This is just to say

This is just to say

I have eaten the plums that were in the icebox.

William Carlos Williams

De un lado estaba él, Abundio y del otro estaba yo, Marcela. De un lado él, Abundio, dibujaba extraterrestres ahí, en su taza de unicel, y del otro yo, Marcela, perforaba con los dientes hasta lograr hacer un hueco por donde el café se escapara cada vez que diera un sorbo. Teníamos tres años de haber compartido desayunos juntos y él, Abundio, seguía dibujando arañas patonas en la textura clara de los vasos desechables. Yo, Marcela, aún dejaba las llaves tiradas en los sillones cuando volvía del trabajo para encontrarme que tú, Abundio, habías rasgado las cortinas y habías pintado las paredes con la tinta de los pulpos de la cena y te habías metido un tenedor en el agujero de la oreja y que tú, Abundio, otra vez te habías desgarrado las manos pegándole al espejo.

El caso es que yo, Marcela, esperaba encontrarme un día sola frente a la mesa del té para poder sentir que tú, Abundio, me abandonabas poco a poquito y luego volvías para darme un beso lleno de saliva que me manchaba toda la cara y con el que tendría que volver a maquillarme y con el que te diría a ti, Abundio, que eras un animal rabioso o un bichito nocturno o un perro que parece más bien gato o yo qué sé. El caso es que tú, Abundio, habías dejado de esperarme frente a la televisión dejándole más bien a la suerte eso de los cariñosos lengüetazos y empezabas entonces a hacer cosas estúpidas como correr por la casa gritando que querías ser un pez de agua clara o que estabas harto de comer siempre lo mismo; y luego tú, Abundio, terminabas quitándome las pastillas y te metías siete en la boca y decías estoy bien Marcela, mi mundo no termina aquí. Marcela te estoy abandonando.

Es por eso que yo, Marcela, he comprado vasos de unicel pretendiendo que ha desaparecido la vajilla de porcelana. Es por eso que tú, Abundio, has dejado de tomarte las pastillas y sientes que un cuervo te persigue por las noches queriendo picotearte los pies. Yo, Marcela, recuerdo haberte sacado a la calle a tomar un helado; tú, Abundio, seguro no recuerdas haber salido a la calle a estamparte una bola de catastrófica nieve de cereza entre los pies rígidos, ser la confitería ambulante de la Bolívar con las miradas regordetas señalándote a ti –mi Abundio- a través de aparadores y tintorerías. Y que nunca entenderás que ese olor a naftalina no escapa de tu helado, Abundio, que por más intentos que hagas jamás dejaré de ser un extraterrestre que dibujas en la sopa de fideos y en el café de los domingos, y que nunca volveremos a darnos un beso de las buenas noches sin que tu cuello se retuerza como un trapo mojado y deba yo acomodártelo poco a poquito, Abundio descocado que restriega en las paredes su cuerpo de pollo a media horca.

Marcela y Abundio. Abundio y Marcela. Veintinueve años de edad y tres de un matrimonio que más bien podría traducirse en un mes de celibato y otro de irreverente sexo desfogado, y así sucesivamente, hasta que pierdo la cuenta y tú, Abundio, otra vez eres un animal rabioso necesitado de pieles y de gritos y de uñas enterradas en la espalda y de…

Abundio: esta carta es sólo para decirte que hoy no he comprado más ciruelas. Que estoy cansada de que aparezcan hechas nudo entre el abanico y luego exploten entre las paredes. Que ya no puedo más con este regadero de colores y de frutas y de moscas y de ciempiés brincándonos por las piernas, gritándonos que el abandono es un pulpo en su tinta estrellado en las paredes.

Abundio y Marcela. Abundio.

Es por eso que Marcela, está decidido, tome siete pastillas cada mañana y encuentre la forma de dibujar extrañas criaturas que emergen del rugoso unicel de los vasos del desayuno y tal vez estampe los rosetones del helado de fresa en las escaleras de los parques y aleje su lacia mano como una marañita de la que empiezan a salir enormes y peludas patas negras, y mire sus piernas y sienta los perplejos espejitos de las moscas que revolotean entre los cabellos y se clave unos alfileres en las manos para sacarse el exceso de aire de entre los huesitos para que tú puedas quererla, Abundio, para que tú puedas jugar a amarla o a sacarte de encima las ganas y romperle un beso ensalivado entre las pestañas donde pueda ahogarse sin temor a que las pirañas vengan a comérsela.

Primero fue el polvo y luego fueron los hombres. Primero Dios creó a los animales y luego los frutos, y luego la tierra, y luego el fuego, y luego el aire. Y luego las grandes mentes, y luego el oxígeno. Y luego las bombas atómicas, y luego los vasos de unicel, y luego mis

manos, que se entierran en las tuyas como migalas excitadas, que van creciéndome de entre los nudillos para hacer un dibujo donde esté el universo y esté la vida y esté el aire y esté la tierra y esté Abundio… ¿estás escuchándome, Abundio?

Aniela Rodríguez (Chihuahua, 1992) Licenciada en Letras Españolas por la UACH con mención Cum Laude. En 2013 obtuvo el Premio Chihuahua de Literatura por su libro de cuentos El confeccionador de deseos. Es miembro fundador del Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea, que se lleva a cabo anualmente en la ciudad de Chihuahua. Actualmente estudia la Maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana y es becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el área de cuento. Ha publicado Insurgencia (ICHICULT, 2014) y El confeccionador de deseos (Ficticia, 2015).

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