No sé siquiera por qué estoy aquí, precisamente a esta hora y este día del mes de enero, durante muchos años he venido a este mismo lugar con la esperanza de sentir la suavidad de tus manos, el dulce sabor a tutsi-pop de tus labios, la humedad que me provocaban tus caderas, pero invariablemente me he ido con el mismo sabor amargo de la desilusión.

Sin embargo hoy es diferente, ¿podrá serlo?, porque al igual que lo he hecho durante muchos años, por la mañana, fiel a esa costumbre, marqué el número telefónico de 5 dígitos al cual llamaba en ese entonces, sin embargo, la respuesta fue diferente:

En este momento no me encuentro, pero puedes dejarme el mensaje y a la brevedad me comunicare contigo

¡Era tu voz! La misma voz que llenaba de música mis oídos durante los meses que estuvimos juntos, pero ¿porqué ahora?, si yo mismo sé que es imposible el poder escucharte,los números han cambiado con el paso de los años.

Sin embargo eras tú, esa voz no podía pertenecer a otra persona que no seas tú, sería imposible no reconocerla si la he traído tatuada en el cerebro durante tanto tiempo.

Nos vemos a las 8, dije, en la misma banca, en el Jardín San Francisco, en el mismo lugar en que estuvimos juntos la última vez antes de que decidieras dejarme y unir tu vida con Enrique, el mismo en donde me dijiste adiós por última vez, ahí en donde aún resuenan nuestros besos y caricias.

Quiero… quiero oír tu voz, sentir tus manos, aunque sea por última vez, sé que eso llenará de vida los años que me queden.

Colgué y esperé a que diera la hora, la emoción hacia que mis manos se humedecieran, que mi corazón palpitara de manera acelerada… que mi voz apenas pudiera emitir algún sonido.

Practiqué toda la tarde frente al espejo lo que te diría.

Y aquí estoy, esperando a verte cuando des la vuelta por la esquina y camines hacia mi como lo hiciste muchas veces, con ese abrigo azul de mezclilla que utilizábamos para tirarnos en la hierba, moviendo rítmicamente tu hermoso cabello negro, esbozando esa sonrisa en tus labios que me estremecía, saboreando la promesa de tus besos.

El tiempo pasa, las 8, los minutos corren tan aceleradamente que quisiera poder detenerlos, el tic-tac de mi reloj retumba en mis oídos.

En el jardín hay algunas parejas, dos jóvenes solas que seguramente esperan por alguien, con la misma esperanza que me ha traído aquí, ansioso de que llegue el momento de tenerte a mi lado y recobrar todo ese tiempo que estuvimos separados.

¿Vendrás?… no lo sé, pude escuchar tu voz…. oler tu aroma… sentir tu presencia.

Lo único cierto en todo esto es que los muertos no pueden abandonar el cementerio.

Diciembre, 2014.

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