Por Carlos A. Ramirez

 

UNO
Estaba como un perro, correteandome la cola por instinto sin podérmela alcanzar. Yendo de aquí para allá: del mar a la montaña y del bosque al desierto. Un día, sin embargo, decidí quedarme por un tiempo en una isla de hielo ubicada al norte de la nada. Una ciudad trilingüe donde la mayoría de la gente vive sola y tiene prohibido fumar en su propia casa. Allí había nacido uno de mis cantantes favoritos y en algún momento, entre efluvios alcohólicos, seguramente, me pareció buena idea caminar sus calles para ver si, por fortuna, encontraba algún rastro de su obra.
Al principio me costó adaptarme al clima: Un frío despiadado que hacía llorar a los recién llegados y me impedía quitarme los guantes en la calle para encender un cigarrillo. La Ciudad de México tiene un clima fantástico casi todos los días del año. Allá es el infierno. Un infierno blanco y gélido en donde es una pésima idea dejarse envolver por la tristeza. Si cedes aunque sea por un instante a la tentación de deprimirte es muy probable que termines pendiendo de una cuerda o con un agujero de bala en la cabeza. Jennifer, la salvadoreña que me rentó su sótano, me lo advirtió: aquí lo difícil no es aguantar el frío, sino la tristeza.
De cualquier forma, conseguí aclimatarme muy pronto. Lo que a algunos les lleva meses o no consiguen nunca, a mí me tomó 3 días. Así que después de memorizar las rutas de autobuses y las líneas del subterráneo, hundí mis botas en la nieve y salí a buscar rastros del poeta. Pero en las calles de su barrio no encontré gran cosa: solo dos grafitis monumentales difíciles de apreciar por la bruma, un parque con una bandera portuguesa al centro y la fachada de una casa que parecía haberlo olvidado. Tuve que ir a un museo para ver algunos de sus objetos personales (partituras, una guitarra, un pianito, una computadora y una máquina de escribir viejísima) pero estaban detrás de una vitrina.
Muertos.

DOS
Me dediqué, entonces, a vagar por las calles de aquella ciudad congelada hasta que el cansancio me venciera o el frío me obligara a refugiarme en alguna estación del metro. A veces me sentaba entre sus clochards, como uno de ellos, y les compartía un trago de mi vieja ánfora plateada. Había coreanos, musulmanes, franceses, negros, daneses, noruegos. Nunca vi a un latino, salvo a la adolescente Argentina que jamás despertó mientras estuve sentado, bebiendo con una vietnamita y dos senegaleses, a la entrada del Metro Honore-Beaugrand.
Una tarde me hice amigo de Laura, una anciana francesa que parecía liderar una pandilla de viejos vagabundos de diferentes nacionalidades. Todos muy simpáticos y alegres pero carcomidos por los vicios y la enfermedad. Los encontraba en la estación Berry Uqam. Les llevaba café y whisky y nos contábamos cosas. Algunos reían. Otros lloraban. Así hasta que por la noche llegaba una camioneta que los trasladaba al lugar donde pasarían aquella noche.
Me gustaba pasar tiempo con Laura. Observarla abordar a la gente y sacarles unas monedas. Era una experta. Hablaba cinco idiomas y llevaba, según me contó, mendigando en aquella ciudad alrededor de 20 años. Conmigo hablaba siempre en español y me decía que le hubiera encantado conocer la Ciudad de México. Es un nido de ratas fantástico, le informaba yo y ella reía hasta que le daban ataques de tos.
Un martes en que había salido el sol, sin embargo, llegué y los encontré a todos juntos, cabizbajos y compungidos. Nunca los había visto así, ni durante sus peores resacas, así que esperé lo peor. Gunnar ha muerto, me dijo Laura, con su voz de tísica, más débil que de costumbre. Gunnar era un viejo oso noruego que conocía todas las playas de México y me hablaba de ellas con una nostalgia que me provocaba ganas de llorar. Lo encontraron en el albergue por la mañana, muerto. Un infarto. Se le rompió el corazón, me informó London Pete, el inglés.
Les di a todos un abrazo con la tristeza del que no volverá; puse en las manos de Laura mi ánfora llena de bourbon y me fui a mi sótano. Destapé una de las dos botellas de mezcal que me quedaban y me puse a beber en silencio. Cuando estaba muy borracho, brindé por Gunnar y por todos mis amigos muertos. Descubrí que ya me faltan dedos de las manos para contarlos.
TRES
Delante de una barra conocí a una mujer de ojos de mar. Pálida y frágil como los copos de nieve que caían todos los días hasta formar verdaderas montañas que unos enormes monstruos metálicos con ruedas aspiraban incesantemente durante la noche. La hacía reír con mi inglés de párvulo y mis groserías en español. Apenas iba por la tercera cerveza cuando me la empecé a imaginar desnuda y dispuesta para el amor mientras trajinaba sirviendo tragos a los parroquianos que gritaban y se emocionaban mirando el hockey, justo como yo lo hacía cuando veía jugar al Cruz Azul.
Cuando tenía un momento de descanso, salíamos a fumar con -29 grados de temperatura. La calle solitaria y su pelo rubio brillando bajo la luz mortecina del letrero del bar. Me recordaba a una niña de la que estuve prendado durante el kinder. Pensé que si conseguía acostarme con esa rubia, estaría acostándome con ella y con todas las mujeres que había deseado en mi vida, sin tenerlas. Y sonreí. Me gusta tu sonrisa, me dijo y estrechó brevemente su cuerpo contra el mío.
Al tercer día de conocernos, me dijo que cuando me vio entrar por primera vez al bar se alegró porque pensó que por fin iba tener a alguien con quién bailar reggaeton, pero se decepcionó de inmediato porque esa noche me puse a programar, en la jukebox, canciones de Interpol, The Cure, Arcade Fire y Rush. No te preocupes, tengo un doctorado en decepcionar mujeres, le dije y ella se rió hasta atragantarse. Supongo que estaba un poco borracha porque eran más de las 11 y había estado bebiendo conmigo desde antes de que se metiera el sol. Y el sol se metía a las cuatro de la tarde. ¿Por que te gusta esa música? Tú eres latino, don’t you like Despacito?, me preguntó, extrañada.
Luego fuimos a su casa e hicimos el amor. Primero dulcemente y después con un poco de violencia. No me hables en inglés; ni sabes. Dime groserias, pero en español, me exigió. Cuando tenía orgasmos, se le ponían los ojos en blanco. Su casa era muy pequeña; quizás la mitad de mi departamento en México.
Se llamaba Sharon.
Yo le decia Charo.
CUATRO
Un día vi a un esquimal. A uno de verdad. Con su enorme cara redonda y sus ojos rasgados, miraba hacia ninguna parte. Estaba afuera de un albergue, como esperando algo, en la parte baja de la Rue Saint Laurent. A unos metros estaban dos paisanos, ateridos de frío. Más pequeños, menos gruesos que él y sin ropa adecuada para los -19 grados de ese martes gris, eran la imagen viva del desvalimiento. El esquimal imponía; mis paisanos daban lástima. Me acerqué y les pregunté si necesitaban algo; si podía ayudarlos de alguna manera. Se miraron entre sí y me dijeron hoscamente que no. Les invité un café y lo rechazaron. Los entendí. Los mexicanos no somos dignos de confianza en ningún puto sitio. Recordé lo que me había dicho un croata unos días antes, después de conocer mi lugar de procedencia: “Ah, México, un país hermoso dominado por ladrones y asesinos”.
En otra ocasión, en un establecimiento de hamburguesas, me tomé una cerveza con un apache. Un tipo bromista y divertido que hablaba un poco de español. Me contó que había estado en Sonora un tiempo pero no había podido establecerse. “Un lugar duro para vivir”, me dijo sonriendo mientras su cara se convertía en un mapa de surcos ancestrales.
Dos o tres veces me metí al Katakombes, un club de jevimetaleros, a bailar slam con los enormes vikingos que ahí se reunían a rockear y beber hasta la inconsciencia. Fueron buenas noches: mucho metal y auténticos ríos de Boreale rousse, una cerveza parecida a las mexicanas comerciales pero con más cuerpo y grados de alcohol. Aquellos tipos eran salvajes y divertidos. Me recordaban a la Hermandad de la uva, mis locos carnales mexicanos.
CINCO
Los domingos atravesaba la ciudad para asistir a L’oratorie Saint-Joseph du Mont Royal a los conciertos de órgano y carrillon que se dan de manera gratuita durante casi todo el año. El oratorio de San José es un lugar impresionante, lleno de misticismo, desde donde se puede apreciar toda la isla. Vi varios atardeceres ahí, con el corazón encogido por la belleza de la vista y la grandiosidad de la música que retumbaba majestuosa en las enormes bóvedas del templo principal.
Una tarde, mientras buscaba cierta capilla, me perdí en uno de sus enormes salones y fui a dar a una terraza cubierta de nieve. Intenté regresar pero la puerta no se podía abrir por fuera y no se veía nadie cerca. Traté de no desesperarme pero por un momento contemplé la posibilidad de morir ahí, congelado. Afortunadamente, poco tiempo después apareció un vigilante quien me abrió la puerta diciéndome, un poco alterado, cosas que no entendí. Nunca antes había conocido una iglesia tan solitaria, fría y misteriosa. Un templo que poco o nada tenia que ver con los centros religiosos mexicanos, siempre tan bulliciosos y rebosantes de vida.
Pero la fe y la desesperación son iguales en todas partes. Un domingo vi a un hombre, ya mayor, subir de rodillas por las interminables escaleras de madera que llevan al oratorio, en medio de una de las nevadas más fuertes de ese invierno. El tipo subía dificultosamente, rezando y llorando lágrimas de hielo que se quedaban pegadas a sus mejillas. Recordé una mañana ya lejanísima cuando mi madre entró a la Basílica de Guadalupe así, de rodillas, mientras mi hermano y yo la tomábamos de las manos y me dio vértigo. Sentí que me iba a desmayar de frío y de tristeza.
Aquella mañana mi madre también lloraba.
No volví más por ahí.

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