Aquí ni los muertos descansan.

Eso lo supo David cuando le avisaron que su madre había muerto y recordó que una de sus últimas voluntades era que cremaran su cuerpo. Cuando terminó la llamada en su celular, se limpió las manos del cemento aún fresco, se quitó la gorra en señal de luto y miró al cielo unos instantes. La pesadilla apenas empezaba.

«Acaba de hablarme mi hermana para avisar que mi madre ha muerto», le dijo al encargado de obra. Un entallado «lo siento»” salió de su estricto jefe. «Ve a hacer lo que tengas que hacer, David». Eso significaba que tenía el día libre de trabajo, no de congojas.

Bajó por la improvisada escalinata que servía para toda la peonada de la obra. A su paso no apreció la sinfonía de sonidos que emanan de una construcción. Su mente estaba en el último deseo de su madre, pero también en el tercer parto de su mujer.

Al llegar a su casa, su esposa lo abrazó. Ya sabía la mala noticia.

Agotada por la diabetes, la madre de David pasó sus últimos dos años entre hemodiálisis, coma diabético, breves etapas de estabilidad y una férrea negativa al estricto régimen alimenticio.

La diabetes  agotó primero la vista, luego los riñones. Era necesario cambiar de vida. Los siete hermanos organizaron un minucioso cronograma para repartirse el trabajo y los gastos. Como la albañilería es un oficio eventual y absorbente, David aportaba una cuota mensual para subsanar gastos y compensar su ausencia. Además, su mujer iba cuatro días al mes a cuidar a la suegra, ya fuera en el hospital o en la casa materna.

En algún momento de la enfermedad, la madre de David comenzó a cocinar la idea de la cremación. «Quiero acabar de raíz con este mal», justificaba. No hubo explicación que la convenciera de que la diabetes no es causada por un virus o bacteria, sino por una falla biológica. Con el tiempo, los hermanos se hicieron a la idea de que había de ser cremada, pero veían lejos el momento.

Cuando murió, venía de un periodo de relativa mejoría. Por eso el asunto de la cremación los tomó por sorpresa. En la cama de hospital, ante el cadáver, repartieron responsabilidades para el velorio y David fue el encargado de la cremación.

David no sabía nada de quemar carne. Su referente más cercano era el de los cuarenta y tres estudiantes supuestamente calcinados en el basurero de Cocula, entre el 26 y 27 de septiembre del 2014. Para él, tal cosa no pudo ocurrir. hora, lo que sí debía ocurrir era la de su madre, un último deseo que debía ser cumplido.

Antes de salir del hospital de Acapulco, preguntó a dos enfermeras sobre alguna empresa que se encargara de cremaciones. Ninguna le dio razón, pero le sugirieron que se dirigiera al cubículo de información, a la entrada del nosocomio. Cuando salió a la calle ya tenía los datos, tomó su teléfono celular y llamó al número proporcionado. Casi se fue de espaldas cuando le informaron del costo, veinticinco mil pesos. Era demasiado para un último deseo. Buscó otras opciones, hasta que la funeraria Manzanarez le pidió doce mil. Accedió.

Dos días después, luego del velorio, los familiares acompañaron a la vieja carroza fúnebre que trasladaba el cuerpo de la madre de David. De la zona de hospitales, donde velaron el cuerpo, el cortejo enfiló hacia La Cima. Luego de un prolongado descenso llegaron a la zona de Las Cruces, en la entrada de Acapulco, y tomaron la avenida hacia Puerto Marqués.

En unos minutos llegaron a Cremaciones del Pacífico. Cuando bajó del taxi colectivo, David miró aquel lugar con cierto asombro. Parecía una casa color beige, con techo a dos aguas y el volado pintado de verde. Un pequeño letrero rectangular blanco con la razón social en letras negras y una silueta de lo que parece ser un farol.

Por el frente sólo tenía una puerta blanca y una ventana, de la cual salía el equipo de aire acondicionado. A un costado sobresalía una bodega con un pequeño portón. En su parte superior, de nuevo la razón social en otro tipo de letra y un par de alas. A un costado de ese negocio, la miscelánea Alina, y del otro, una ferretería.

Una secretaria les dio la bienvenida. Los atendió de manera amable y les dijo que por órdenes de la Secretaría de Salud no podían presenciar el proceso crematorio. A David le pareció atinado el comentario. Asimismo, le informaron que el proceso duraría varias horas, por eso les recomendaron que fueran al día siguiente a recoger la urna con cenizas.

Al día siguiente, como acordaron, fueron a recoger la urna y el domingo, después de una misa, la familia se trasladó a Pie de la Cuesta donde esparcieron las cenizas. Fue un momento emotivo, pues cada pariente tomó un puñado y lo lanzaó al mar.

Dos meses después, las noticias revelaron un hecho espeluznante: descubrieron sesenta cadáveres en un crematorio abandonado. El parte oficial afirmó que era muy probable que se tratara de un fraude de servicios funerarios. El lugar era el mismo donde David dejó los restos de su madre.

Poco después David recibió la llamada de una sus hermanas. Aunque la sospecha los carcomía, confiaron en que no se tratara de su madre. Sin embargo, por la noche, cuando se difundieron las primeras imágenes del interior de ese lugar, David reconoció en uno de los cuerpos una mantilla aperlada con la que envolvieron a su madre durante el velorio, para ser trasladada al crematorio. La duda lo abofeteó. ¿Serían de ella los restos putrefactos debajo de aquella mantilla o simplemente alguien se la había quitado antes de cremarla?

Al día siguiente acudió a la Fiscalía General del Estado, donde un gran número de personas esperaban informes sobre los sesenta cuerpos. Platicando entre ellos, descubrieron que habían llegado de diferentes agencias funerarias. La exigencia de claridad calentó los ánimos. Todos los posibles defraudados se plantaron en la entrada de la Fiscalía en espera de datos fidedignos.

Horas después, la Fiscalía informó que, debido al estado de descomposición de los cuerpos, la identificación ocular era imposible, por lo que era necesario realizar pruebas biológicas. Entonces solicitó a los posibles afectados muestras para ser comparadas. Asimismo, advirtió que los resultados tardarían algunos días por el número de cuerpos.

Un mes después, David fue informado de que su madre sí estaba entre los cadáveres. Pensó que la cremación no había sido buena idea. Tampoco había sido buena idea ser el encargado familiar de este proceso. Maldijo su oficio de albañil y se recriminó por no haber terminado una carrera, como siempre le decía su madre. Ahora ya todo estaba hecho.

David y su familia despidieron a su madre por segunda vez en un panteón. David se encargó de elaborar la fosa, la gaveta y un pequeño mausoleo. Cada domingo la visita.

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