(De cómo uno no debe andarle enseñando la polla a cualquiera en un videochat).

Por Carlos A. Ramírez

Hay un capítulo de Black Mirror que me impresionó sobremanera. Se llama Shut up and dance y en él, el protagonista (el mismo chico que estelariza The end of the fuckin world, por cierto) se ve envuelto en una espiral de violencia, aparentemente sin sentido, debido a sus hábitos non sanctos en la web.
Al principio, uno no logra explicarse porqué al chico le preocupa tanto que sus familiares, amigos y contactos en redes, se enteren de que se masturba viendo pornografia en línea, como está amenazando con revelar un hacker misterioso. No es gran cosa, la verdad, todos lo hemos hecho alguna vez (¿o tú no, lector?) por eso aquello parece exagerado. Sin embargo, al final hay una magnífica vuelta de tuerca que explica por qué el protagonista está dispuesto a sobrepasar cualquier límite con tal de proteger su pequeño secreto. Una locura ese puto episodio.

Cuento todo esto porque hace unos días me ocurrió una situación que me hizo pensar que ya estamos viviendo en ese mundo distópico, leitmotiv de la serie inglesa, y ni siquiera nos hemos dado cuenta. Estaba revisando mi Facebook, en el teléfono, cuando de repente me llegó una solicitud de amistad. Una tal Bianca Vásquez, de Santiago de Chile, que deseaba ser mi amiga virtual. En su foto de perfil, una rubiecita joven, de lentes oscuros y belleza discreta, aparecía cargando un perro. En la de portada, estaba la misma chica con dos rubias más, de diferentes edades, que supuse serían su hermana mayor y su madre. Nada inusual, pues.
Le di “aceptar” y pasé a otra cosa, pero apenas unos cinco minutos después, me mandó un mensaje por inbox. “Hola”, inició la charla. He hecho buenas amigas por Facebook, así que no me pareció extraño ni fuera de lugar. “Hola”, le respondí. Enseguida me preguntó algunas generalidades: “¿a qué te dedicas?”, etc. Después me preguntó si estaba solo, le dije que sí y de inmediato me envió una solicitud de videochat.
Aquello sí me desconcertó, por supuesto. Me dio mala espina. Pensé, no sé por qué, que me iban a hacer testigo de un asesinato o de algún otro hecho igual de espantoso. “¡No mames, Black Mirror!”, juro que pasó por mi cabeza. Consideré ignorar la llamada pero ya saben: la curiosidad mató al perro (ya sé que en el dicho al que mató fue al gato, pero yo soy perro, no gato).
Oprimí “aceptar” y de pronto ahí estaba, en la pantalla de mi teléfono, la rubiecita del perfil, en calzones y brasier, sonriéndome y pasándose la lengua por los labios descaradamente. Me asombré un poco pero también sentí alivio. Había imaginado ver a alguien decapitando a un infeliz y a cambio tenía a esa mujer casi en pelotas contoneándose y haciendo marranadas con la lengua. Cinco segundos tal vez estuvo haciendo sus guarradas y enseguida me dijo: “mostrá la polla. Baja la cámara. Mostrá la polla”. Me dio un ataque de risa y le dije: “¡por supuesto que no!” Pero ella no se rindió tan fácil. Se quitó el brasier, se apretó las tetas, dio un giro de 36O grados y me sopló un besito hacia la cámara antes de finalizar el videochat. Después insistió “¿me vas a mostrar la polla, sí o no?” Volví a negarme hasta que por fin desistió. “Ok, gracias”, escribió y desapareció para siempre de mi vida.
De inmediato, todavía sin procesar lo que acababa de ocurrir, se lo conté por chat a mi amiga Vic. “Oiga, me acaba de pasar algo cagadísimo”, le escribí y grosso modo le relaté la experiencia. Ella se rió conmigo y me informó que para las mujeres era común recibir fotos no solicitadas de exhibicionistas cibernéticos. “Te llega un mensaje, lo abres y taraaan ahí está su polla. Lo bueno es que a usted le dio risa. Yo se la hubiera mentado en diez idiomas distintos. Hasta en maya”, me aseguró. Diferencias de género, supongo.
De cualquier forma, al día siguiente, aún intrigado, me puse a investigar al respecto. Y no tardé mucho en dar con el caso de un fotógrafo -respetado hombre de familia- que fue extorsionado de esa forma. Así, igual. Solo que el artista de la lente cayó redondito y mostró la polla sin saber que todo estaba siendo grabado para la posteridad por lo que todos sus familiares y amigos recibieron una copia de su desliz luego de que éste se negara a pagarle a los extorsionadores una considerable suma de dinero.
“¡Puta madre, sabía que Bianca y su lengua de víbora y sus tetas desnudas, eran una cuestión blackmirroresca!”, pensé y me felicité por habérmele reído en la cara a esa guarra chilena que -ahora que lo pienso- hablaba como argentina.
De la que me salvé. No quiero ni pensar qué pasaría si mis familiares y amigos recibieran un video mío haciendo marranadas.

Y luego dicen que mirar series no sirve para nada.

Carlos A. Ramírez fue editor de la revista Gorila (para primates de la selva de asfalto). Relatos suyos aparecen en la colección Lados “B” 2017, editada por Nitro/Press.

Comentarios

Comentarios