Por Alejandro González Castillo

.-Este texto fue leído en la presentación de Se está haciendo tarde (final en laguna) de José Agustín, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil del Estado de Hidalgo (FLIJH 2018). Es compartida en PlanisferioMX con autorización del autor y por petición del encargado de la reedición del libro, Mauricio Bares, a fin de que sea leída por el propio José Agustín.

Acababa yo de cumplir 17 años cuando con unos amigos formé un grupo de rock. Un combo sin futuro ni gracia al que nos aferramos por meses sin saber bien por qué. El ocio y la fiebre grunge hicieron lo suyo, supongo. La cosa es que éramos músicos de medio pelo, una banda de perdedores con ansias de reconocimiento y nada más, porque cuando sabíamos que iba a haber una fiesta nos las arreglábamos para tocar ahí, nos las ingeniábamos para abrirnos campo a codazos entre cumbias y salsas con tal de tocar una hora; sesenta minutos apenas, emocionados siempre, con las greñas flameantes por presentar en público un repertorio integrado por covers bien quemados y que con dedicación religiosa ensayábamos cada tercer día. Canciones que, la neta hay que decir, nadie jamás atendía. Porque la realidad era que la gente nunca nos peló; todos  aprovechaban el tiempo en que nos colgábamos las guitarras para ir a la tienda por hielos, papas y cigarros, o para irse a fajar, echar una firma o una tostada.

El aferre que mis amigos y yo mostrábamos ante la música merece otro texto, hoy día ignoro por qué nos empecinábamos en tocar cuando era evidente que talento y carisma no teníamos ni íbamos a tener. De lo que quiero hablar esta vez es de nuestro baterista. Israel. Bueno, Israel tenía la misma edad que yo, y para entonces ya era un borracho de categoría. Sí, aunque ustedes no lo crean, en esos días yo no conocía la sensación que en el cuerpo produce un buche de cerveza, pero Israel vaya que se entendía bien con el alcohol. Muchas veces, mientras ensayábamos en su casa, observamos cómo iba cambiando, cómo, conforme destapaba cervezas, iba extraviando el ritmo al tiempo que su lengua se entumecía. Israel era un barrigón chistoso que nos caía bien, incluso cuando estaba tomado. El problema era que los ensayos terminaban una vez que no podía sostener ni las baquetas tras pasársela soplando entre canciones. Entonces nos despedíamos y él se iba a acostar, a dormir la mona que sólo los justos gozan.

Hasta entonces, Israel jamás nos había fallado en una tocada. Un pacto firmado había: él no podía beber antes de que los amplificadores se encendieran. Una vez que el concierto terminara, lo que quisiera por su gañote cruzaría. Con esa certeza, logramos que Luz María, una chica de estatura breve, senos carnosos y caderas generosas, célebre por sus fiestas, las cuales, decían, en desgarriates sin medida terminaban, nos permitiera tocar en su más próxima celebración. Juan, nuestro tecladista, lo tenía todo listo: iba a dedicarle una canción a Luz María, “La chispa adecuada”, para luego soltarle los perros que tras sus costillas aullaban cada vez que la veía pasar. El muchacho iba con todo por su presa, así que decidimos ensayar con ahínco la noche previa al festejo, preocupados por hacer una versión tan buena de ese tema, que llevaría  al propio Bunbury a arquear las cejas.

Tras el ensayo exhaustivo, recogíamos nuestros cables y guardábamos guitarras cuando unos compinches de Israel llegaron. Tres tipos con una botella de Bacardí entre manos y una bolsa grande de sabritones. Lo de Luz María sería una tardeada, así que teníamos que estar en su patio, listos para tocar, a las dos de la tarde. Los camaradas de Israel se fueron a la cocina para hurgar en el refri mientras nosotros nos despedíamos, pidiéndole a Israel que despachara a aquellos, que se acostara temprano para estar reluciente al mediodía, cuando iríamos por él en un camión de redilas que el tío de Juan nos iba a prestar para ahí cargar tambores y bocinas. “Estos weyes ya se van, nomás me chingo una cuba y me jeteo”, nos contó Israel; “la neta no tengo ganas chupar, orita los corro”, remató. El hombre habló con tal serenidad que le creímos. “No mames, cómo crees que me voy a empedar, mi Juan, si mañana vas a mojar brochita, tienes que quedar bien”, decía. Y eso, le creímos.

Al otro día llegamos por él. Desde que tardó en abrir la puerta sentimos que algo no andaba bien. Pegamos el dedo al timbre hasta que se asomó por una ventana. Alcanzamos a ver que traía la misma ropa del día anterior y que su cara estaba hinchada. “Se me hace que ya valió madre”, dijo Juan. Y tenía razón. Porque Israel estaba pedo. Qué digo pedo, pedísimo. El gesto se le arrugó como bola de papel cuando el sol le pegó, ya en la banqueta, y con dificultad le atinó a nuestras manos a la hora de saludarnos. Israel apenas podía hilar sus palabras; “ámonos al toquín”, balbuceó, tambaleante. Al entrar a su casa, descubrimos que sus amigos seguían ahí, en la cocina. Tal como los dejamos, aunque una nube de humo de cigarro sobre sus cabezas no nos permitía apreciarlos con claridad. Encima de la mesa había hartas botellas vacías de cerveza y, como Israel, sus camaradas estaban hasta la madre, con las caras chuecas e incompletas, como una torre de jenga a punto de derrumbarse. Al ver que seguían brindando entre carcajadas, mientras nosotros comenzábamos a subir los instrumentos al camión, hice cuentas: esos llevaban alrededor de diez horas bebiendo.

Yo conocía a los tipos con los que Israel se embriagó. Los encontraba francamente patéticos. Aburridísimos. No comprendía por qué los trataba como reyes cuando desde mi perspectiva eran unos idiotas. Observándolos pararse trabajosamente de sus sillas, mirando a Israel servirles la caminera con la vehemencia que una madre le da una torta a su hijo para que se la empaque en el recreo, me asaltó una pregunta fundamental: ¿cómo sobrevivieron esos briagos sin aburrirse?, es decir, ¿qué madres estuvieron haciendo durante tanto tiempo?

Ya lo conté, para entonces yo no bebía. Así que me era imposible comprender qué podían hacer cuatro tipos encerrados en una cocina por tantas horas, convocados por el alcohol. Porque esas personas no estuvieron leyendo, ni construyendo un librero o debatiendo tema alguno; tampoco preparando un pastel ni rezando rosarios; en realidad no estuvieron haciendo nada más que brindar y brindar. Pasar y pasarse tragos y más tragos, sin descanso. Una pérdida absoluta de tiempo, desde mi bachiller perspectiva. Sin bañarse, con la trompa pastosa y el greñero desatado, Israel cargó con sus tambores y platillos y los echó al camión. Intentó dormir en el trayecto a la casa de Luz María, sin éxito. A cambio, vomitó sobre una guitarra y en un borrachazo se amoló el tobillo, que todo negro le quedó. Huelga decir que la tocada fue un desastre y que Juan estuvo cerca de golpear a Israel. “No sabes cuántas ganas tengo de darte un putazo”, le dijo cuando terminamos de hacer la versión más miserable de la ya de por sí miserable chispa adecuada.  La brochita de Juan, tristemente, no se mojó esa tarde.

Faltaba tiempo para que yo comprendiera. Para que viera la luz (la luz a secas, no me refiero a Luz María, quien, por cierto, dicen que con el tiempo se puso muy fea. Luego me enteré de que el alcohol es una droga muy poderosa. Aquella vez, por ejemplo, fue capaz de mantener unidos, por alrededor de diez horas, a cuatro sujetos que en sobriedad seguramente apenas se saludarían. Yo desconocía que gracias al alcohol es posible encontrar puntos en común con seres humanos de entrada aberrantes e, incluso, echar a andar algo parecido a una amistad, siempre y cuando los tragos no se extingan. El alcohol, una droga pop, una droga legal, una que en los oxxos despachan hasta antes de la medianoche  y que al pagarla encapsulada en frascos uno puede hacer redondeo con tal de becar a un niño perdido en la sierra más cercana. “Con que así se siente estar borracho…”, recuerdo que pensé la primera vez que crucé la raya de la sobriedad y, con una facilidad increíble, me puse a platicar profundamente con perfectos desconocidos. Sí, un día encendí la chispa adecuada, nada menos. Arranqué con el incendio, y de manera legal.

Como notarán, he recalcado el asunto de la legalidad de esa droga. Y lo hago porque José Agustín fue detenido por posesión de mariguana, otra droga pop -aunque ilegal aún- varias décadas atrás. El de La tumba guardaba la suficiente para forjarse un charro chancho cuando lo trenzaron. Y terminó encarcelado, nada menos que en Lecumberri, donde se puso a escribir el libro que esta vez presentamos. Dicen que el arranque de la novela tuvo lugar en el papel que envolvía la torta que su autor se comió cierto día ahí, tras las rejas; que empuñó la pluma y esquivando manchas de grasa y aguacate comenzó a perfilar las desquiciantes personalidades de los protagonistas de la trama: Rafael, Virgilio, Francine, Gladys y Paulhan. Cuatro personas que poco tienen qué ver entre sí, pero que se las arreglan para asomarse, a lo largo de todo un día, a lo más profundo de sus almas, claro, propulsadas por esa droga que los oxxos presumen en sus anaqueles y otras más que a la fecha siguen siendo tan ilegales como la velocidad a la que los hombres se enamoran de un par de buenas piernas con punta de tacón.

Con tal de estar aquí sentado, releí el fabuloso texto de Agustín, editado originalmente en 1973 y hoy presentado por Nitro Press, de nueva cuenta, en una edición muy chula, francamente. Y debo confesar que la experiencia fue perturbadora. Con otra edad y otros sentimientos encima, me encontré con un relato denso que no pocas veces me abrumó, especialmente hacia el mentado, y entre paréntesis, Final en laguna, donde incluso sentí miedo, un miedo terrible ante lo absoluto, lo irrefrenable, ante el tuétano del espíritu humano; el contraste con la fiesta dócil, cotorra y perica; el contrapeso del albur y la carcajada ligera, la carrilla de carretera y las colillas entre comillas. Tropical. Psicotrópica. Esta novela acapulqueña es ideal para comprender los alcances del sol, el sexo, el ego, las olas y las horas, el azar, el pasar y el pesar; y también, por supuesto, para asomarse de modo contundente a las cavernas que labran los cinceles de las drogas, legales e ilegales por igual. De la moronga al pomo haciendo escala en los champis sin queso.

Repasar Se está haciendo tarde me llevó a reparar lo que recién platiqué, mi primera dubitación respecto a los poderes del alcohol, esa noche frente a Israel y sus compinches, antes de la desastrosa presentación de mi banda en aquella tardeada de Luz María. Con el paso del tiempo, considero que aún no puedo contestarme esa vieja pregunta fundamental: qué madres estuvieron haciendo durante tanto tiempo Israel y sus valedores. Diez horas juntos. Pero me gusta pensar que a lo mejor, tal como Rafael, Virgilio, Francine, Gladys y Paulhan hicieron, esos borrachos protagonizaron una aventura épica en el barrio. Qué tal si hurtaron un auto para cruzar avenidas, sorteando baches y topes a cien por hora, para asaltar la vinatería del rumbo y retar a cuchillazos a los dealers de la esquina y, finalmente, ganarse el respeto de las chicas que frente al hotel se paraban todas las noches. Morras con quienes, además, regresaron adonde ensayábamos para hacer mucho más de lo que Juan tenía planeado vivir con Luz María tras cantarle “La chispa adecuada”.

Todo eso quisiera creer. Pero son chambritas, como les llaman a las que usan los bebés; chaquetas, como les dicen a las que portan los hombres. La verdad, para qué me ilusiono. Seguramente aquellos cuatro juntaron sus pesitos, fueron a la tienda a comprar un cartón y siguieron tomando en silencio, mirando el suelo por horas, alzando la cara sólo para brindar, agarrar un puño de sabritones y cambiar de CD. “Pónganse la de la chispa”, me imagino que balbuceaba Israel cuando el sol comenzaba a asomarse por la ventana, justamente atrás de la estufa; “que al rato tengo tocada y, neta, esta vez no puedo quedar mal”.

La reedición conmemorativa de este libro contine textos de Mauricio Bares, Andrés Ramírez, Fernanda Melchor, José Agustín Ramírez, Iván Farías, Yolanda de la Torre y Hernán Lara Zavala. Puede ser encontrada en los stands de la FLIJH 2018.

 

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