A diferencia de una galería que es visitada por un público especializado, las pinturas que vemos en las calles siempre generan controversia porque son presenciadas, voluntaria o involuntariamente, por cualquier persona. Son controversiales también porque modifican, para bien o para mal, nuestro entorno, el mismo que pagamos con nuestros impuestos.

Hablar de pintura mural en México significa hablar de una práctica que nos puso en el panorama artístico internacional de la primera mitad del siglo XX. Pinturas monumentales en edificios públicos narraban la historia de un pueblo oprimido que había salido avante con la revolución iniciada en 1910. En esta época el artista era visualizado como un agente de transformación social. Con los años el movimiento muralista se desgastó y se volvió caduco. Perdió el espíritu revolucionario que lo vio nacer para convertirse en una herramienta más del gobierno, utilizado para difundir un discurso patriótico de doble moral en favor del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Una secuela de este desgastado estilo sobrevive, un siglo después, en grupos de muralistas naïf que llenan el mayor número de bardas posibles con banderas, dioses precolombinos y nopales. Cada que me atravieso con una de estas pinturas, generalmente dibujadas torpemente, añoro el sarcástico y afilado pincel de José Clemente Orozco y deseo que Siqueiros salga de su tumba y agarre a nalgadas a estos que se dicen ser Muralistas con «M» mayúscula y con «A» de Arte. Engañan a los que no saben y venden un estilo vulgar de pintura chauvinista y pedagógica que termina por dañar la imagen de nuestras ciudades.

Recuerdo que los muralistas mexicanos narraban que las primeras pinturas del movimiento eran el resultado de una investigación acerca de la antigua técnica del fresco y que en la segunda década del siglo XX encontraron una variante del fresco que aún se practicaba en muros de pulquerías y que era hecha por pintores populares. También debemos recordar que Siqueiros fue un pintor entusiasta que experimentó con nuevos materiales y nuevas herramientas como la pistola de aire y las resinas plásticas.

Actualmente la mayoría de los pintores investigan poco y se documentan menos. Cubetas de pintura vinílica para casas se gastan en diluidas capas que durarán unos cuantos años. Una pintura viníl-acrílica para exteriores tiene una vida útil breve, en contradicción, los mismos muralistas quieren que se restauren muros que ellos mismos pintaron con técnicas inadecuadas.

En cuanto al contenido de estos murales, lamento que horas de trabajo y litros de pintura se derrochen en reafirmar un discurso ideológico que ensalza un patriotismo exagerado y una nostalgia por los dioses antiguos como Tláloc y Quetzalcoatl. Recuerdo que en una reciente entrevista hecha por Planisferio a Enrique Garnica, el artista menciona que “la religión te hace tarado” y que el arte es una religión. En este sentido, la mayoría de los nuevos muralistas, generalmente adoran a dos religiones.

Un pincel es un arma y un niño con un arma es peligroso. Lo menos que podemos pedir a esos muralistas es que sepan usar sus armas adecuadamente y que estén conscientes en favor de quién usan esas armas, ya que generalmente sus pinturas son resignificadas por los gobernantes, políticos y funcionarios públicos a su propio beneficio. La mayoría de la pintura mural actual no tiene un discurso político y artístico vigente.

Sobre esto sería prudente preguntarnos: ¿cuáles son entonces las posibilidades de la pintura mural actual? En la próxima entrega de este mismo espacio analizaremos un par de piezas que se elaboraron recientemente en Pachuca y que están más vinculadas con el arte urbano o graffiti. Posteriormente trataré de contestar a esta pregunta.

Finalmente, quiero mencionar que estoy consciente de que no todos los artistas que hacen pintura mural encajan con la descripción que he planteado en estas líneas. A todos ellos les pido una disculpa si se sintieron aludidos.

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Imagen de portada obtenida de www.periodicolarepublica.com.mx

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