Por: Alfonso Valencia

 

I

Alfonso Macedo escribe un ensayo que parte de una idea central de los estudios literarios mexicanos del siglo XX: la relación del escritor con el poder, y una vez concretada esa unión, su capacidad de generar corrientes: formas de leer el pasado, de interpretar el presente y proponer el futuro mediante la creación de grupos de intelectuales con la autoridad para definir e instaurar tradiciones y fincar, no sólo desde las obras sino desde la crítica y las academias, La Literatura Mexicana, con mayúsculas. Alfonso inicia reflexionando a partir del famoso cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes, de 1818. Tomo las palabras de Macedo para describir la obra: “un hombre, cuyas ropas de negro sugieren cierta distinción aristocrática que anuncia el dandismo de las últimas décadas del siglo XIX, contempla un paisaje de neblina y montañas al pie de un risco. Parece alejado de la sociedad, de espaldas a esta y al espectador, y ensimismado”. El tema del cuadro se ha convertido, como bien apunta Alfonso, en un tópico del romanticismo, de la rebeldía romántica: el artista que rechaza a la sociedad o bien porque se cree superior a ella, o bien porque la sociedad ofrece muy poco a su espíritu. Estas dos visiones, que pudieran parecer idénticas, en realidad están mediadas por la soberbia de la primera y la humildad de la segunda. Ya sea soberbia o humildemente, el artista, el hacedor, escapa del mundo para recluirse, digamos, en el lenguaje cifrado de su genio. Hasta aquí, el tópico es vigente o, para ponerlo en términos más generales, sigue siendo un cliché: el artista que necesita cierto aislamiento para crear. Pero el aislamiento del poeta, del hacedor, hoy, no consiste ya en subir a una montaña y darle la espalda a la sociedad para contemplar la alfombra de nubes desde las alturas –medio simbólico de superioridad, de elevación y plenitud–, sino en apartarse del resto mediante el consumo sistematizado e intelectualizado, el refinamiento del gusto y la adopción de una jerga especializada que le permite alejarse del resto que, pongamos, no comprende en realidad cómo comer, o que simplemente no sabe hacerlo. La unión entre el hacedor romántico de Friedrich y el poeta de hoy es, precisamente, esa distinción aristocrática que describe Macedo en apenas la primera página de su ensayo: el privilegio de tomar distancia del mundo sólo le pertenece a aquellos que son dueños del mundo, aquellos que tienen el privilegio de entrar y salir del privilegio, de ver el mundo en su abyección y horror con la certeza de que se puede volver a un puerto elegante, con la salvación asegurada. De ahí que, al principio, me haya referido a la rebeldía romántica, es decir, a aquella que permite al dandi, al aristócrata, al poeta refinado de hoy, bajar a lo terrible del mundo y subir como un conquistador victorioso a poner en palabras –en el mejor de los casos “hermosas” o “adecuadas”–, la experiencia de su visita a los infiernos, pero hacerlo en la comodidad de su estudio… pues ni el dandi de Friedrich ni el poeta de hoy son San Antonio: ni uno ni otro se deshacen de su fortuna, pero hacen como si lo hicieran: subir a la montaña es el acto simbólico que ahora se interpreta como quejarse de las rentas en la Condesa o del recurso que no baja o del mundo oficinista que reprime el espíritu creativo y el gusto refinado del hacedor.

Esta reflexión que surge apenas del primer párrafo del ensayo de Macedo no es gratuita: esta idea, fina y fuertemente acendrada en el centro de nuestro concepto de artista, de poeta, surge, precisamente, gracias a la instauración de grupos literarios que, a distintos radios del centro –es decir, del poder– impusieron, en su momento, formas ya pensadas de interpretar la literatura escrita en México y propusieron, con esto, un futuro para la misma. Desde la diatriba entre el grupo de los Contemporáneos y los Estridentistas, la literatura mexicana se ha interpretado no como un crisol de posibilidades diversas, laterales y complementarias, sino como una pugna entre dos grupos aparentemente opuestos. Esta interpretación histórica nos ha impuesto altos costes críticos al reducir el campo cultural al capricho de dos visiones contrastantes y, pongamos, sin matices: una aparente lucha donde la única posibilidad de diálogo es la confrontación misma, inevitable e inútil. Esta visión está, claro, en el centro de nuestras interpretaciones sociohistóricas básicas: la propia nación Mexicana surge, según esta perspectiva, de un conflicto entre españoles peninsulares y españoles americanos; la gesta independentista se entiende como una guerrilla entre insurgentes y realistas y, más tarde, entre imperialistas y republicanos, para llegar al enfrentamiento intelectual de conservadores y liberales, porfiristas y antireeleccionistas, comunistas y antimarxistas y, claro, chairos y fifís y demás.

Por supuesto, el campo cultural no fue ajeno a este reduccionismo binario, o, en todo caso, nuestra interpretación del campo cultural no fue ajena a esta reducción: nuestro siglo XX literario lo hemos leído como la lucha entre grupos por el poder cultural, centralizado en el Estado, con bandos que se enfrentaron intelectualmente mediante revistas y antologías que intentaban instaurar, repito, una lectura del pasado, una interpretación supuestamente objetiva de su presente, y una visión del futuro a corto plazo; configurando una nómina de autores a considerar –es decir, los buenos–, obliterando a aquellos que escapaban ya sea a los intereses políticos hegemónicos o a las propuestas estéticas consideradas valiosas… pero, ¿qué es una estética valiosa sino una afín a circunstancias completamente ajenas a las poéticas?.

De los Contemporáneos y Estridentistas llegamos al cúmulo de poder concentrado en la figura (que no en la obra) de Octavio Paz y la hegemonía que representaron y representan Plural y Vuelta; Letras Libres y Nexos. Como dije antes: la constante en esta construcción de una intelectualidad ligada (o aparentemente opuesta) al poder es la aristocracia: Paz instauró un modo de comprender no sólo el ejercicio de la intelectualidad y del pensamiento, sino del intelectual mismo: un ser necesariamente capaz de dialogar con el mundo y con un círculo imposibilitado a su grandeza y que necesitaba un estilo de colonización cultural. Macedo lo pone de manera más elegante, recurriendo de nuevo al cuadro de Caspar David Friedrich, el cual “puede ilustrar también el proceso de derechización de Paz: sin dejar de intervenir en los debates de la nación, pero siempre desde un ángulo en picada, de arriba abajo, ostentando en público y en sus programas de televisión su figura de intelectual inalcanzable”. Es decir, Paz nos enseñó que el escritor intelectual debe ser alguien de mundo, de derecha e inalcanzable. Este es el legado de Paz tras su muerte y el triunfo de las revistas culturales mexicanas del siglo XX: un grupo de poetas en pugna por sustituir esa figura con superpoderes políticos e intelectuales, refinados, capaces de hablar de las cosas del mundo pero también de lo podrido de nuestro sistema, de lo que significa ostentar apellidos raros y legados aristocráticos y a la vez denunciar la pobreza y las debilidades económicas del sistema. El campo cultural ha cambiado y ya las revistas no juegan ese papel importante en la batalla por el poder político. La lucha actual se da entre escritores que asumen su intelectualidad desde las redes sociales, que tuitean contra figuras e influencers pagados desde el poder y contra bots que los desquician. El error, quiero decir, es que estas generaciones no comprenden que no hay ya nada en juego, y que esa figura del poeta como portavoz de una causa económica es la más anquilosada y falsa del mundo. Lo único que se conserva es la fuerza del privilegio: la capacidad de subir y bajar del mundo a la terrible tierra, con la certeza de que, como le pasara a Paz, volverán a casa y no habrá basura, ni será una casa de interés social, y todo será bello. Y es que es cómodo mantener la figura del escritor que logró Paz: heredada del escritor-intelectual-político activo de la República Restaurada, se transformó en el escritor-intelectual-poderoso, en cuanto capaz de dispensar la gracia del reconocimiento y formación automática de talentos… el siguiente paso es, pues, aún incierto, pero todos creen ser capaces de sintetizar, en su papel de opositores y operarios de una crítica irónica y sencilla, espíritu de confrontación que parece necesitar nuestro futuro.

 

II

Apenas el 23 de junio, DUBIUS ediciones presentó en Pachuca su propuesta: tres colecciones dedicadas a la escritura creativa, al pensamiento y a la filosofía, y a la crítica literaria. Los primeros números de las colecciones los conforman: De noche impuesta, primer poemario de Arístides Luis; el ensayo del Dr. Alfonso Macedo que arriba intento presentar a través de las ideas que me generó su lectura, y otros dos ensayos que se inscriben en una tradición de pensamiento y ruptura: ¿Puede hablar el maricón?, de Norman Monroy, y Ciencia y técnica de la derrota, de mi autoría. Es decir, se trata de un esfuerzo por impulsar la escritura y la reflexión ensayística en Hidalgo.

La belleza del ensayo como literatura radica, precisamente, en su capacidad de generar más ideas y no sólo poner en juego las propias que lo conforman. El ensayo nos hace pensar, nos lleva a territorios laterales, forma una red de ideas que terminan en un diálogo cerrado –en cuanto intenso– con el autor y nosotros mismos. De ahí la apuesta por el género en un estado que ha privilegiado siempre la creación, de manera ciega y muy autocomplaciente. Lo que sigue para DUBIUS y sus colecciones es reflexionar críticamente el presente y el pasado literario de Hidalgo, poner en tela de juicio, mediante la reflexión teórica, a sus agentes y figuras. Es decir, se trata de una oposición al poder cultural a través de la destrucción mediante el pensamiento. Vamos, pues, a construir la tradición inexistente. Este ensayo de Alfonso Macedo es el inicio de lo que pretendemos sea un parteaguas en cómo se entiende y piensa lo que se escribe en Hidalgo, en Pachuca, y será, claro, para que los autores locales empiecen a escribir consientes de que hay una generación dispuesta a ejercer la crítica desde la teoría y el pensamiento.

 

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Los ejemplares de DUBIUS Ediciones están disponibles en los principales cafés y librerías culturales de Pachuca, y en www.dubius.xyz

 

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