Te encuentro, sentado en la orilla de mi oreja, murmurando para mí los versos más dulces, los que ninguna vez escuché pronunciar en tus labios.

Mientras camino por la calle rozas mi codo, me acompañas hasta el banco, esperas conmigo en la fila, me hablas quedito. Al salir de ahí te entierras en mi costilla, como un dolor de caballo y ahí te quedas dormido.

Vamos a comer porque ya son más de las tres y yo no he desayunado, me levanté temprano, fui al gimnasio pero sólo tomé un jugo de zanahoria. Me dices que tengo que cuidarme más, que ya estoy muy flaca y no entiendes mi obsesiva necesidad de contar cada cosa que me llevo a la boca. Tienes razón, siempre la has tenido, eres el único que se da cuenta cuando me pasa algo.

Me haces reír. Traes a mi mente el día que nos fugamos; en el calor asfixiante de tu auto nos bañamos en el sudor del otro, nos refrescamos con besos y caricias hasta quedarnos dormidos, fue la noche más incómoda que hayamos pasado. Fue perfecta.

Volvemos a casa. Penduleando entre mis cabellos me ayudas a encontrar las llaves, a cerrar bien la puerta de la sala y a apagar el baño. Mi memoria es un problema que no sé si tenga remedio, pero eres paciente a pesar de que tengo que dar tres vueltas para revisar que antes de salir de nuevo lo dejo todo cerrado.

Caminamos por la calle que te gusta y que odio tanto, porque no hay árboles y el sol te deja ciego mientras el sountrack del camino son los pitidos de autos. Me siento cansada pero me pides un poco más de tiempo contigo, caminar por el parque lleno de tierra en donde nos conocimos. No quiero ir pero vamos.

Al llegar a la orilla de la acera me arrepiento y cambiamos el rumbo hacía los helados, me dices que pida el de menta porque es mi favorito, nunca se te escapa nada. Yo no sé cuál es el que te gusta de verdad porque siempre cambias, yo soy de las que se casan con sus gustos, las que se vuelven predecibles.

Nos sentamos un rato para escuchar música, me encantan mis audífonos. El día que me los diste parecían tan baratos, pero creí en tu palabra, tenías razón, son de doscientos que se escuchan de ochocientos y terminé por amarlos.

Entras en la burbuja de sonido melancólico, que es la música escucho todo el rato, me hablas bonito, erizas los vellos de mi espalda poniendo tu mano en mi nuca y apretando mis cabellos. Se acaba la pila. Te burlas; siempre se me olvida cargar el teléfono y termino de malas porque siempre que estoy a la mitad de la canción que más me gusta me pasa lo mismo. No aprendo y es verdad, soy predecible.

Volvemos a casa porque ya hace frío, no hay música y el ruido del mundo me incomoda, las personas me incomodan, sus ojos que juzgan, sus acciones tontas. Tú estás de acuerdo conmigo, siempre hemos visto al mundo de una manera semejante, no igual, eso me queda muy claro, pero hay algo que nos une.

Mi hermana me llama, quiere pasar a la casa a verme, platicar un rato como antes. ¿Qué me pasa porque siempre la evito? debo salir con gente de vez en cuando para llenar de aire mis pulmones, para disfrutar la vida y conocer nuevas personas. Ya lo sé. Cuelgo el teléfono.

Te pido que me acompañes a casa porque me asusta estar sola, siento que algo me falta pero no comprendo del todo el sentimiento.

Te bañas conmigo, te resbalas por mis hombros y me ayudas a tallar mi espalda, como siempre, porque yo no alcanzo.

Ya es tarde y me acuesto, apago las luces para intentar ocultar mi insomnio para que mi mente se calme y encuentre un poco de paz. Busco entre las sábanas tu cuerpo, tu cabeza en la almohada y tu respiración profunda para que calme mis ansias, tu calor para que mis pies fríos se calienten porque si están fríos no puedo dormir.

Mis manos se mueven a tientas como las de un ciego; todo se vuelve silencio y oscuridad absoluta, un poco de luz de la casa de los vecinos y una cama demasiado grande en la que reposa un solo cuerpo. Te has ido.

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