“El no ser perfecta me hiere”

Silvia Plath

Dicen que nadie escapa a la equivocación; que el yerro educa, pero yo desconfío. Desde siempre he encontrado en cada falta una lección que no podría llegar por otra vía. Cada vez el error me muestra nítida, una ruta hacia la corrección, hacia el estado deseable de las cosas.

Como una tierra que se juzga estéril y recobra la fertilidad a fuerza de tumba y roza, la consumición que significa el volver a empezar me deja limpia, me vulnera al brillo de una perfección posible.

Pero el error por sí, no construye el aprendizaje. Para ser formativo precisa algo más que la voluntad de rectificación. Hace falta eximir la falibilidad del sentimiento de culpa, asumirla como una condición natural.

“Venimos a equivocarnos”, dicen y no es cierto. Sería irresponsable abandonarse a esta única certeza y no hacer nada para cambiar, pero por otro lado, pensar que se puede establecer “márgenes de error”, “administrar el riesgo” y pretender controlarlo todo es negar a una ley; ser ingenuo.

La Eva bíblica alimentó con la materialización del error a su hombre y en algunas religiones, ese acto dio sentido al mundo. Su desacato está lleno de belleza; es bello en tanto implica la complicidad de los amantes, el destino común, y la garantía de no descender solo con las consecuencias hacia el mundo, o el infierno.

Sin embargo, en el pasaje subyace una asociación ominosa: el equívoco se liga al capricho y a la debilidad, independientemente de ser deliberado o no.

Ahí el principio de la culpa. En la aparente claridad de elección el desvío es juzgado como acto de voluntad. Por eso el fallo involuntario nos condena, hace más daño que el error calculado o la maldad; por eso el vértigo, la necesidad de anularse, de aceptar el castigo para sentir que un orden se restablece en él.

Pero, ¿Qué cuándo la falta se comete a ciegas, desconociendo el límite?, cuando, por decir algo, uno saluda de mano a alguien que no soporta el contacto. No es factible calcular estos deslices y de cualquier manera, el error condiciona, siembra distancia, impone una marca en el trato con los otros.

En una ocasión un compañero, me descubrió corrigiendo un texto, ya tarde en la oficina. Preguntó que escribía y no contesté. Me alegró lo que quise entender como un gesto de complicidad.

Días después volvimos a coincidir fuera de horario. Llovía y justo en ese momento alguien me envió un poema donde unos oficinistas lamentaban la lluvia. Retransmití el texto a mi compañero y al día siguiente comentó que se había ido a casa dándole vueltas. Pensó que me burlaba.

Me sentí torpe al pensar que mi intento de cercanía me apartaba y sólo puedo equiparar ese desencanto, a otro, irracional en mi infancia: eso que sentía cuando me corregían al dejar marcada por descuido, la huella de mi mano en un cristal.

Por cuestiones de formación y de temperamento, las consecuencias de equivocarse y la experiencia en sí misma, se viven de manera distinta. A unos les afecta más que a otros.

De niña aprendí a ser cuidadosa, a colorear los dibujos sin salir de sus fronteras, a hablar lo justo o callarme; a no hacer demasiado ruido. Mi infancia fue un lugar con espacios bien delimitados.

A partir de eso, creo que está claro de qué manera me afectaba y continúa afectándome el sentimiento de inadecuación, de “ser la persona equivocada”, ahora quizá con algo conciencia, aunque no de dominio sobre la sensación.

Como adulta, lo sobrellevo entendiendo que cultivar la obsesión por lo correcto y el orden jamás deriva en un orden real, sino en lo opuesto; hacerlo es una trampa de la inteligencia frente a una sensibilidad que se sabe, tiene un poder mayor.

No actuar por temor a equivocarse es otra forma de errar; destruir el equilibrio que se intenta proteger. Bajo el dictado de esa aparente rectitud, uno se calla, pone una pausa inútil a su respiración y su silencio no tiene el carácter definitivo de la muerte, sino la urgencia de una palabra que lo rompa.

Hasta hace poco habría elegido vivir en esa inercia, no decir. Me habría guardado en una caja para no ensuciarme y cometido por omisión, el mayor de mis errores. Me costó mucho entenderlo y rectificar. Mis experiencias son un capítulo aparte, pero adelanto aquí una conclusión.

Miro el suelo, las paredes de esta habitación y sus múltiples accidentes y me pregunto cuánta aspereza fragua sin error, como una cualidad natural en las construcciones. Pienso y me resigno a escribir unas palabras incorrectas, a hacerlo todo mal si es necesario, porque al fin, mis errores liberarán su propia luz y lo que dejen a su paso, irreparable, construirá dentro de mí.

 

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