El futuro es una justificación a distancia, un incentivo -pues la forma en que lo imaginamos moldea nuestro presente: nos imaginamos despiertos antes de despertar, nos imaginamos comiendo mientras preparamos la comida.

Ahora imagine a un niño pobre que sueña con ser astronauta. Es hijo de campesinos y nadie en su familia ha estado a menos de un kilómetro de distancia de una nave espacial, o de un laboratorio. Tampoco abundan en su entorno aquellos que hayan estudiado más allá de la secundaria. Pero él sueña con ser astronauta. Y se esfuerza. Y tras arduos trabajos lo consigue. ¿De qué color es el niño? ¿Qué nacionalidad tiene? Mejor aún, ¿podría ser una niña?

Lo anterior –ya sé- suena al chiste del oso, pero se refiere a algo un poco más enraizado en nuestros corazones que la topología, se refiere a lo que somos siquiera capaces de imaginar de nosotros mismos y de nuestra sociedad.

Las generaciones nacidas en los 70 y 80 en Estados Unidos y otros lugares del orbe solían jugar a La guerra de las galaxias. Y era muy divertido. Salvo que fueras mujer, pues por lo general sólo tenías un papel para interpretar: la princesa Leia. O si eras negro, entonces lo más seguro es que sólo pudieras ser el traidor de Lando Carlissian. Es decir, en este gran futuro imaginado donde los “rebeldes” luchaban a favor de la monarquía republicana y en contra del estado totalitario (medio nazi, medio soviético) sólo había una mujer que tuviera un papel protagónico, uno que siempre metía en problemas al resto de los héroes y que, además, en El regreso del Jedi, es transformado en meretriz; y sólo había un negro en quien, por supuesto, no se podía confiar. El resto eran blanquitos muy decentes o muy indecentes, bestias y aliens.

Ése era el futuro.

Así que si usted nació en los 70 u 80, muy probablemente imaginó blanquito y estadounidense (o blanquito y ruso, si su familia era de izquierda) a ese niño pobre hijo de campesinos que quería ser astronauta. Y no se imaginó a José Hernández Moreno quien, durante su infancia, pasaba la mitad del año en un campo agrícola de California y, la otra mitad, con su familia en La Piedad, Michoacán. Mucho menos probable es que se haya imaginado a una niña senegalesa, hindú, egipcia o malaya. ¿Un tarahumara en el espacio?

Ojalá fuera cosa de risa. El afrotururismo, como corriente estética, nace a finales del siglo pasado entre la comunidad afroestadounidense justo a partir de esta preocupación: ¿dónde estaremos nosotros en el futuro? En el caso mexicano, si bien tenemos cuentos de marcianitos desde Alfonso Reyes por lo menos, nuestro imaginario futurista se ha construido a partir de esa “fábrica de sueños” que es Hollywood y sólo unas cuantas muestras proceden de factura propia; algunas serias (donde, claro, los “científicos locos” de El Santo y similares son siempre blanquitos y de apellido alemán de preferencia) pero las más humorísticas: Un día sin mexicanos.

Lo anterior se ha de deber, en parte, a las ansias de vender y, en otra, a lo arraigado que está el personaje del pícaro en nuestra cultura. ¿O será que preferimos reírnos de nuestro futuro en lugar de llorar? ¿O a que somos incapaces de imaginar nuestro porvenir más allá de nuestra miseria del presente, como una continuidad permanente de las mismas desgracias y la misma desigualdad?

No lo sé. Pero supongo, como los afrofuturistas, que por lo menos sería conveniente imaginar ese futuro donde no estemos relegados a uno o dos personajes, cuando no tenemos la peor suerte de estar desaparecidos del todo o metaforizados en bestias o aliens, sino un imaginar un futuro en donde sí estemos todos y, por supuesto, un futuro que sea mejor que el presente.

 

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