Entre los relatos mitológicos, el de la caja de Pandora siempre fue mi favorito. De pequeña pedía escucharlo una y otra vez sin cansarme y sin consideración por quien se ofreciera a contármelo.

A mi edad puedo perder la cuenta de mis regresos, pero nunca el asombro. Ahora intento precisar qué ha mantenido viva esta fascinación, entender el miedo que aún siento ante las cajas que se abren: mi relación sin caducidad con ellas.

El punto de convergencia entre la vida de cualquiera y la de Pandora como arquetipo, es el miedo. Así, el misterio de una caja cerrada cobra sentido en la necesidad de que aquello que nos vulnera y confirma los límites de la realidad permanezca oculto, incluso para uno mismo.

Pero lo arcano no es exclusivo de una esfera inconsciente: el ocultamiento tiene siempre motivos, intenciones; nos guste o no, a todo secreto preexiste un acto de voluntad.

De ahí mi identificación: obediente a un pulso vital que no es el de la historia, sino el propio. Pandora crece a través de mis edades o lo hago yo, con ella, en un tiempo que se extiende más allá de las páginas.

Tuve una caja- literalmente- y en ella guardé objetos que delataban lo que temí me supieran en distintos momentos; pero el infierno nunca fue un paisaje estático, no un objeto en particular y tampoco una emoción fija. Lo que es verdad, es que mis primeras imágenes del mito eran expresiones concretas de fealdad o sufrimiento.

De niña, el infierno era un temor a veces, en el patio, cuando mi padre castigaba a alguno de los perros por destrozar el jardín y la visión del animal cobraba el extraño poder que deja el cruce de un máximo umbral de dolor.

Temí a la fragilidad, a la anulación de mi fuerza por otra; a las transformaciones, internas y físicas, que ocasionaba el dolor.

La caja en ese tiempo estuvo llena de accidentes; de pequeñas cosas que se rompían en casa, de notas reprobatorias, de algún robo del que no pude retractarme o de objetos perdidos que después encontré.

En la adolescencia, y todavía en mis primeros veintes, los males radicaban en mi cuerpo y en sus posibilidades.

Escondía los guantes que me habían regalado en invierno porque odiaba la sensación de las manos cubiertas. Veía en ellos la negación de mi tacto en un sentido más amplio: el mundo que me estaba vedado por el miedo.

Oculté cartas, libretas donde la escritura alcanzaba lo que yo no podía, dulces que no quise probar y empaques de anticonceptivos que tomé sin necesidad. Temí al dolor y al placer: al tacto de lo amado y también a su distancia. Temí por igual al cuerpo vacío y a la fecundidad; a ser violada y a permanecer virgen.

Todo esto vio la luz, sin que a nadie le importara, y entendí que las cajas eventualmente se abrían para volver a estar llenas.

Ahora, en mi primera adultez he pasado de las cajas materiales, y los monstruos que guardo son también metafísicos.

No diré qué es lo que he puesto dentro, pero anticiparé que temo a lo que puede volverme necesaria, anclarme a esta vida, obligarme a permanecer.

Diré mi temor a lo que amo y que al fondo de la caja, como en el mito, en el infierno esplende una terrible belleza.

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