hondonadas en los adoquines. Lo mismo pasa en la calle de Hidalgo.

Concentrarse en la explanada del Reloj es otra de sus imposiciones. Cierto, la plancha requería intervención, pero el proyecto del Centro Cultural no se justifica más allá de lo que implica gastar en obra pública. En entrevistas, ha dejado claro cuáles son sus prioridades; ofrecer servicios culturales, parques y jardines allá donde ahora vive la gente le tiene sin cuidado. La línea es insistir en el Centro Histórico una y otra vez.

Convertir a un empresario en político no resultó; Pachuca está pagando el precio. El cinismo político es contagioso, así como un gusto artístico muy dudoso. Allí están las esculturas de Sebastián y su altísimo costo para recordárnoslo todos los días. El karma de vivir en Tuzolandia.

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