Por Erika Rosete

Y el corazón duele. Físicamente aplasta a ese otro engranaje que lo rodea. Uno no sabe qué tanto exagera, hasta que le rompen el corazón y descubre que sí, el corazón, efectivamente duele.

Dice Santiago que hasta que no tuvo 28 años, no descubrió en realidad que nunca había tenido fe en nada. (¿Por qué hasta los 28?)

Dicen que el corazón de los hombres duele distinto al de las mujeres. Dicen que el tiempo en el que uno y otro tarda en olvidar al ser amado, consiste en una recuperación inauditamente diferente. Santiago ocultó su dolor por unos días, quizás unas semanas, pero después de exactamente un mes pudo notar que el corazón dolía de una forma extraña y casi estúpida, dolía físicamente como un calambre existencial en medio de la aorta.

Conoció a Elena en el trabajo. Un lugar lleno de monitores de computadora, de luces, de artificialidad vomitada en secuencias de millones por segundo. Todo ahí dentro le era ya demasiado familiar y le fastidió conocerla. Le fastidió hasta que se cansó de darle esa importancia menospreciada. La sentía lejana y falsa. Falsedad disfrazada de arrogancia, un lobo muy mal camuflado de oveja. Le molestaba lo que veía y también lo que no alcanzaba ver.

Acostumbrado a sus pequeñas y monótonas certezas, Santiago se deslizó a través de su indiferencia y siguió así durante varios meses, hasta que la causalidad les hizo el favor de acercarlos.

Dice Santiago que sus mejores momentos los ha vivido solo. Pero no está seguro. Como no había estado seguro, en sus 28 años, de haberse enamorado alguna vez.

Triste y lamentable. Esa horrorosa costumbre humana, de mirar hacia el pasado, y después de las cicatrices bien ganadas en peleas cuerpo a cuerpo con el amor, y después de todo el dolor vertido a borbotones, gritos y lágrimas; noches eternas sin dormir por querer apagar la llama de una pelea que tirita fuerte desde que se le ignora, para que después de muchos años, cuando a todo eso le llamamos “pasado”, todavía nos preguntemos si de verdad fue amor.

Santiago vive en un departamento del centro de la ciudad. Demasiado ruidoso y con muchos recuerdos. Una noche, colocado debajo del marco de una puerta de madera gastada, miró a su mujer durmiendo en el extremo opuesto de la habitación. Se asomó por la ventana, fumó un cigarrillo con un sentimiento de secretismo infantil. Ella no fumaba, y odiaba cuando él lo hacía. No es que él lo hiciera con frecuencia. En la oficina, Oliver le había dado a guardar su último cigarro antes de irse en la motocicleta, y habría olvidado pedírselo antes de tomar el elevador. Tomar el cigarro entre sus manos fue un presagio más. Santiago no recordó que lo llevaba en el bolsillo de la chamarra, hasta que llegó a casa y sintió que, desde ese día, ya no se sentía parte de su hogar.

Elena era un desastre. El caos convertido en mujer. O quizá una mujer a medias, llena de caos. El lobo mal disfrazado logró tirar la trinchera de Santiago (al menos por un breve tiempo). La causalidad en una fiesta los acercó. Pero los designios del universo malbarataron la magia y los orilló a precipicios distintos.

Santiago conoció a Mireya y brevemente también de ella se enganchó. Elena estaba entonces fatalmente enamorada de otro hombre sin voluntad y sin pasión. El caos envuelto en la nulidad. La noche de las trincheras y los precipicios los acercaba y alejaba como dos títeres de un destino en el que ella nunca creyó. Pasaron varias semanas para que Elena se diera cuenta de que quería ser amiga de Santiago… el mismo tiempo que él tardó para sentir que estaba definitivamente enamorado de ella.

A veces también los precipicios se encuentran, pero casi siempre terminan por colapsar la realidad, y entonces las certezas se vuelven promesas que jamás se cristalizan. Tristeza disfrazada de una narración interminable, esperanzadora y vital.

De pronto, un día sin ningún encanto en especial, Santiago la miró y encontró en ella todo lo que creía haber querido en sus 28 años de vida sin fe. La escuchó y le maravillaron las historias que salían de su boca. También escuchó sus canciones, leyó sus relatos, limpió algunas de sus lágrimas, y además, le rompió tenuemente el corazón.

Elena estaba enamorada. Pero no de él. Estaba en medio de la voracidad de lo que quería y de lo que no podía volver a permitirse. Santiago le devolvía el recuerdo de un hombre que la había amado mal y a medias. Pero aún tenía esperanza en las verdades dichas con los ojos. Así que a veces, en medio de la noche, se permitía seducir por Santiago, aunque el idilio le durara solo un par de horas, antes de darse cuenta de que en realidad, como casi todo últimamente, era una mentira. No una verdad a medias, sino completa y absolutamente mentira.

Dice Elena que una imagen en su cabeza la atormenta todos los días, desde la vez que perdió un poco la razón por un tonto emocional (tanto o más que ella). Y que en la imagen, casi siempre en blanco y negro, ella camina junto a otra versión de sí misma; caminan tomadas de la mano, ambas llevan un vestido verde agua con holanes en el pecho. Ambas recorren un bosque hermoso, pero inmenso, y a veces la inmensidad asusta. De pronto, una de ellas se enamora, el corazón le florece, se incendia, adopta tonos de colores que no sabía que existían, y la emoción le hace correr a internarse entre los árboles, persiguiendo una sombra, a ese tonto emocional, o quizá ese signo de utopía, un espíritu encargado de encarnar algunas o todas las cosas que desea en un hombre (que cree que desea en un hombre).

Elena no quiere soltarse, ni por Santiago ni por la idea de hombre que le ha roto el corazón.

Involucrados ambos, Elena y Santiago, con nada más que sus escasas pláticas de oficina, decidieron salir juntos a contarse un poco de su vida real; él, sin evadir que estaba comprometido; ella, sin ocultar su creciente hartazgo existencial.

Fue una noche cálida. El frío no quemaba, y los árboles no se agitaban violentamente. El lugar, nuevo para los dos, tenía una luz sobria que recordaba noches en rincones nostálgicos, que los remitió a recuerdos inmensamente distintos.

Ella pensó en la tarde en que, con muy poco dinero, entró en un restaurante en Buenos Aires, y pidió solo una copa de vino tinto. Con la certeza de que no podría comer o beber nada más del menú, se sentó con una seguridad arrolladora junto a la ventana, y miró con felicidad y una plenitud casi estúpida al grupo de amigos que celebraban en la mesa de al lado.
Él recordó cuando su padre lo llevó a conocer el mar. Su madre lucía tan hermosa, que en su mente no cabía una comparación posible con la mujer que visita ahora, una vez por mes, en la casa de su infancia con tapices marrones y humedad contagiosa. Ambos le habían comprado un helado de cajeta con vainilla y habían paseado de la mano, los tres, en un malecón.
Elena y Santiago se miraron, en medio de sus recuerdos, de sus certezas y de sus miedos, pero fue él quien la besó.
Tantos años de ausencias, de desencantos, de enojos, de roturas inconexas, se juntaron en ese beso, en su boca, la de Elena.

Él se dejó llevar, y en ese beso definitivo y breve, solo pensó que quería estar con ella, de cualquier otra forma, lejos de todo, lejos de sí mismo. Del peso de sus 28 años, de sus decisiones, del marco de un puerta de departamento de ciudad.
Elena odiaba los juegos a medias. Las exigencias del otro proyectadas en ella como un barco que solo zarpa pero no encuentra el lugar a dónde llegar. Su reciente teoría de las canicas1le hacía recobrar la cordura cuando la pasión de Santiago desabrochaba el primer botón de su blusa o sus besos comenzaban a ser más como bocanadas de aire en medio de un naufragio.
Había pasado tiempo desde la cena con luz sobria. La pasión se les escapaba a ratos, cuando ella se dejaba llevar por sus instintos y cuando él no tenía que estar en donde ya no sentía que fuera su hogar.
Los amantes se creen presas exóticas de un universo inventado por ellos. Creen que han descubierto un lugar en la luna, a salvo de las tonterías terrenales. La brutal tragedia de los amantes radica en que todo eso que piensan, y a veces, un poco de lo que sienten, es mentira.
Elena empezó a desnudarse. Poco a poco en una oscuridad etérea. Las piernas blancas de tanta ausencia de sol, los muslos firmes y ansiosos. En el día, su alegría desmesurada, sus gritos contenidos por el abrazo, los besos que ya no quería esquivar.

A ratos se le ocurría que también podía ser eso, un refugio temporal y breve, una cueva de placer sincero e ilimitado, una opción casi epifanía para alguien muerto de miedo y sin determinación. Pero la sombra del rechazo le quemaba la piel. Santiago era la sombra y el deseo que no encontró antes. Dónde sí buscaba el amor.

Elena piensa que la vida es una hija de puta (sabe que es mujer, solo algo tan etéreo, arrebatador y maravilloso puede ser mujer). Porque en estos últimos tiempos le da planes a medias con personas incompletas que le ofrecen a lo mucho, una taza de café entre las 8 y las 10 de la noche. Nunca antes y nunca después.
Santiago se quemaba por dentro. Deseando imposibles, documentando fantasías que su naturaleza le impedían llevar a cabo.
Elena no se ha dado cuenta que todos los hombres que ha amado, incluyendo a los dos últimos, intentos desesperados de compañero, son cobardes consigo mismos. No necesitan a mujeres que se sepan armar, requieren salvarlas para dar sentido a sus derivas interiores.

Santiago sueña con ella casi a diario en los últimos meses. Se siente furibundo y enojado. Le cala en lo profundo de su hombría el rechazo de Elena. Hace el amor con una pasión desenfrenada con su mujer. A veces, solo algunas veces, busca un poco en ella a Elena. Pero Elena es irreconocible, aún inalcanzable. A Santiago le molesta la manera que tiene de besarlo, a veces sí y a veces no, para terminar con un portazo de pronto, en medio de la noche. Y la ve caminar rumbo a su casa como si nada de lo vivido con él tuviera un significado real.

Elena abre la puerta, se desnuda otra vez, no siente nada, ni por él ni por nadie. El recuerdo del hombre sin pasión se ha desvanecido. Se ha vuelto a romper, y ella comienza poco a poco a armarse, lentamente, como aprendió a hacerlo hace exactamente seis años, cuando se rompió limpia y totalmente por primera vez.

Dice Santiago que se siente herido. Que Elena representa una puerta que se cierra y se abre a su antojo, ignorando lo que él le cuenta, lo que le ha prometido, lo que le susurra al oído. Le parece extraño y hasta inconcebible que se entregue a ella con tanta desmesura que lo único que logre provocarle es la risa, a veces contenida y a veces escandalosa. Esa risa que aunque no le guste a él, también quiere seguir escuchando, en la oscuridad de su auto, en algún escondite de un bar de ciudad que no frecuentaría de no ser porque a ella le gusta esa música que a él solo le recuerda los veranos interminables de su triste adolescencia en casa de unos tíos a los que no quiere nunca visitar.

Se volvieron a encontrar. Esta vez no lo planearon. A veces cuando llegan las cosas más importantes de la vida, llegan tan intempestivamente que uno no tiene tiempo siquiera de gritar. Hay gritos que ahogan el dolor, las lágrimas, el terror.
Este grito se sintió tenue pero profundo, de una naturaleza desconocida, inexplorada para ambos. Este grito del encuentro se trató de todo el silencio acumulado, su breve epifanía que habían apenas advertido en la lejanía de sus distancias. Desde sus ventanas colocadas en dos cimas distantes del mundo, en un terreno inexplorado sobre una luna que no existió.
Ella fumaba en la entrada de un café, junto a una pareja de recién casados cuya conversación le había fascinado desde que llegó y decidió sentarse cerca para escuchar. El lugar le había parecido desde que lo vio, perfecto para descansar un rato y apagar su mente.
Él caminaba de la mano con su mujer. Ese día, por la mañana, habían hecho el amor como desde hace mucho tiempo no lo hacían. Habían experimentado el placer de tener juntos el orgasmo final, ese en el que se funden las existencias de las dos personas, las de sus vidas pasadas, las de sus deseos ocultos, la de sus más puros deseos y anhelos. El calor y el éxtasis que aún sentían ambos no podían ocultarse. Se habían dado cuenta que aunque ya no se amaban, el sexo sería siempre la mejor razón para permanecer juntos. Ahora, habían decidido tener un hijo.
Elena escribía en su mente una historia donde los recién casados se daban cuenta, en esa conversación, que en verdad no tenían nada en común, que el tiempo pasado, tal vez años o meses antes de la boda, habrían sido una especie de frenesí causado por alguna droga mortífera que terminaba su efecto en ese lugar.
Sus miradas se encontraron desde lejos. Él tomaba con fuerza la mano de su mujer cuando miró los ojos de Elena, mientras el cigarro agonizaba y ella sostenía aún la pluma sobre su cuaderno que hacía de diario
En los ojos de Santiago se juntaron todos esos 28 años sin fe, los más de 10 mil 200 días de incertidumbres y fotografías de la vida perfecta. Sintió que algo se había roto dentro de su pecho, en ese calambre existencial que le venía molestando desde que la conoció y la ignoró en la oficina. Sus manos pararon de pronto de sudar, la presión sobre la mano de su mujer no cedió. Seguían caminando con una confianza que no conocían verdaderamente. Llevaba una camisa azul, regalo de su madre en uno de sus cumpleaños. Su mujer no lo notó. No notó que Santiago palidecía de pronto, mirando hacia la entrada de un café que a ella le pareció poco cómodo y sucio. No se dio cuenta que Santiago experimentaba por primera vez unas terribles ganas mentales de vomitar. Sus ojos se enrojecieron y de su boca no salió ningún ruido. Pero en su mundo, reducido a los metros que lo separaban cada vez menos de Elena, el silencio había invadido todo. La calle se había difuminado, los colores del mediodía habían desaparecido, estaba parado frente al café, sin ganas de nada. Dando pasos hacia atrás, como en sus más de veinte años pasados, atrás y atrás y atrás para no caerse. Para no acercase a ningún abismo, para no sucumbir ante ninguna tragedia.
Elena sintió ternura. Miró fijamente las manos entrelazadas que se acercaban poco a poco a la entrada del café. Imaginó una hermosa historia de amor, creía firmemente que los ojos de ella transmitían un amor inquebrantable, una pasión desbordada, una complicidad inacabable. Elena sintió también un choque existencial. Presa de la incertidumbre, las inseguridades de sus años pasados le volaron el corazón con recuerdos que la hacían sentir minimizada. El único hombre que se había atrevido a jugarse todas las caninas por ella, habría llegado en un momento en el que ella  no lo veía, ni lo quería… tardó cinco años para percatarse que estaba jugando con él,  y que ella habría sido la gran cobarde y perdedora. La que retrocedía para no acercarse a ese abismo.
Apretó con fuerza los ojos y la pluma en la hoja a medio llenar. Sintió desesperación y tristeza, una realidad que conocía se le agolpaba en sus ojos cerrados.
No saben muy bien lo que realmente sucedió ese mediodía que auguraba cosas tan bellas y hermosas para ambos.
En la infinitud del tiempo, cuando los tres estuvieron a centímetros de distancia, ellos, Santiago y Elena, se ignoraron por completo. Sintieron ganas de llorar, el corazón se apretó fuerte, como si hubieran contendido un suspiro profundo, un llanto inminente ahí dentro. Los pasos se acortaron, el café humeante reflejaba el techo improvisado. Sintieron cómo sus brazos se erizaron de nervios o de nostalgia. Desde entonces, no volvieron a hablarse. Y fueron como siempre, dos desconocidos, que se decían “hola” cuando el destino los hacía cruzar el mismo pasillo.

1Elena cree que la vida es un juego de canicas. Las que ella tiene son de color azul cielo, las encontró en un pueblito de provincia cuando tenía el corazón roto y una inmensa montaña de frente. Desde entonces, Elena dice que en este juego de canicas hay que apostar todo porque cuando uno decide jugar es porque le nace de las tripas, de su estómago y corazón consumidos en un fuego que lo invade todo. Si no se va por todo, no se va.

 

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