El pasado domingo, el sistema político brasileño experimentó un cambio que devela la transición hacia un Gobierno catalogado de ultraderecha y que se autodenomina con etiqueta liberal, pero que en realidad será liderado por un personaje nostálgico de la dictadura. Esto después de haber vivido cuatro gobiernos de corte progresista del Partido de los Trabajadores y uno desde el centroderecha.

De esta manera, apoyado en su mayoría por las clases medias y pudientes, temido y vilipendiado por los pobres y las minorías, Jair Bolsonaro ganó sin discusión la elección presidencial de Brasil. En gran medida, su triunfó tuvo ciertos rasgos parecidos a la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, pues Bolsonaro consiguió su cometido por medio de un discurso de odio, elitista, xenófobo, machista, etcétera. Al principio nadie tomaba en serio que él podía ganar la elección. Empero, todo se volvió demasiado serio para ser una broma, pues al final consiguió ganar con holgura recibiendo un 55% del voto contra el 44% del petista Fernando Haddad.

Después de la victoria, Bolsonaro permaneció en su hogar de forma relajada, mientras que su equipo de trabajo más cercano anunciaba las próximas reformas a la economía brasileña entre las que se mencionan ajustes a los sistemas de pensiones, privatizaciones de empresas y servicios públicos y la reducción del gabinete (de los 29 ministerios actuales, quedarán unos 18). Así como también, planea realizar viajes inmediatos a Chile y Estados Unidos. También se ha elaborado la estrategia de que durante los seis primeros meses de gestión, los militares encabezarán de tres a cinco ministerios en el gobierno. Del mismo modo, decenas de otros militares de rangos inferiores también se preparan para incorporarse a la administración pública. Así que, de confirmarse estos planes, será la primera vez desde el fin de la dictadura (1964-1985) que tantos militares tengan una fuerte presencia en las instituciones públicas. De hecho, el próximo Vicepresidente de Bolsonaro, Hamilton Mourão, fue general de cuatro estrellas hasta febrero pasado. Así como es el caso de Augusto Heleno, quien en 2004 lideró a los cascos azules de la ONU en Haití y será Ministro de Defensa.

Por su parte, la Bolsa brasileña recibió muy bien al nuevo Presidente con un alza del 2,7% para luego poco a poco reducir ese ímpetu. Por lo cual, se entiende que  hay confianza de los inversores a corto plazo en el proyecto económico de Bolsonaro. Al menos para ellos se han cumplido las quinielas y ha sido el candidato ultraconservador quien ha ganado las elecciones en Brasil. De esta manera, los mercados, que ya habían apostado por su victoria, celebran el cambio de timón en el país con la esperanza de que sus propuestas liberales rescaten la economía. Por lo pronto, el real brasileño avanza posiciones frente al dólar.

A la distancia, en Brasil el electorado blanco se ha dejado encandilar por las promesas de Bolsonaro. Es decir, esa clase media que nunca quiere entender que una democracia moderna real es un sistema solidario, en el que los grupos más vulnerables de la sociedad han de ser los primeros beneficiarios en el reparto de la riqueza. Sin embargo, Bolsonaro inyectó el veneno necesario para detonar el odio, y además, la izquierda colaboró con una gestión política bañada de corrupción. Así las cosas, el ultraderechista ha aprovechado el racismo y la violencia como máximos atributos de su programa. Como ha sucedido en otros países, el odio y la rabia se han impuesto a la cordura y la reflexión.

Ahora bien, Bolsonaro no ha emergido de la nada, su carrera política es larga, pues lleva años y años ahí,  tratando de dar el golpe y por fin lo consiguió. Como se mencionó anteriormente, parecía que no llegaría nunca. Pero esto, es sobre todo, un aviso para quienes aún niegan el avance de la ultraderecha en toda América.

Como sea el caso, se debe entender que, el auge de la ultraderecha brasileña no es producto de un voto de castigo al Partido de los Trabajadores por la corrupción; sino que se debe a que en Brasil aún predomina una estructura de poder local, fuerte, semifeudal y corrupta desde su origen colonial. Y también hay que distinguir entre el PT, Lula y su gente, pues no estamos hablando de lo mismo.

En su momento, Lula pactó con los poderes locales feudales y con las iglesias cristianas, que son otro gran poder ultraderechista instalado en Brasil hace mucho tiempo. El resultado de ese pacto fue efectivo para que Lula llegará en su momento al poder y luego se desarrollara su proyecto de gobierno. Y después, con el respaldo del PT, Lula realizó una política socialdemócrata que buscó reducir las desigualdades de la población y en muchos aspectos lo consiguió. Pero esto no alteró la vieja estructura desigual del país.

De esta forma, la corrupción en Brasil no es producto del PT sino que también proviene de la colonia y de los intereses económicos nacionales y multinacionales. Este análisis de relacionar el triunfo de Bolsonaro con la corrupción del PT es de un simplismo. En todo caso, pase lo que pase, lo grave es ver cómo la estructura racista y colonial de Brasil, que siempre ha estado ahí, ha emergido para gobernar.

 

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