I

El sillón rechina a cada vuelta sobre su eje. Lo sé porque los demás voltean a verme de cuando en cuando, como si dijeran: “pinche gordo pendejo, ya estate quieto”. Pero eso me viene flojo. Lo que realmente me inquieta es que el Esquirt casi se acaba y el calor apenas metió segunda.

Acapulco emprende una loca carrera hacia el verano y yo encerrado en este gallinero mal llamado oficina. Llegué aquí hace tres años y el hartazgo empieza a oxidarme. No conozco un burócrata pleno. Todos están fastidiados, anclados a una esperanza para salir de aquí. Y la esperanza es el opio del que espera.

Pero esta mañana todo cambiará.

Mientras espero la hora del almuerzo, entra a la oficina una persona que conozco como mi nariz. Es Jacinto, mi primo, quien desde muy joven se fue a Estados Unidos y a quien no veo desde hace 10 años.

-¡Toto! ¡Primazo! Me grita desde el pasillo.

Todos los demás me apuntan con la mirada y yo quisiera ser invisible. Nadie me conoce por ese ridículo apodo familiar. Desde que llegué aquí, en el gallinero todos intentaron decirme “licenciado”, pero yo no iba a permitir que me llamaran así, de modo que a punta de corregir y corregir a esta maldita gente, logré que me llamaran por lo que soy: agente. Aceptaron o se acostumbraron, aunque algunos me digan “agente” en tono de burla.

Le hago señas a Jacinto para que se calle y no me ponga en vergüenza.

-Pero cómo me voy a callar, Toto, si me da harto gusto verte. Dice eufórico, mientras me abraza con fuerza. Al mismo tiempo, me aprieta contra su barriga. Veo que varios intentan amarrar una risa culera.

Casi lo jalo del brazo para llevármelo de ahí.

II

Tomamos asiento en una marisquería aledaña al gallinero. Como supongo que mi pariente estará harto de hamburguesas y hot dog, lo llevo a comer cebiche, caldo rompecatres y jugo de erizo. Mientras esperamos la orden, le digo en tono medio mamón:

-Me da un chingo de gusto verte, primazo, pero de favor te voy a pedir que no me llames Toto en la oficina. No es lo correcto.

-Oh sí, Toto… perdón… primo. Es la costumbre.

-Entiendo primazo, pero debes tomar en cuenta que tengo que cuidar mi reputación.

-Claro, claro. Pedro. Entiendo. Tú eres un agente, no un burócrata.

Aclarado el asunto, platicamos del pasado y del presente. Me cuenta de su estancia en Estados Unidos y su trabajo en una empresa de recolección de basura por suburbios de clase media. Justo abordamos ese tema cuando noto un brillo peligroso en su mirada.

-Precisamente de eso quiero hablarte, Pedro. Encontré algo en la basura que te va a interesar.

De su mochila saca un libreta vieja y un videocasete.

-¿Y eso qué chingados es, primazo?

-No me lo vas a creer. Ni te imaginas. Es la libreta de apuntes de Rosalino Sánchez Félix, mejor conocido como Chalino Sánchez.

-¿De Chalino? ¿Estás seguro?

-Míralo tú mismo. En el videotape hay unas grabaciones de un Chalino que pocos conocen.

-¿Pocos conocen? ¿Es porno o qué?

-Oh no, no, primazo. Hay escenas de la vida diaria de Chalino, cosas que nadie ha visto.

Jacinto y yo crecimos con las canciones de Chalino, como todos los adolescentes de clase baja durante los 90. Su ascenso a la fama fue un auténtico fenómeno. De la noche a la mañana todo mundo cantaba sus canciones e imitaba su disparejo modo de cantar. Incluso ahora, son docenas de cantantes que copian su estilo.

-Hasta aquí está interesante el asunto, pero ¿qué tengo que ver yo aquí?

-Que en la libreta Chalino escribe poemas. Tal vez eso aclare su muerte. Y como tú eres investigador, pensé que podría interesarte.

-¿Chalino escribía poemas? Jamás lo habría imaginado.

-Por eso acudí contigo.

-…

III

Lo primero que hacemos al salir del trabajo es ir a mi casa y ver el videotape. Jacinto va conmigo. Pido prestada una videocasetera a la vecina y nos sentamos en un par de sillones tejidos, típicos de este sur para evadir el calor de una salita que en el altiplano sería un paraíso. Un Esquirt acompaña ese momento. Mi primo destapa una cerveza, como buen mojarra.

Espero ver a Chalino con sombrero, con pistola a la cintura y manejando camionetas. Pero no.

La cámara empieza a grabar una escena dentro de lo que parece, es estudio de grabación. Ese estudio está en Los Ángeles- me cuenta Jacinto.- Cada martes recogía la basura de todo el edificio. Ahí encontré esta libreta dentro de una maleta de cuero.

Vemos la pantalla. Hay un Chalino inusual: bermuda floreada, tenis Nike, playera sin mangas y lentes oscuros. Bebe una Diet Coke y hojea un libro amarillento con una mancha en la esquina superior derecha. Con letras rojas se ve: Romancero gitano, de Federico García Lorca.

-Qué pedo ¿Ese libro qué? Le digo a mi primo.

-Lo mismo pensé yo. Responde. Luego eructa.

Estoy desconcertado. No entiendo nada. Chalino Sánchez es algo asociado con la pobreza y la delincuencia. Mi ídolo de juventud, convertido en un vil gringo con bermuda, lentes y refresco de dieta. Y lo más misterioso: yo no sé quién diablos es García Lorca, pero sí sé que no es normal que Chalino aparezca con un libro. Y cuando algo se sale de la normalidad, entonces hay algo oculto. Eso activa mi espíritu metiche. Mas en esta ocasión necesito ayuda.

Marco el teléfono de Diego Chismes.

-Para qué soy bueno, mi querido Pedro “Chicharrón” Valencia.

-Traigo algo que quiero contarte. Te veo donde siempre, a las 10.

Tres horas después, Jacinto queda deslumbrado con El Corsario Gris. Es un bar de quinta, pero con vista al mar. Techo de teja y bancos de parota. Pido un Esquirt y una Victoria para él. Diego llega puntual y ordena un vodka con clamato.

-Qué me tienes, Pedro.

-Quiero que me ayudes a establecer una relación entre Chalino Sánchez y un tal Federico García Lorca.

Diego se atraganta. Tose unos instantes. Cuando sus ojos parecen volver a sus cuencas, responde:

-Lorca era poeta. ¿quiere decir que debo hacer una relación entre Chalino Sánchez y la poesía? Vaya… Hace tiempo que no me sorprendía tanto.

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Fragmentos del cuento: El código Chalino

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