Cada vez me interesa menos que me expliquen el mundo a través de relaciones dicotómicas. No sé si por culpa de León Felipe (aquí todos éramos “átomos que se muerden”), de Machado (quién no recuerda los “gélidos” octosílabos del “Españolito”), de Larra (su costumbrismo siempre cabalgaba entre dos mundos irreconciliables) o, por ir más lejos y echar el freno en el punto de salida de nuestra maravillosa literatura, seguro que recuerdan mil y un ejemplos entre Sancho y nuestro querido don Quijote.

Comprendo que nuestro paradigma mental funciona de ese modo y, el problema, no es que nos sirva como modelo para pensar, sino que no se puede cuestionar. Si no, no sería un paradigma. Ya saben: o conmigo o contra mí. Y da igual que sea el ying y el yang, el bien y el mal, los de arriba o los de abajo, los de dentro o los de fuera o, si quieren ponerse más “estupendos”, por parafrasear a nuestro amigo Valle Inclán, podríamos llegar hasta el dualismo cartesiano (mente/cuerpo) o incluso, por marcar un posible origen cultural, la metáfora edénica de la creación humana.

El problema, como ya se imaginarán, es que este esquema mental puede llegar a ser muy tramposo. Cualquier binomio aleatorio en el que coloquemos juntos dos términos, más o menos contrarios, nos dará automáticamente no una disyuntiva (poder elegir entre uno, otro, ninguno o los dos), sino provocar un falso dilema de dos opciones (o una o la otra). Sí, esa falacia que conocemos (y sufrimos en tantos planos de la vida) de la “falsa dicotomía”, porque una vez que te meten dentro, ya no hay manera humana de salir. No tienen más que abrir un periódico o escuchar una conversación en la calle para darse cuenta.

Es tentador hablar de política, pero caería en mi propia trampa. Aun así, si el mundo lo intentamos comprender a través de conceptos que caigan en estas redes dicotómicas, la solución es, por definición, imposible. Pongamos, por ejemplo, el futbol. Sé que es un deporte que gusta a mucha gente. Estupendo. Eso sí, cuando escucho una conversación entre los seguidores de dos equipos enfrentados, eso que llaman “clásicos”, a veces me da la sensación de que el discurso de uno se estructura a través de las diferencias con el otro. Y eso es muy peligroso, porque se abre la delicadísima puerta del fanatismo. La finalidad no es compartir o escuchar, sino ganar la pelea dialéctica y derribar al adversario.

Yo mismo caí en la trampa (la dicotómica, no la fanática) tras vivir un tiempo en México. Cuando uno vuelve a Europa, hace analogías convenientes o aterriza en otro contexto y se olvida de que las dicotomías son las mismas… pero las realidades, diferentes. No hay más que ver la simbología (y más en estos tiempos) de una moneda. Allí, el “volado” se resuelve en águila o sol. Aquí en la península, en cara o cruz. Simbólicamente es muy potente, no lo niego, pero no deja espacio alguno al pensamiento crítico. Quizá porque las monedas no suelen caer de canto.

Recuerdo, por si alguien se lo pregunta, que el pensamiento crítico no consiste en “criticar” al opuesto, ni construir un  discurso sobre el que ya tiene el “otro”, sino intentar comprender y analizar la realidad que vives (sea la que sea) desde todos los ángulos posibles, olvidar las ideas preconcebidas y los prejuicios, evitar las falacias, practicar (de verdad) la empatía y determinar, independientemente de lo que diga o piense el resto (e incluso tú mismo antes de pensarlo), cuál es tu visión personal del mundo. Y esto, lógicamente, cuesta mucho trabajo. Quizá por eso, no se practique tanto.

El pensamiento crítico es la base del arte y, especialmente, de la literatura. Por eso, muchos insistimos en la importancia de la lectura; si no hay libros, no hay pensamiento crítico. Y si no hay pensamiento crítico, la vida se convierte en un camino imposible de transitar, agotador, pesadísimo y, sobre todo, profundamente aburrido.

 

Imagen: Wilfrido Prieto 

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