La política desde hace mucho no es más un asunto de ideas, posturas y conceptos en el escenario mexicano; es un negocio muy lucrativo para aquellos que logran ingresar en él y saben que pasan a pertenecer a una nueva casta divina. En conjunto, todos los partidos se protegen para que los dividendos y prestaciones no puedan salir afectadas. Ellos viven en esferas que no requieren de la gente hasta las elecciones —mientras se pierden en su soliloquio—.

La partidocracia da vergüenza; una y otra vez nos enteramos que los representantes públicos han subido sus dietas, que cobran extra por cada comisión en la que participan, que incluyen recibir iPads y otros aparatos, que les pagan telefonía y otros servicios; sus empleados cercanos cobran en el erario público y ellos gozan de aguinaldos y primas que se incrementan cada año. Y también les beneficia el fuero, una condición que no hace sino explicitar la impunidad.

Uno prende la televisión y allí está un presidente municipal levantando el vestido de su acompañante en un baile; se trata del mismo hombre que declaró haber robado “poquito” en su anterior administración. ¡Pero la gente volvió a votarlo!

En el imaginario público nos acostumbramos a multiplicar las bromas en torno a Fidel Velázquez, en su momento, luego sobre Elba Esther y ahora hay una estela inmensa de Memes con diputados que asisten a la Cámara a dormirse. Las risas esperpénticas tan sólo nos recuerdan la manera en que dejamos que esos personajes gasten los recursos que les otorgan sus representados.

¿Cuántas figuras públicas no suelen moverse a partir de jugosos negocios que implican conflictos de interés? El ejercicio de la política y sus recientes protagonistas forman parte de un juego bufo en el que podemos ver a un Payaso intentar reunir firmas para justificar su candidatura y a la postre presentar el apoyo de gente ya fallecida. Replicando las mañas de sobra conocidas.

¿En qué momento una agrupación como la ANDA decidió que alguien como Carmen Salinas tenía capacidad para entrar en las listas plurinominales? Pero también resultó que Sabrina “La chichona”, podría servir de “representante simbólica” para la comunidad Gay y Transgénero; provocando desencuentros al interior de organismos de un mismo partido. ¿Entienden que han convertido a la política en un espectáculo grotesco?

Pero no puedo dejar de reclamarme que la culpa la tenemos los ciudadanos por dejar que una turba de mequetrefes nos dirijan. La clase política se ha devaluado. Escasamente forma parte de ella gente con preparación y experiencia. El perfil y el nivel educativo y cultural mostrados son tan bajos que pareciera que no hacen falta atributos para ocupar un cargo público.

Somos tantos los que desearíamos que las diputaciones plurinominales desaparecieran, que se prohibiera el financiamiento público a los partidos, que se extinguieran los partidos “señuelo” y que se recortara de manera importante el número de senadores y diputados.

¿Qué haría falta para devolver un poco de dignidad a la política? Somos tantos los que estamos indefensos ante una caterva de ambiciosos, obsesionados en grado máximo por la riqueza y el poder. ¿En qué momento un político se contagia de megalomanía?

En realidad, los partidos políticos no son competidores; funcionan como cómplices y perpetuadores en un negocio sucio que buscan sostener infinitamente. Han consolidado la certeza de que quien logra ser bendecido por estos “mesías” del engaño, la estafa y la impunidad se hará rico en un muy corto tiempo.

La rabia se acumula contra la clase política. Las polémicas sobre votar o no votar se polarizan, pero mientras eso sucede, otros muchos se conformarán con la verbena que ofrece el México vs Brasil. Al menos en torno al partido entregamos nuestro dinero voluntariamente y no nos sentimos asaltados. Así las cosas.

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