El siguiente es un adelanto de «La librería del mal Salvaje», Hernán Vera Álvarez, (SED 2018) El libro.

Entrevista con el autor

La librería del mal salvaje 

“Toda estadística, toda labor meramente descriptiva o informativa, presupone la espléndida y acaso insensata esperanza de que en el vasto porvenir, hombres como nosotros, pero más lúcidos, inferirán de los datos que les dejamos alguna conclusión provechosa o alguna generalización admirable”.

                       (“Una tarde con Ramón Bonavena”, Crónicas de Bustos Domecq)

“Una de las pocas cosas que dijo en su vida con algún sentido Camilo José Cela es que una novela es un libro que en la tapa y debajo del título dice novela”.

   (Eduardo Lalo, revista Ñ)

El orden de las cosas

Una biblioteca es una autobiografía. En este caso, los libros que vendemos tienen la dictadura del mercado –top ten de best sellers–, pero a la vez, la libertad del gusto del lector que está a un lado de los “más vendidos” y busca ese autor que permanece en el tiempo pese a las modas, las malas traducciones y el rencor de los colegas.

Pienso en Thomas Mann y aquello de que una ciudad es una obra colectiva. Esta librería también lo es.

Recuerdo

Recuerdo que la librería abre de 10 de la mañana a 10 de la noche, todos los días, salvo los domingos, que es de 12 del mediodía a 8 de la noche.

Recuerdo que la frase-mantra es: “si necesita algo, estamos aquí para ayudarlo”.

Recuerdo que detesto a la mayoría de los editores y escritores que viven en esta ciudad.

Recuerdo que hay que apretar F12 en la computadora cada vez que un cliente hace una compra y F5 cuando usa la tarjeta de crédito.

Recuerdo que no hay que mostrar mucha alegría.

Recuerdo que los libros que jamás llevaría a mi biblioteca son los más vendidos.

Recuerdo que hay que apagar el aire acondicionado (y las computadoras) a la hora de cerrar.

Recuerdo que debo recomendar “las novedades”.

Recuerdo que los dueños de la librería son los hermanos Daranas.

Recuerdo que uno se llama Montiel, el más gordo y con una sonrisa irónica; y el otro, Reinaldo Abel.

Recuerdo que cuando no hay clientes debo hacerme el que trabajo y simular que acomodo los libros.   

Recuerdo que El Principito y Mafalda son nuestros long sellers.

Recuerdo que los lunes y miércoles son mis días off.

Recuerdo que pagan cada quincena.

Recuerdo que esas fechas son las más felices del mes.

Presentaciones

A veces las presentaciones son una rara experiencia, sobre todo las de editoriales locales que básicamente se dedican a estafar a incautos autores. Siempre con tapas de una fealdad increíble, como el diseño interno, el papel, la tipografía. No es el problema la baja calidad sino que hay una desidia en esos editores que todo lo vuelve grosero.

En verdad, las presentaciones se asemejan a las reuniones de Tupperware. Son una excusa para que la gente chismosee, se saque selfies y las postee en Facebook.

La mayoría de esas editoriales publican poesía y memorias.

Danza negra

Es como un tsunami que arrastra un vaho insoportable. Lo riega aquí y allá. No hay horarios ni días fijos: lo suyo es un compromiso de libertad.

La homeless afroamericana deambula con sus rollers por la librería bailando una danza narcótica, con música que sólo ella escucha. Un ademán y agarra un libro sin mirarlo para luego colocarlo con elegancia en el mismo estante.

Al irse, los que están en la librería se miran con la certeza de haber sido testigos de un hecho maravilloso y desconcertante.

Sobre acomodar libros

El que visita una librería sabe que las obras están en orden alfabético, por país o por género (y sí, existe uno llamado “Autoayuda”). Pero en ésta no siempre sucede eso: a Borges que se sentía malquerido por Lugones, a veces lo coloco junto a él; también a Anais Nin que no terminó muy bien con Henry Miller. Lo mismo con Gabo y Marito.

A los suicidas –siempre las poetas ganan en la lista– los dejo en la sección infantil.

“Si te descubren te echan”, me alerta una amiga. Es posible, aunque prefiero pensar aquello que decía Paco Urondo: “lo mejor de la poesía es la amistad”.

El homenaje al Gran Poeta

La noche prometía un homenaje al Gran Poeta –omitamos la nacionalidad–, con amigos escritores, su familia, conocidos más cercanos, eruditos.

Esa noche presentaban la edición de sus Obras Completas. Era un acontecimiento, una deuda de años que por fin quedaba saldada. Se preparó un banquete con vinos y comidas tradicionales.

La sala estaba llena. El primero que habló fue un joven escritor. Como era previsible, cargó su discurso de adjetivos y esperanza. Le siguió otro –de la misma generación que el homenajeado– cauto en elogios que disimuló con fechas y anécdotas. Un profesor aburrió con teorías literarias. Los hijos lloraron.

Una loca –“no se llega a ser loca, se nace loca”, dixit Raúl Escari– recordó su niñez en casa del Gran Poeta, los libros que descubrió a su lado como tantos otros placeres. En un momento, la loca habló de su más reciente novela y a qué hora se transmitía su show de televisión.

Fue un breve paréntesis, luego regresó a la memoria del Gran Poeta y cómo sus familias criollas perdieron un país en manos del populismo.

Hubo aplausos. Más lágrimas. Terminados los discursos, el público –y los oradores– se abalanzaron sobre la mesa con comida.

A pocos metros yacían apiladas las Obras Completas que, como el Gran Poeta, regresaban al lugar de siempre: el implacable olvido.

La Library de América

En los Estados Unidos hablar más de un idioma está mal visto. La condición de monolingües se une a la extraña creencia de muchos de sus ciudadanos que de esta manera son “más” norteamericanos. Como pocos presidentes en la historia de este país, Donald Trump ha lanzado un plan que limita la inmigración, persigue a los indocumentados e intenta defender el inglés como lengua oficial. Entre otras supersticiones decimonónicas, Trump cree que el español solo es un idioma de cocinas. Cualquiera que se ha ganado la vida en una sabe que, inclusive, se habla español.

En estos tiempos oscuros trabajar en una librería que tiene especialmente obras en español es un acto estético y no menos político.

Peaje literario

Al lado del libro de Kerouac llamado En el camino, coloco otro libro de Kerouac titulado En la carretera.

Lit Argentina

Ayer recibí en mi casilla de correo el mensaje de una profesora. Enseña literatura portuguesa e iberoamericana en un college del midwest y me invita a que imparta una conferencia ante sus alumnos. En un rapto de originalidad, la profesora sabe que soy argentino, por eso, sugiere que hable de literatura argentina. Durante la noche mientras camino rumbo al supermercado pienso en el asunto. El dinero que ofrece es bueno y son apenas un par de horas.

Camino y las ideas fluyen. La literatura argentina, sin duda, es un gran invento. 

1

Para Antonio Requeni este libro abominable, firmó J. R. Wilcock al escritor un ejemplar de su Libro de poemas y canciones

2

A Juan José, narciso tucumano, insecto del café, del fuego que me (voló) la lapicera mágica, firmó Silvina Ocampo a Juan José Hernández un ejemplar de la obra que escribió junto a Wilcock, Los traidores.

3

Luisa Futoransky pasó a máquina Boquitas Pintadas.

4

Luisa Futoransky viajó por primera vez a Europa con el sueldo que le pagó Manuel Puig por el trabajo.

5

“Oscar Hermes Villordo”: así se llama la primera biblioteca LGTTB de la Argentina.

6

Ernesto Sábato conoció a Allen Ginsberg en Chile en 1960.

7

Jorge Di Paola conoció a Witold Gombrowicz en un bar de Tandil en 1958.

9

Victoria Ocampo conoció a Susan Sontag por intermedio de Edgardo Cozarinsky en el hotel de la Trémoille de París en 1975.

10

Jorge Barón Biza pagó de su bolsillo la edición de El desierto y su semilla.

11

Pido que me sepulten en la tierra sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público, escribió Leopoldo Lugones en su nota de suicidio.

Sensini

Finalmente, uno se hace la idea de la utilidad de los reviews de los suplementos culturales al trabajar en una librería… Con un recorte de diario en la mano o su teléfono celular, los clientes muestran qué obra están buscando.

El otro día preguntaron por Zama, de Antonio Di Benedetto. La publicación de la novela en Estados Unidos vino precedida por excelentes críticas, entre ellas, una aparecida en The New York Review of Books.

El que lo quería leer tenía el aspecto de un profesor de literatura de mediana edad: la melena canosa, de bigotes y barba de algunos días, con saco y una camisa sin corbata. Su rostro de tristeza me tocó cuando le dije que el libro se había encargado a la editorial, pero todavía no llegaba.

Por asociación pensé en “Sensini”, el relato de Bolaño incluido en Llamadas telefónicas que cuenta la amistad epistolar que forjaron cuando los dos trataban de ganarse la vida malamente en concursos literarios por España. Le conté la historia al profesor, y se llevó el libro de Bolaño.

“Bien hecho”, luego me dijo uno de los dueños, el señor Montiel Daranas, y yo me sentí un impostor, es decir un vendedor, un maldito cretino.

12

Manuel Mujica Láinez solía ir en su adolescencia al pequeño departamento de Alfonsina Storni, en Córdoba y Esmeralda. Un día la poeta quiso besarlo: Manucho nunca más volvió a visitarla. 

13

H. A. Murena murió de un paro cardíaco el cinco de mayo de 1975, a las diez de la noche.

14

Julio Cortázar tradujo los cuentos de Poe en una pequeña habitación de un hotel en Roma.

15

Jorge Di Paola nació en la Navidad de 1940.

16

Nací en 1942, me formé en colegios, bares, redacciones, manicomios y museos de Buenos Aires, Friburgo del Sarine, Rosario, Villa María, La Falda, Montevideo, Milán y Nueva York. Leí Mann, traduje Proust. Viví treinta años de mi trabajo como corrector, negro, periodista (desde publicaciones de sanatorios psiquiátricos hasta revistas de alta sociedad) y crítico de arte, escribió Jorge Barón Biza.

17

Marco Denevi escribía en una máquina marca Olympia.

18

Arnaldo Calveyra trabajó durante dos años, todos los sábados y domingos, como fumigador en un muelle de Ensenada.

19

Arturo Carrera perdió a su madre al año de nacer.

20

El amor fue escritor por Sergio Bizzio y Daniel Guebel.

Los detestables I

Los que preguntan por un libro difícil, fuera de catálogo, pero por algún azar todavía está en la librería y cuando se lo das, te dicen: “Uh, ¿no tienes la edición de bolsillo?”

21

Ricardo Piglia escribió el prólogo de la primera edición de El frasquito, de Luis Gusmán.

22

A Jorge Di Paola le decían Dipi.

23

Jorge Di Paola y Ricardo Piglia se hicieron amigos en su juventud en la ciudad de La Plata mientras estudiaban en la universidad.

24

Alan Pauls escribió El pudor del pornógrafo a los 21 años.

25

Juan L. Ortiz solía andar en bicicleta por el pueblo de Gualeguay y vender sus libros de poemas.

26

Guillermo Martínez vivió en Oxford entre 1993 y 1995.

27

Nilda es el verdadero nombre de Tununa Mercado.

28

Hugo Mujica vivió en Estados Unidos entre 1961 y 1970.

29

El pudor del pornógrafo tenía como cubierta una imagen de Paul Klee.

30

La virginidad es un tigre de papel, primer libro de cuentos de Di Paola, lleva una contratapa escrita por Enrique Raab.

31

El pudor del pornógrafo, primera novela de Alan Pauls, lleva una contratapa escrita por Luis Chitarroni.

El país de la relectura

“El pasado es otro país, allí las cosas suceden de manera distinta”.  La opening line de The Go-Between, del británico L. P. Hartley, es una presencia absoluta cuando releo algunos libros que, por el trabajo, aparecen otra vez.

Difícil salir indemne de esos desafíos. Hay ciertas páginas de Hermann Hesse, de Cortázar, de Jack London, de Poe, que es mejor atesorarlas con ese primer recuerdo, cuando las leímos en nuestra adolescencia y el mundo y nosotros éramos distintos. No es aconsejable volver a los lugares donde uno ha sido feliz.

Es entonces cuando oigo la frase de Leonardo Sciascia, y que Cabrera Infante solía repetir a aquellos que lo visitaban en su pequeño departamento londinense: “Hay dos errores que un hombre jamás debe cometer. El primero es irse de su país; el segundo volver”.

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