Se detuvo el auto y me quedé observando un cartel blanco que colgaba de un poste. Dentro de él pude distinguir la forma plana y colorida de un cocodrilo.

-¿Quién es Andriacci?- Me preguntó mi compañera, mientras yo terminaba de leer el cartel que anunciaba la exposición actual del Cuartel del Arte en Pachuca.

-No lo sé- Respondí.

Semanas después pude ver en las redes sociales un par de publicaciones que me hicieron comprender quién es Andriacci, de dónde viene y qué está haciendo:

Veo un conjunto de imágenes en donde se registra el proceso de recubrimiento de una pintura sobre un muro, hecha con esténcil, la cual representa el rostro monumental de un anciano indígena con sombrero elaborado por el colectivo Lapiztola, en el centro de Oaxaca.

Horas más tarde veo otra publicación con la fotografía de una espantosa escultura de un dromedario representado sintéticamente. Al fondo de la imagen se observa un paisaje urbano hostil, como si el pobre animal maltrecho hubiese perdido el sentido de su existencia. A un costado de la foto de la bestia se presentan un par de imágenes más elaboradas (sólo técnicamente hablando): una niña indígena con flores sobre fondo azul ultramar y el anciano con sombrero que habían borrado horas antes.

La última publicación que comparaba estas dos o tres supuestas obras de arte decía: “presumen esto”, “borran estos”. La primera obra del camellito perdido es de Andriacci, las otras dos son del colectivo Lapiztola. Todos ellos ciudadanos oaxaqueños, incluyendo a Andriacci.

Escultura de Andriacci

Imagn obtenida de pachucavive.com

Cuando veo este cursi Meme no sé a quién rescatar primero, si al camellito en la autopista o al viejecillo que estaba cubriendo con pintura gris. El primero obedece a la política cultural oficial, la cual está dirigida a un público masivo y pasivo que debe ser domesticado para que pueda comprender y apreciar el arte “moderno”, casi abstracto. El segundo está hecho por personas que cargan a cuestas la noble e ingenua misión de dar a conocer a todas las personas que visiten la ciudad de Oaxaca que también existe la pobreza, la miseria y la discriminación en ese lugar.

¡Qué ternura! ¡Qué indecisión! ¿A quién apoyar, al camellito o al anciano? ¿Usted qué haría? En lo personal yo no apoyo ni a uno ni a otro. Ambos representan las dos caras de la misma moneda; la moneda de la imposición arbitraria de monumentos en el espacio urbano.

Las figuras zoomorfas y sintéticas de Andriacci, las cuales fueron expuestas al público en la Plaza Juárez de Pachuca hace unos meses, son anticuadas y pretenciosas, decorativas y torpes. Imitan movimientos anteriores de la historia del arte, como el geometrismo, pero lo transforman en masas metálicas cursis, adecuadas al gusto moralista de los funcionarios públicos que apoyan este tipo de esculturas pseudoartísticas porque no los critican ni cuestionan, porque no se relacionan con nuestra realidad nacional, ni siquiera con la fauna, ya que los dromedarios no habitan en México, tal vez haya uno o dos en Tuzoofari.

Por otra parte, los esténciles de Lapiztola se mueven, supuestamente, entre la legalidad y la ilegalidad, pero son un refrito débil y sin sentido que sólo evoca lejanamente los orígenes del Street art. A pesar de ello son exitosos. Encontré páginas extranjeras en Internet que presentan sus pinturas en las calles de Oaxaca como un heroico gesto crítico en contra del gobierno. Sin embargo, desde mi punto de vista, las obras de Lapiztola cumplen la misma función de la política cultural del Estado a la cual se oponen, ya que ambos sirven para decorar el espacio público.
Si usted entra al blog de Lapiztola podrá observar la tierna imagen de un niño oaxaqueño ofreciendo un pintoresco gallo a una pequeña autóctona que sostiene un elote en la mano para darle de comer, también verá muchas aves que vuelan en parvada evocando el desgastado símbolo de la libertad. En las obras de Lapiztola también hay cholos, soldados, señoras y hasta gorilas. Todos ellos demasiado estéticos, agradables a la vista del espectador gringo que gracias a estas obras “ilegales” comprende la belleza de la miseria oaxaqueña y su resistencia. En los muros de Oaxaca vemos a indígenas que sonríen, que son pobres pero felices, como en cualquier película de Pedro Infante.

Mural de Lapiztola

Imagen obtenida en vantagemag.com

Yo no quiero ver este tipo de imágenes complacientes en mi ciudad. Le propongo al gobierno que ya no gaste en traer esculturas monumentales a Pachuca porque es muy costoso. El espacio público ya está siendo abordado por personas o colectivos que se cobijan con la miseria del prójimo, mientras gastan litros de pintura para transformar lo grotesco y miserable en belleza. Estamos frente a la estetización de la pobreza. A mi pesar, los ideales estéticos neoclásicos de Lessing siguen vigentes.

Imagen de portada obtenida en El imparcial

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