*Una versión más breve de esta entrevista puede leerse en el número 172 de Revista Marvin

¿Por qué no vamos a una de esas cantinas del centro que nos gustan?, de señores. Leí en la pantalla de mi celular y salivé con el antojo. Una vieja cantina con buena botana nunca es mala idea, pero recordé que hace unos meses conocí uno de los lugares más Nel que hay en el chilango y preferí citar a Israel Ramírez, líder de Belafonte Sensacional, en el Fiuma Cocodrilo, el secreto mejor guardado del corazón del Barrio Chino, en el Centro de la ciudad.

El lugar no tiene ornamentos, o hay que ser muy buen observador para encontrar aquellos que aún le quedan y te hacen recordar a otro lugar, la misma Ciudad de México que hoy ya no es la que antes era; que te obligan a intuir lo que pudo haber sido en otros tiempos. Quien entra puede observar una barra discreta, un refrigerador repleto de caguamas y una pantalla que por ratos proyecta, en DVD, videos de Amanda Miguel, Mijares o Fernando Delgadillo (cuando no hay partidos de futbol).

Para el ojo observador, el Fiuma tiene cierta mística, pero también es simple, discreto y directo. No se anda con mamadas. Eso tiene de punk. Al fondo observo a una pareja de bebedores, medio entonados, él hace como que canta a lo Diego Verdaguer, ella suelta carcajadas musicales que llenan el lugar de un ruido encantador. Son dos novios de 50 años teniendo una peda sabrosa, peda de cantina y caguamas. No hay nadie más que ellos y yo en el lugar, además de la cantinera. Tampoco hay una escena más chilanga que esta, justo el ambiente que busco para venir a hablar de uno de los discos que va a transformar el panorama musical mexicano, con el Nel como bandera.

En eso pienso mientras espero a Israel posicionado en una mesa, con la primera caguama, sudorosa y fresca, que compartiremos esa noche. El líder de la panda de músicos más chilangos del DF, llega ataviado con una chamarra holgada y una playera serigrafiada con la cabeza de un gorila pop. Lo saludo, pido otro vaso y charlamos.

Belafonte Sensacional está apunto de liberar el Soy Piedra, su tercer álbum de larga duración. “Creo que todos somos como una piedra. Siempre ha sido un elemento que me define, que me deforma, que me transforma y que me arraiga. La puedo ver en con los Rolling Stones, en mi barrio, en la calle, la puedo patear y al mismo es lo que soy”, me dice para explicar el nombre del álbum. Reflexiono un minuto tras un trago de cerveza y es verdad, la piedra es un símbolo en muchos sentidos. Es rock, es dureza y es droga también. La droga de nuestros tiempos. El Soy Piedra es un jalón de Cristi en muchos sentidos.

Le pregunto si recuerda a qué sonaba la ciudad cuando era morrillo, qué escuchaban en el mercado y en el tianguis cuando salía a la calle a vagar. Hablamos de El Circo de La Maldita Vecindad, de Héctor Lavoe, del Re de Café Tacuba; la salsa, la cumbia, lo naco es chido, en fin. Todos los sonidos que hacen que esta ciudad sea una de las licuadoras de ritmos más grandes del mundo. Pienso que Soy Piedra contiene todo eso, además de una oscuridad que te toca hasta el fondo.

“El negro siempre está ahí”, me suelta Israel. “Estos últimos dos años han sido muy oscuros para mí, en cuestión emocional y existencial, he estado deprimido. Pero haciéndolo, escribiendo. Está pesado. Ahorita me siento chido porque me mantiene entretenido toda la promoción del disco. Al menos es una razón para estar vivo”.

Destapamos la segunda caguama mientras la pareja, que sigue aún en el lugar, baila una canción de Marc Anthony. Pensé pedir algo que quisiéramos escuchar Israel y yo, pero pienso que es mucho mejor para la entrevista dejar lo que sucede al fondo del lugar, además de ser más interesante.

«Creo que mi depresión es la cruda de toda esa fiesta. La fiesta de los veintes y los treintas”.

Recordamos la época previa a que Israel dejara su trabajo de oficina. Antes de lanzar el Destroy decidió no escribir más para la agencia en la que estaba y apostó todo por vivir de la música. Desde entonces entró a una gigantezca cueva de la que ha dudado en poder salir. Se dedica a cuidar a su mamá, quien batalla con temas de pérdida de memoria y deterioro de su salud, al tiempo que tratar de salvar el bote de Belafonte Sensacional, el cual es su propio bote. Si se hunde, se va con él.

“Dejé la chamba para dedicarme a la música de lleno, pero me di cuenta de lo cabrón que estaba. Casi inmediatamente vinieron mis problemas personales, familiares, económicos y me di cuenta de cómo la he cagado. Si hubiera sido una persona inteligente habría tenido una cuenta de ahorro desde que tuve mi primer trabajo. Pero no, en ese entonces pensé ¡chingón!, puedo vivir un año, saco mi disco y listo, pero también me la viví en el pedo, en las morras, en el rocanrol; rompiéndote el alma, soñando sin tener un plan. Creo que mi depresión es la cruda de toda esa fiesta. La fiesta de los veintes y los treintas”.

De esa cruda viene Soy piedra. Este disco es todo eso a lo que Israel se aferra, son todos sus ideales, el dolor punzante de cabeza, su forma de ver el mundo, la boca seca del domingo en la mañana. Es compartirlo con sus compañeros de banda y vomitarlo juntos con la cabeza apenas saliendo por la ventana de su vocho. Sabe que no es nada sin ellos, sin hacer canciones. Soy Piedra es el hoyo que por momentos lo hace no ver la luz y el único interruptor que le queda para encenderla. Es como si cargara con toda la furia y el dolor de toda una generación y los hiciera canciones, las canciones de Soy piedra. “Me da culo pensar en nuestra generación cuando estemos ancianos”, me dice. Tenemos la misma cruda, pienso.

Su universo está directamente ligado a las letras. Derrama la desolación del futuro incierto a través de su pluma, una de las mejores que he leído. La mejor de mi generación, eso no lo he dudado nunca. Su estirpe es infrarrealista, es la onda, es Parménides y Mario Santiago Papasquiaro. Es el asfalto y la mugre de esta ciudad, que lleva pegados a la suela de sus tenis. Es todo eso, pero ¡Nel! Al mismo tiempo no lo es.

“Creo que la diferencia entre esta generación y las anteriores es que ahora estamos buscando un tajo más de identidad y de arraigo, de realidad. Queremos hablar más de lo que vivimos, de nuestro entorno. Antes, las bandas que querían ser Zoé, buscaban evadir, hablar de las estrellas, de los planetas. Evasión total. Nosotros queremos la mugre, lo real”.

Israel lleva varios años tocando junto a una generación de bandas en la Ciudad de México, que están alzando cada vez más la voz. Su proyecto alterno es Teresa Cienfuegos y Las Cobras, que comparte con Óscar Pereyra, Andy Mountains, Fiebre Andina y Zyanya Gon. Ellos, junto a Belafonte y otras bandas como El Shirota o Meelt, son la cabeza de una nueva narrativa de la música pop mexicana.

“Está bien chido por ejemplo lo que hace una banda como Meelt. No tienen jerarquías. Es un poco como los White Stripes, en el sentido de que es una morra con un bato, pero en esa banda podías ver cómo había una jerarquía no dicha, en la que Jack White era el que lideraba todo. Acá lo que me gusta es que el chico se apropia de lo que la chica está diciendo, no hay jerarquía. No creo que haya otra banda como ellos hoy en día en todo el país y eso está increíble, eso es decir que Nel”.

Hacemos una pausa para pedir botana y quiero hablar con él de los detalles del disco. Noto que la pareja se ha levantado y está por irse, con suerte vayan a un buen motel de sabanas casi transparentes a terminar su noche. Sudorosa noche de ensueño mexicana. Me interesa mucho preguntarle a Israel sobre Hugo Quezada y la manera en que interfirió en el proceso de hacer el disco.

“Elegimos a Hugo Quezada como productor porque estábamos buscando un sonido muy Spaceman 3, muy The Velvet Underground, no sé. Pensamos en varios más, pero la verdad es que Hugo, además de que es un mago, entendió muy bien este pedo del Nel. De que sí tenemos muchas referencias, pero ¡nel!, no sonamos a lo que tú quieres que sonemos. Este pensamiento es algo que compartimos con otros amigos músicos y es nuestra forma de armar un movimiento que reclame el lugar que tiene la Ciudad de México en el espectro musical del país. En algún momento dudé si trabajar con Paco Huidobro, quien también es un maestro, pero es el maestro bien. Es como tu tío rico. Hugo tiene otra cosa y está trabajando con muchas de las bandas que más nos emocionan hoy en día”.

La actual alineación de Belafonte es incierta, como ha sucedido en cada nuevo proceso creativo. “Nos ha pasado que, contrario a lo que sucede con otras bandas que llegan a grabar un disco y eso se convierte para ellos en el inicio de un nuevo ciclo, para nosotros es como el cierre. En este proceso tuvimos que dejar atrás a Julio Cárdenas por diferencia de ideales. Pero en el inter grabamos todavía con él y con mucha gente muy emocionante. Ahora mismo estamos en busca de un nuevo integrante, pero no sabemos quién. Alguien que quizá me libere un poco de la guitarra, porque yo también estoy buscando explorar más mi papel en la banda, como frontman”.

Entiendo que la salida de Julio es sensible, pues viene tras la oleada del #MeToo mexicano. Hablamos del dilema moral en el que nos hemos incrustado generacionalmente. La luz es la congruencia e Israel lo sabe. Tocamos el tema de Los Espíritus y Maxi Prietto, quien también habría sido expulsado de su banda tras acusaciones de abuso. “Es un dilema muy grande y es doloroso, como lo que pasó con Julio, porque no solo perdí a un gran guitarrista, perdí un amigo”.

El camino ha llevado a Belafonte a encontrarse con otros amigos y otros músicos fenomenales. En el disco se pueden escuchar las voces de Camille Mandoki, el chelo de Mabe Fratti o las percusiones del papá de Cristobal Martínez, baterista de la banda. Todos elementos que fueron integrados de una manera magistral por Diego Quezada.

“Al chile cuando ya tuvimos claro que íbamos a trabajar con Hugo, yo dije, ahuevo, ahorita le sacamos algo, mínimo que nos grave dos tres sintes, pero no. La neta entendió muy bien lo que buscábamos, pero no se metió demasiado en los procesos, nos dejó muy libres”.

El track donde quizá se note más la mano de Diego es “Epic Aris”, lo primero que escuchamos de Soy Piedra, una oda kraut, en la que Israel experimenta con su fraseo y con su manera de utilizar el lenguaje. “Ahí quería generar un trance, pero no un trance muy loco, es un trance kraut pero no en el sentido estricto, es jugar con la repetición de ciertos patrones musicales y si lo piensas eso es un sonido que tenemos mucho en la ciudad. Los sonidos de la ciudad a veces son muy kraut. Hay cemento, en los dos sentidos. Cemento de activo y cemento de construcciones y edificios. Hay reggaetón, porque el reggaetón también tiene mucho de esencia kraut, es un solo ritmo que se repite. Hay tianguis, hay metro”.

“Nosotros queremos hablar de eso junto a otras bandas, de lo que se siente tener miedo afuera del metro General Anaya».

El transcurso del disco corre con la misma vena, no kraut, pero sí asfaltosa, citadina, oscura y reflexiva; como una caminata nostálgica, íntima y al mismo tiempo vertiginosa. Es un disco real que si te toma desprevenido se te estrella como una roca a media cara.

“Nosotros queremos hablar de eso junto a otras bandas, de lo que se siente tener miedo afuera del metro General Anaya. Todo eso nos da un sentido de pertenencia. No es nada contra generaciones anteriores, pero estamos hartos de evadir. Lo que queremos es poder decir que está culero, pero ¡Nel!, está chido ser chilangos y chinguen a su madre todos”.

La noche en el Barrio Chino se empieza a poner cada vez más oscura, después de varias caguamas quizá es hora de ir por un bajón. Decidimos ir a los Cocuyos para cerrar el encuentro. Antes de levantarme de la mesa noto que Israel trae consigo un libro, se trata de Stone Junction de Jim Dodge. Una epopeya alquímica prologada por Thomas Pynchon. “De aquí he aprendido todo”, me dice.

Comprender las entrañas de la Ciudad de México es algo que se hace mucho mejor con música y con unos tacos de tripa. No hay mejor analogía. La música que nos acompaña en el eterno loop del rocanrol. “Me gusta decir así rocanrol con C, creo que esa palabra es mucho más que solo el género. Es literatura, es un perreo en una colonia culera, es una postura política. Somos vergueros y hablamos de todo eso. Tal vez nuestra generación romantiza mucho la ciudad de México, porque si la ves ni está tan chida”, me dice mientras caminamos, lo escucho antes de pedirme una orden de lengua y un boing de mango que me saben a gloria. Giro la mirada sobre mi hombro para apreciar la calle de Bolivar. Me quedo con la estampa de un perro lamiendo sus genitales mientras es acariciado por un indigente. Sí está chida la ciudad, pienso.

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