Existe una interminable lista de cosas que entran en la categoría de “o lo amas o lo odias”. Por citar un ejemplo burdo, que en mi opinión bien expone esta subjetivísima disyuntiva, se encuentran las anchoas, la sensación de tener las manos llenas de crema y la música de los Bee Gees.

Creo que las películas de Alejandro Gozález Iñárritu se acercan, de hecho, a un supuesto similar.

Esto deriva, en parte, de que este director ha planteado un estilo propio, una firma personalísima que se aprecia en sus filmes y que se ha ido consolidando con cada nuevo proyecto.

Ciertamente, la mayoría de los espectadores de nuestro país siente una “deuda nacionalista” que obliga a ovacionar el trabajo de los mexicanos en el extranjero, como si la obtención de Globos de Oro o premios de la Academia legitimara algo que deberíamos tener muy claro desde hace tiempo: existen grandes cineastas mexicanos. Aun así, parece que el reconocimiento internacional es un requisito para corroborar esto último cuando, en realidad,  lo único que demuestra es que la producción nacional se encuentra supeditada a los monopolios de empresas como Televisa, mismas que impiden el desarrollo de propuestas de envergadura y que obligan, claro está, a una migración de talentos.

Ahora bien, retomando la premisa inicial, Alejandro González Iñárritu es de esa clase de directores cuya obra despierta aplausos o aversión. Lo anterior pudo apreciarse en el caso de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), una película que desató importantes discusiones entre la crítica cinematográfica puesto que muchos no sabían si catalogarla como una gran obra hollywoodense o, más bien, como forzado cine de arte. Las opiniones se fueron a extremos opuestos.  Eso no quita, claro está, que la ya mencionada “deuda nacionalista” haya torcido la mano del público y obligado, al menos en nuestro país, a confirmar que es una gran película (que por cierto, sí lo es).

En mi caso, considero que 21 Gramos (y habrá que preguntarle al abogado que medió en la conversación entre El Chapo y Kate del Castillo si está de acuerdo con esto último) y Birdman son, de hecho, dos piezas únicas que tienen bien merecido el reconocimiento que obtuvieron en distintos medios. El resto de la obra de González Iñárritu (no anticipemos mi opinión sobre El renacido) me parece, dentro de esta subjetividad maniquea, bastante tediosa (incluyendo, lo digo sin temor, Amores perros).

Ahora bien, creo que El renacido escapa completamente la premisa inicial; es decir, se trata de una obra que muestra una solidez artística que no da cabida a posturas tan extremas. Quizás, en aras de buscar el reconocimiento de la Academia, González Iñárritu se había esforzado demasiado en sus proyectos anteriores, de modo que nos topamos ante un estilo complejo que no puede agradar a todos. En el caso de su último filme, esto no sucede así, en parte, debido a que el director mexicano, al haber convertido a Birdman en su gran (y victoriosa) apuesta, abordó El renacido con mayor naturalidad. Se percibe, pues, una calidad genuina desprovista de esa pretensión inherente a gran parte del cine de arte.

Debo reiterar que considero a Birdman mucho mejor película que El renacido; sin embargo, lo primero responde a un subjetivismo como el ya expuesto, mientras que la segunda me entusiasmó por esa objetividad admirable que encierra, más bien, una visión auténtica y dolorosa del ser humano.

Sería difícil realizar una sinopsis de la película sin arruinar su contenido. Creo que El renacido es una de esas piezas que se disfrutan más cuando se entra a la sala sin conocer sobre qué va la cosa. Aun así, puedo decir que se inspira en las leyendas en torno al personaje de Hugh Glass, famoso frontiersman cuyas hazañas de supervivencia dieron vida a poemas, novelas y canciones. Importantísimo recalcar el hecho de que gran parte de la historia de Glass es, justamente, mera leyenda; de ahí que González Iñárritu haya podido tomar ciertas licencias que discrepan con la versión novelizada por Michael Punke, y que de hecho, en materia argumental, añaden bastante a la historia.  A pesar de que muchos catalogaron a este filme como un western, lo cierto es que elude completamente cualquier premisa del género para convertirse, por esa razón, en uno de los mejores westerns jamás filmados (para envidia de Quentin Tarantino y su fallida The Hateful Eight).

The Revenant (por su mucho más acertado título en inglés), nos inmiscuye en un entorno opresivo en el que la naturaleza, pese a su estética paisajista, se transforma en infierno. El ambiente, pareciera, se ciñe como metáfora de la condición humana de modo que, en lugar de embelesarnos, nos abruma. Imposible no concederle mérito a Emmanuel Lubezki, cuya poesía visual sabe encontrar el tono preciso para cada película, de este y otros directores. De la misma manera, la labor de Iñárritu resulta, en ese aspecto, bastante vertiginosa. Por ello, a pesar de la mesura argumental y el ritmo pausado de la historia, el espectador se sumerge en este frenesí que ahonda en lo más profundo de nuestros instintos.

Sigo sin pensar que Leonardo DiCaprio es un buen actor. De hecho, creo que tenía bastante fácil el papel de Hugh Glass puesto que, al igual que en otras películas,  se limitó a hacer sus acostumbrados berrinches sobreactuados y a gritar, como en su momento lo hiciera por Julieta, con los ojos llenos de lágrimas. Tom Hardy, en cambio, ha demostrado ser un actor multifacético que se adapta, física y anímicamente, a cada nuevo reto. A pesar de lo anterior, lo dupla resultó armoniosa, y aunque se trata de una película que atañe a buenos y a malos los personajes se perciben lo suficientemente complejos para hacernos dudar de nuestros prejuicios.

Por todo lo anterior, me congratulo de poder declarar que The Revenant es la mejor película que he visto (junto con la pieza de terror austriaco Dulces sueños, Mamá) y que me hubiera agradado otorgarle 10 notas en negro salvo por una cuestión que comentaré a continuación y que insto a no leer a quienes no hayan visto la película para evitar, de esa manera, cualquier clase de spoiler:

Parece que la salud de Leonardo DiCaprio, tras el ataque del oso, es directamente proporcional a la necesidad de tensión en la trama, de modo que su estado permea, de manera injustificada, de acuerdo a las condiciones dramáticas de la historia. De esto último depende el que DiCaprio logre gatear, cojear, correr o luchar. Entiendo que lo que sucedió con Glass haya sido meritorio de una leyenda; aun así, creo que la línea temporal y el lenguaje del filme hacen que toda la situación se perciba poco creíble. Hay una pugna entre ese “renacimiento” legendario, simbólico, pero que en este caso se nos muestra como estricto realismo, y ese otro meramente alegórico que nos recuerda, más bien, a la Beatrix Kiddo de Kill Bill.

En lo personal, creo que hubiera sido más efectivo explotar el segundo.

9 notas en negro.

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