Benito Juárez creyó que era buena idea llenar el país de museos y bibliotecas. La idea la tomó durante su estancia en Estados Unidos y se la contagió a varios. Pero, para bien o para mal o para peor, la idea nomás se quedó en eso: en idea. Pues, salvo porque revivió el Gabinete de Historia Natural que databa de la época colonial y lo renombró Museo Nacional, estas instituciones brillaron por su ausencia y hubo que esperar hasta bien entrado el siglo XX para que los museos empezaran a pulular por el país.

El museo como institución tiene varias funciones. Una de éstas, ni más ni menos importante que las otras (investigación, resguardo, etcétera), es la de ayudar a formar las identidades colectivas de una sociedad mostrando los referentes comunes de su genealogía, tal como se puede ver y experimentar, por ejemplo, en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Dicha genealogía, por supuesto, es una construcción parcial ficcionalizada que tiene fines políticos: se enaltece un pasado sobre otro y se escogen a los buenos y a los malos de la historia.

De lo anterior se ha hablado bastante, de los museos como escaparates de las fábulas nacionalistas, imperialistas, etcétera, pero sirva apuntarlo como referente de cómo afectan éstos a la concepción que hace cada individuo de sí mismo y sus posibilidades: no es lo mismo para un aspirante a artista nacer en París con el Louvre, con la “historia del arte” allí, a un lado, que nacer en cualquier otro lugar del mundo donde la “historia del arte” se sienta lejana y ajena.

Eso: el museo no sólo sirve para apuntar lo que “hemos sido” sino también, en el caso de las visitas durante la infancia, para apuntar “lo que podemos ser”.

Museos pequeños y simples, como el que se encuentra en Atchinson, Kansas, dedicado a Amelia Earhart -la primera piloto que sobrevoló el Atlántico sola- pueden generar transformaciones inmensas en una niña de cuatro años. Ahí ve lo que hizo “otra niña”, ahí se imagina a sí misma siendo esa “otra niña”, volando, recorriendo el mundo sola. Ahí toma un avioncito y juega a que es ella misma la que sobrevuela el mar. Se ve a sí misma intrépida. Es una exploradora, una arqueóloga, alguien que hace lo que le gusta, que se vale por sí misma. Es una viajera, una piloto, una astronauta.

La niña sale del museo y sabe que ella puede, porque alguien como ella ya pudo (y sí, también vio el vestidito que usaba Amelia cuando tenía cuatro años y vio que era de su mismo tamaño y, por lo tanto, ella y ella son iguales).

El museo dedicado a Amelia Earhart es algo simple: es la casa en la que creció (en un rancho perdido en medio de la nada), con sus cachivaches, muñecas, indumentaria y recortes de periódico. Nada más. No tiene ningún gran despliegue tecnológico tipo “realidad aumentada” ni ninguna de esas parafernalias costosísimas que tanto les gustan a los políticos para encarecer los proyectos (como en el Museo Internacional del Barroco, en Puebla). Pero el efecto que provoca en las pequeñas visitantes es inmenso.

El museo de Amelia Earhart funciona a través de una organización sin fines de lucro que administra las donaciones de los voluntarios y gestiona la obtención de recursos de otras instituciones. En palabras llanas: no, no es un museo que haya hecho, administre y mantenga el gobierno.

¿Será que los mexicanos somos tan egoístas, o tan poco solidarios, que somos incapaces de crear y mantener múltiples instituciones como ésta; por ejemplo, una dedicada a Emma Catalina Encinas?

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