Tiene más de dos meses que no me concentro, cada ruido y cada voz que antes me abordaban como un eco imperceptible se han transformado en el ruido atronador de mi subconsciente. Cada mañana me levanto un poco más tarde, un poco más cansada, un poco más sincera con la vacuidad existencial que me transforma en un elemento que camina a tientas, sin hacer ruido y que come las sobras del día anterior de un empaque de unicel sudado.

Camino por el lado izquierdo de la acera con la mera intención de romper con los esquemas de mi género, como una catarsis anarquista que se repliega en mi interior. Un día más, una hora más y me encuentro siempre en el mismo asiento, viendo los parajes de mi vida como una película que se repite una vez y otra y otra más mientras yo memorizo los diálogos de cada instante prefabricado.

Sentada en el trono imperial de mi inercia veo pasar por la ventana una flor amarilla, como sostenida por un hilo invisible que la hace danzar de un lado a otro. Es una trampa y prefiero mirar hacia otro lado. Siempre he sabido que no es más que el reflejo de mi incapacidad forzada por percibir la magia del mundo y que en el fondo me empuja a las visiones más exageradas. Un día mientras caminaba por las huellas de mis pasos, por las que me desplazo cada día, me encontré con una moneda demasiado brillante, al tratar de levantarla pude identificar, entre las facciones de aquel rostro grabado, una mueca de burla. Estaba incrustada en el piso. Seguí mi camino y mientras me alejaba podía escucharla mofarse de los dos minutos en los que con desesperación necesitada traté de despegarla del suelo. Siempre me pasa, siempre me encuentro esos dejos de magia que me confinan a las experiencias más absurdas. Callada y ausente en el cubículo en el que me descamo diariamente me encierro en música estridente para ver desde lejos aquellas apariciones, intentando que detrás de mis anteojos mis ojos se inclinen por el plasma del mundo y sus predicciones atemporales o los canales de moda.

Es mejor así es mejor verter parte de mi esencia en la musicalidad de notas discordes que me transportan a un estado de autismos selectivo; sin embargo solo sirven para apagar aparentemente ese elevado grado de atención que me confina a las distracciones más absurdas : el resplandor del sol bailando entre las cortinas de la casa, el eco de las risas de los niños que tanto aborrezco, el chillido frenético de los autos mientras se encuentra en el camino algo que les impide avanzar antes de cinco segundos. Cada muestra de existencia humana capta mi atención como si dentro de cada imagen, que me hace girar la cabeza de un lado a otro, pudiera encontrar las notas insomnes de una revelación no exacerbada.

Ruego por tener un instante en el que pueda sentarme a existir sin que los gritos del mundo inunden cada milímetro de mi tiempo con su impertinente musicalidad abstracta, por un momento de existencia pura y distante en el que pueda recostarme y existir ignorando esa necesidad constante por alimentar manías con fuentes externas.

Miro hacia la ventana, a esa flor amarilla que gira revoloteando entre la levedad del viento seduciéndome con su danza, la miro distante y etérea, como no queriendo. Cada parte que la conforma es perfecta, una obra sublime de la naturaleza que se postra ante mis ojos para ser admirada como la vanidad vuelta un objeto.

Estoy condenada.

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