Por Elías Pimentel

La Danza del Ángel de la Muerte.

Mucho se habla de lo maravilloso que es el cuerpo humano; de su complejidad y del eterno misterio del por qué unos sacos de huesos, nervios y carne pueden arrastrarse sobre la tierra produciendo ruidos extraños desde sus estómagos y gargantas para (intentar) comunicarse, construyendo templos para adorar a Dioses ausentes, destruyendo montañas y secando ríos para abrirse paso y seguir expandiéndose como un cáncer en un animal moribundo.

Esa respuesta no la tengo yo, y menos en un lunes por la noche cuando voy saliendo del trabajo y me entero de que hace algunas horas, tu frágil disfraz de humano finalmente se agotó y ahora se está secando poco a poco en una caja debajo de la tierra. O tal vez te convirtieron en humo y polvo. Realmente no lo sé.

No recuerdo exactamente el año, pero sí recuerdo que gracias a uno de tus muchos hijos (Jarvis Cocker de Pulp), supe de tu existencia. Ya enamorado de la música, encontré gran esparcimiento en averiguar los nombres involucrados en las grabaciones que poco a poco se iban incrustando en mi corazón, que en ese entonces aún no estaba (tan) muerto.

Radiohead por aquí, Massive Attack por allá. Nigel Godrich, Brian Eno, Placebo…

Los nombres se fueron acumulando en las libretas y poco a poco llegué al tuyo: “Scott Walker, productor de We Love Life de Pulp”.

En toda mi inocencia, mi primer acercamiento contigo fue directamente con el disco “The Drift”, que tenía poco tiempo de haber salido, y mi primera reacción fue de rechazo, de incomodidad. Me sentí por completo invadido, aterrado e incluso nauseabundo. La música contenida en ese álbum nada tenía que ver con las inofensivas melodías que para entonces poblaban mi universo personal. ¿Dónde están las guitarras rítmicas? ¿Qué chingados está cantando este wey? ¿Por qué susurra? No entiendo. No hay ritmo. No hay música.

No sé qué nervio tocaste, pero aun cuando te odié la primera vez, por alguna razón seguiste ahí presente, tal vez esperando a que mis estorbosos ánimos adolescentes se extinguieran. No lo sé, pero sí sé que me funcionó mejor entrarle a tus primeros trabajos. Scott 1, Scott2, Scott 3 y Scott 4  (1967-1969) fueron para mí desde el inicio un bálsamo y una caricia a las entrañas.

Supe entonces que en los 60s fuiste una estrella pop (The Walker Brothers) adorada por miles de quinceañeras y quinceañeros para quienes ya te habías convertido en un objeto  plástico y de enajenación, cuando tú sólo querías cantar tus canciones y crear tu música desde el placentero cobijo de la oscuridad.

Me dio gusto saber que lo lograste, y que apareciste prácticamente cada que se te dio la gana con discos nuevos. Nite Flights (de 1978, con tus Walker Brothers),  Climate Of Hunter (1985), Tilt (1995), The Drift (2005), Bish Bosch (2010), e incluso te diste el lujo de grabar uno con la banda experimental Sun O))) (Soused, 2014). ¿Y por qué no? Un par de musicalizaciones para filmes: Pola X en 1999, The Childhood of a Leader de 2015, y Vox Lux de 2018.

Sería inútil tratar de describir tu música, pues siempre fue un virus que se instalaba lentamente no en el corazón ni en el cerebro, sino en la nuca y en la boca del estómago; ahí donde se encuentran las emociones que no queremos sentir . Creaste un universo casi ausente de colores, pero al mismo tiempo incendiario y brillante. No por nada te ganaste no sólo el respeto, sino el amor absoluto de David Bowie (quien hasta un documental te produjo, cabrón suertudo*), Thom Yorke, Nick Cave, el ya mencionado Jarvis Cocker, y de todo un submundo de criaturas que encontramos en tu obra siempre un refugio y al mismo tiempo una confirmación de la soledad más absoluta y placentera.

Y es que eso es justamente lo que me enseñaste a disfrutar de la vida. La exquisita soledad y la paz que brinda el poder aislarse un poco de la velocidad del mundo y sus cosas (a veces sin éxito). El saber que sentirse fuera de lugar y sin ganas de aparecer mucho es algo perfectamente natural, y qué mejor que convertirlo en magia.

Siempre y como el egoísta que soy, te creí inmortal y aún hace unos días fantaseaba con que tal vez en algunos años reaparecerías con otros conjuros y otros ropajes, pero hoy entiendo que tu música era y es demasiado hermosa como para solamente habitar en este plano de la existencia, por lo que me parece más que correcto que El Diablo haya requerido de tus servicios finalmente.

Cuando la tierra me entierre sus colmillos y me convierta en comida para gusanos, ya sé perfectamente a donde me quiero ir. Mientras tanto, te voy a extrañar UN CHINGO.

 

*Scott Walker: 30th Century Man (2006)

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