Una cosa que lo distinguía en esos tiempos heroicos es que la suya era la última voz que uno escuchaba cuando por fin lograba conciliar el sueño—en una sala, en una cantina, en un autobús—, y era la primera que uno oía al despertar. Le recomendé que leyera a Bakunin, porque así es como me imaginaba al revolucionario ruso: como una fuerza de la naturaleza, alguien que no podía reposar, no podía callar, no podía dormir, porque algo del mundo se le extraviaría.

            Ramsés Salanueva no era anarquista, pero cuántos anarquistas habrían envidiado su cualidad de hombre indomesticable. Era inconformista mas no bravucón. Gentil y vociferante, bailaba con depurada técnica arrabalera, reía estentóreamente (la frase “reía estentóramente” fue creada para él y no debería volver a ser usada nunca más), y siempre, siempre, siempre quería seguir la fiesta. Para Ramsés, en aquellos tiempos heroicos, la primera botella era nomás el aperitivo mientras uno decidía qué es lo que se bebería esa noche.

Recuerdo una ocasión en que fuimos a un encuentro de poesía en Navachiste. Yo había escuchado maravillas de ese encuentro, ninguna relacionada con la literatura: que era un viaje sicodélico permanente, que las mujeres se desnudaban al primer verso y que los pescadores lo proveían a uno de pescado y de mariguana casi a cambio de nada. El Encuentro era, de manera muy decepcionante, un Encuentro de poesía. Los organizadores estaban al tanto de su fama y en cada mesa se empeñaban en dejarle bien claro a la gente que eso no era una francachela sino algo profesional. Lo era, profesional y aburrido. Decidimos irnos de ahí, pero llegando al pueblo unos personajes nos invitaron a seguirla con ellos. Yo dije que no, que si quería él se quedara y nos veríamos en unos días en Pachuca. Me dieron un aventón a unas combis que me llevarían a Los Mochis y me fui. Tres días después Ramsés me llamó diciéndome que había perdido el dinero que traía, no sabía bien cómo, a manos de aquellos gandallas, que si le mandaba para devolverse.

            En otra ocasión varios hidalguenses nos colamos a un encuentro de escritores jóvenes en Huatulco al que ninguno de nosotros estaba invitado. Todos eran blanquísimos y exitosísimos. Por eso, por inseguro y por neurótico, al segundo día les dije a los paisanos que yo me regresaba, y me regresé. Supe luego que habían ido a un paseo en barco y que  uno de los escritores famosillos se había caído y que Ramsés, el más improbable de los salvavidas a bordo, se había arrojado para salvarlo. Al romper el agua del Pacífico se lastimó una costilla que siguió dándole guerra por un tiempo y, que yo sepa, ninguna de aquellas jóvenes promesas se interesó después por saber cómo seguía.

            Ramsés amaba el Valle del Mezquital, conocía como pocos la poesía de Efrén Rebolledo y fue parte de un grupo de hidalguenses que viajó a Noruega a presentarse con su familia e invitarla a visitar Actopan. Algo le debe Ramsés a Rebolledo, pero su poesía es en todo caso de un modernismo que ha visto tragedias y velocidades que no conocieron aquellos maestros; la de Ramsés es una poesía orgánica en la que el erotismo y el paisaje y los desvelos son un solo músculo, y su oscuridad es de un signo que Rebolledo no conoció.  Cuando lo escuché leer por primera vez, en 1994, su poemario “Ópera de ratas”, me convencí de que era el mejor de todos nosotros, y por años lo estuve diciendo: Espérense a que publique, y verán, Ramsés es el mejor de todos nosotros. Luego dejé de decirlo porque pasaban y pasaban los años y él no se decidía. Seguimos viéndonos, cada vez menos, pero no dejaba de enterarme de sus frecuentes visitas al lado oscuro, del cual siempre regresaba listo para volver a carcajearse.

            Una de las últimas veces que hablamos fue en un festival astronómico en Actopan, estuvimos mirando el cielo por los diversos telescopios que habían dispuesto frente al Convento Agustino de San Nicolás de Tolentino. Discutimos sobre si habíamos visto moverse las lunas de Urano o si eran resabios de cosas que le habíamos hecho a nuestros cerebros en épocas impunes. Hablamos de su bastón, que usaba desde hacía un par de años a causa de un accidente, pero que le había aportado un sex appeal elegante y provechoso, puedo dar fe de ello: la desenvoltura que no le conocía al coquetear. Estaba más viejo y más guapo, más en paz y más contento.

También hablamos de que ahora sí ya empezaría a publicar en serio sus poemas. No estoy seguro si fue entonces que me dio uno de sus poemarios, engargolado y firmado en cada página, “El amor es un ángel de vileza”. Así dice el poema III:

Estas ruinas tempranas

conmemoran el árbol de tu partida

Hay sabuesos buscándote

en todas las orillas.

Clandestina de tu ausencia,

oculta para no reflejarse,

la memoria protege su dardo.

Por el olor de sus tuétanos,

hemos recurrido a la señal.

Hasta ora, nadie afirma que la bruma existe.

Pero yo sé, que justo en el cuarzo

puede sentirse su dolor

arraizado en los almendrares

No sé si son los poemas o somos los amigos de Ramsés esas ruinas tempranas, sé que no podemos creer, de verdad no podemos, que ahora haya sido él quien se fue antes. Quizá es que, nuevamente, su voz será lo primero que oigamos cuando nos toque despertar de verdad.

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