Ahora que nos encontramos cercanos al Aniversario 100 del escritor británico Roald Dahl, cabe destacar las numerosas (y muchas de ellas afortunadas) adaptaciones de sus obras a la pantalla grande. A diferencia de autores como Philip K. Dick o Stephen King, cuyas múltiples novelas han dado vida a una gran cantidad de malas películas (por mostrarse mucho más prolíficos y antojadizos para los cineastas), Dahl  ha tenido la fortuna de inspirar a directores visionarios, tales como Wes Anderson, Henry Selick o, ahora, a Steven Spielberg.

Entre las diversas películas que se basan en sus libros, El fantástico señor Fox (Wes Anderson, 2009) es, en mi opción, la mejor de ellas. Esto se debe, en parte, a que su director ha consolidado un tono propio, tanto en la parte artística como estructural de las historias que filma. Por lo anterior, a pesar de tratarse de una obra infantil, El fantástico señor Fox supo mantener el acento melancólico de su director, a la vez que un humorismo, bastante ácido, que se empata perfectamente con el estilo de Roald Dahl. Otras películas, en cambio, se mantienen en una línea mucho más infantil aunque no por eso indulgente con el espectador, tal es el caso de la versión de 1971 de Charlie y la fábrica de chocolates (que contó con la participación de Dahl en el guión), así como de Las brujas (Nicolas Roeg, 1985). Otros ejemplos, a pesar de ser buenas historias, se han doblegado ante el erróneo pensamiento de que las cosas tienen que “infantilizarse” si quieren agradar al público infantil.

Algo así sucede con El Buen Amigo Gigante, última adaptación de un libro Roald Dahl que puede encontrarse en algunas salas de cine. Sin embargo, a pesar de haber sido dirigida por Steven Spielberg, esta película cayó en un tono demasiado pueril que no respeta el estilo tenaz del escritor Roald Dahl.

La película nos narra la historia de Sophie, una huérfana que descubre a un gigante rondando por las calles de Londres, el cual, para ocultar su secreto, secuestra a la niña y la lleva a la Tierra de los Gigantes, un lugar poblado por criaturas similares salvo porque, tal como dicta la liturgia infantil, se alimentan principalmente de niños.

La cinta presenta un buen argumento infantil o, al menos, mucho mejor que el de una gran parte de películas digitalizadas que bombardean a la audiencia con bromas fútiles, mensajes fastidiosos y situaciones predecibles. Roadl Dahl es, sin duda, un escritor mucho más pertinaz que numerosos guionistas de Dreamworks o Pixar. Por lo mismo, el mundo creado por Spielberg resulta bastante atractivo, algo que se acentúa con la extraordinaria labor de Janusz Kaminiski, quien lleva la fotografía del filme así como una excelente dirección de arte, cargada de colores y escenarios fascinantes. La trama, ya he dicho, también resulta envolvente. Esto último se debe a la excelente actuación de Mark Rylance (quien hace poco trabajó con Spileberg en su anterior filme, Puente de espías) en el papel de BAG (Buen Amigo Gigante). Por lo mismo, a pesar de que el gigante es producto del muy explotado CGI, Rylance logra convertirlo en un personaje entrañable, con gestos humanos que azuzan el humor y la compasión de los espectadores.

Ahora bien, a pesar de estos atributos, creo que la película posee cierta futilidad debido a un ineludible sello que suele acaparar (y muchas veces arruinar) la cinematografía infantil: Disney. A pesar de que esta productora ha tenido golpes afortunados en los últimos años (como la reciente secuela de la serie Star Wars), en el ámbito infantil, siguen siendo bastante obstinados. Su herencia, la constante transformación de cuentos de hadas clásicos a versiones “aptas” para niños, puede apreciarse en El Buen Amigo Gigante, puesto que Spielberg parece priorizar escenas que considera “tiernas” o “graciosas” (como aquella bastante mala de las flatulencias en la Corte Real), a ciertos elementos que, a pesar de ser ominosos, son la cuestión medular de las obras de Roald Dahl. Ya mencioné que Las brujas fue una de las buenas adaptaciones de las novelas de este escritor. Esto se debe, en parte, a que Nicolas Roeg supo explotar la parte siniestra del folclor británico respecto a la brujería, de modo que ciertos aspectos, como la dolorosa transformación de niños en ratones, son abordados sin comedimiento en el filme. En el caso de El Buen Amigo Gigante, a pesar de que la guionista Melissa Mathison sabe hacerle justicia a la novela de Dahl, parece que Spielberg (o Disney) forzaron el desarrollo de la trama para enfocarlo en las cuestiones más “infantiles” de la historia. Por lo mismo, ciertos elementos terroríficos, como el hecho de que los gigantes sean antropófagos, pasan a un segundo plano, situación que provoca un rompimiento de la tensión dramática de la historia. A pesar de que el canibalismo de estas criaturas es un punto sustancial para generar el conflicto entre los personajes, al final, los gigantes no parecen malos. Simplemente estúpidos.

En resumen, El Buen Amigo Gigante presenta una alternativa atractiva a quienes quieren escapar de las fórmula comunes del cine infantil. Creo que, para los niños, puede resultar algo aburrida debido a un parsimonioso ritmo narrativo que discrepa con las estructuras aceleradas de los filmes más actuales. Aun así, niños y adultos podrán encontrar un respiro de ese tropel de películas que se enfocan demasiado en el humor, y nunca en una buena historia.

7 notas en negro.

 

 

 

 

 

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