Pese a cualquier tipo de ajetreo de un viernes por la noche busco la manera de hacerme de un poco de tiempo para ir al día siguiente de preferencia caminando hasta el puesto de periódicos. Me acompaño de buena música y gafas de sol. Es un momento chispeante llegar al pequeño local metálico y pedirles un ejemplar del periódico español El país. Los sábados es el día de Babelia. Suelo regresar a mi hogar mirando los títulos bajo las palmeras de la Avenida Revolución.

A los pocos minutos ya me encuentro delante de una enorme taza de café, disfrutando de esa espirituosa bebida bien caliente y endulzada. En verdad es un momento de extremo y luminoso placer dedicarle ese instante a la lectura. Valga la pena recordar que, a comienzos de los noventa, en Pachuca era todo un logro conseguir un ejemplar. Vamos, hasta el Uno más uno se acababa. Llegaban poquísimos ejemplares y hacerse de los suplementos culturales era una pequeña hazaña doméstica.

Eran épocas en las que aún solía darme una vuelta a casa de mi abuelo para hacerme de algún libro dejado en su biblioteca por alguno de mis tíos. Sobraban títulos de la «Serie del volador» de Joaquín Mortiz y que representaban una auténtica revelación lectora. Tenderse a leer mientras corría algún disco de vinyl era una experiencia casi psicodélica.

Desde que apareció el libro «Vivir para contarla» de Gabriel García Márquez se me hacía muy propicio juguetear con que muchos querríamos «Vivir para leerla»incluso antes de escribir cualquier cosa. Me gustaba platicar con mis amigos lectores que sería ideal encontrar la forma en que uno pudiera sobrevivir profesional y económicamente a partir de simplemente leer. A través de los años más o menos la estrategia ha funcionado.

Es por eso que leer me sigue pareciendo algo mágico y que provoca una elevada forma de placermás allá de que lo que se lea sea doloroso o dramático. El caso es que algunos tomamos posteriormente la decisión de escribir y el asunto se complica tremendamente. Por supuesto, que los motivos son sumamente diversos y cada persona parte de un detonador distinto.

Mientras comenzaba a pensar este texto, y ante la cercanía del Día Mundial del libro, al que suena mejor considerarlo Día del libro y de la rosa a la usanza catalana en la Diada de San Jordi, me cruce con un texto llamado «Historia y novela», en el que el tremendo escritor norteamericano James Ellroy cuenta cómo fue que arrancó en el oficio: “Decidí hacerme novelista cuando tenía 10 años. Sentía que era un derecho y un último recurso. Mi madre murió asesinada en junio de 1958. Mi relación con la Historia se hizo mucho más local y criminal. Empezó a florecer un subtexto sexual que presagiaba la pubertad”.

Ellroy comenzó a escribir como una forma de sobrevivencia y nos ha regalado obras brutales que siempre están buscando explicaciones a muchas cosas: la podredumbre humana, los crímenes o el desbordamiento del deseo. Son libros que se quedan tatuados en nuestro interior el resto de los días. Ese tipo de autores dan con obras estremecedoras que nos hacen patente que la literatura también puede producir un fuerte shock emocional.

La literatura y los libros como vehículos de resistencia contra la adversidad. Una forma efectiva para oponernos a la barbarie, pero la mayoría no lo cree así ni lo pondera. En México se lee mucho menos que en otros países que atraviesan por conflictos armados o con economías menos desarrolladas.

¿Qué es lo que hemos hecho mal? ¿Por qué en México no le tenemos tanta pasión a los libros? ¿Será acaso que los odiamos?

Si nos centramos estrictamente en el asunto del precio en el mercado, habrá quien subraye que dicho costo obedece a una demanda precaria. Y puede que sea así. No es sencillo especular acerca de nuestra falta de afecto por esos objetos impresos. Se trata de una cuestión multifactorial: un fenómeno que se rehúsa a ser resuelto.

En el centro de la vorágine se encuentra el factor educativo. Cierto, en las escuelas nos educan para terminar odiando los libros. Pero, ¿qué ocurre en los hogares? ¿Acaso no se concentra ahí la parte no formal del proceso educativo?

¿A qué se deberá que nos interesen poco los libros? ¿Los odiamos? ¿Los consideramos prescindibles? ¿No nos alcanza para adquirirlos? ¿Cuándo dejaron de interesarnos los periódicos y suplementos?

Recordemos cuánto de nuestra personalidad adulta proviene de los hábitos adquiridos durante la niñez. He allí parte fundamental para relacionarnos afectivamente con los libros. Se trata de un asunto de costumbre, de hábitos… después los muchísimos contenidos habrá de apasionar a los lectores principiantes.

En los libros hay pasión, garra… en ellos se deposita no sólo el conocimiento académico sino la propia vida de los autores. Ellos explican el mundo tal como lo conocemos y si es que hacen falta otros, pues los inventan.

Los libros aportan herramientas para hacerle frente a la vida con mayor gallardía. Tal vez sea que la suerte esté echada y que tarde temprano sobrevendrá una tragedia inevitable, pero de que estaremos preparados para pelear a la contra a través de lo que la lectura trae consigo ni duda cabe.

Aproveche estos días no sólo para regalar un libro, también pregunte a su gente cercana si es que ama u odia los libros. Al final del día, seguro que habrá un exceso de respuestas políticamente correctas. Mentir para convivir. Así las cosas.

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