La noticia de su muerte me noqueó. Tirado en el piso de la cocina de la casa de mi padre, un dolor muy grande se aprisionó en mi pecho. Hace pocos días, Carlos Sevilla me había mandado un mensaje donde me decía que Ramsés Salanueva estaba muy enfermo de neumonía. Acto seguido le llamé a Yuri Herrera para ver si lo visitábamos en el hospital. Ambos no fuimos porque no estábamos vacunados contra la influenza. Nunca me lamentaré más por haber sido tan cobarde y no ir a ver a mi amigo.

Conocí a Ramsés Salanueva en Actopan, hace más de doce años. Juan Carlos Hidalgo me llevó a una lectura y después, el que por muchos fuera considerado el mejor poeta de Hidalgo, con su voz estridente y su carcajada eterna nos condujo a un bar a beber vodka. A Ramsés le gustaban las mujeres, la poesía, el vodka y la mariguana. Él me enseñó entre muchas otras cosas a amar la literatura de Efrén Rebolledo y me entregó, entre tantas enseñanzas una frase lapidaria: las mujeres del valle del mezquital son imposibles de olvidar.

Publiqué el primer libro de Ramsés: “La conjetura de la tarde” y también edité la primera versión de “Cuaderno para estudiar el viaje” y un último libro que se llama “25 invocaciones de amor y 12 malogrados sonetos” que él metió a un concurso de poesía y que desgraciadamente no ganó el premio. Entre otros grandes poemas, el libro inédito tenía estos versos:

El amor es un diablo de pureza

son sus trampas donde tropiezas

cuando buscas la otredad sin razón

la pasión te marcó la senda

y la costilla, sana por el efluvio y el aceite

se apegó a tu pecho sin historia

la ternura sucede de un entendimiento inicial

que desearía cerrar tu inesperada herida

con la aguja derramada de la sangre

detrás del cielo rojo de aquella tarde

como prueba de agua intacta

contra el lomo agrietado del desierto

el amor es un ángel de vileza

Además de su amistad sin límites, Ramsés me enseñó a que de entre las cenizas un hombre debe de reconstruirse. Siempre afable y respetuoso, su ágora se empeñó en dignificar al idioma. Su vocación por escrutar en las profundidades de la noche me mostró que uno puede bajar al infierno, ver al diablo a los ojos y regresar a la tierra para buscar el consuelo en una sibila. Muchas veces, he citado los versos del “Último poema para la mounstra”:

Alguna vez te tuve, como se tiene en el pecho, a un tigre, imposiblemente dormido.

Conocí todas tus pieles, como un batidor que se obsesiona con la misma presa.

Supe que la luna llena, te causaba la misma apetencia de las lobas.

Y que por eso, en noches desiertas, devorabas hombres.

Si en algo corresponde, acepto que fue la mejor de mis acechanzas.

Cuando el diablo me pregunte ¿cómo es la bestia que me describís?

Ella tiene la mirada de una paloma perdida en el celeste.

Y su boca suena como el llanto de una amazona ausente.

Ella acostumbra dormir desnuda sobre folios de narcisos.

Ella me mira y me canta y tensa su arco y dispara una saeta.

Y su grupa tiembla mientras galopa sobre el viento.

Y yo la veo venir, como se mira por primera vez, el sol ardiendo.

No voy esperar más la siguiente ola.

Me iré a pique con la próxima marea.

Si alguna gaviota me recuerda.

Habré llegado al fondo.

La partida de Ramsés Salanueva nos hereda una gran deuda, la deuda de publicar su obra y difundirla.

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