Debo admitir que desconfié bastante de la premisa inicial de 7:19 La hora del temblor. Consideré que, al igual que una gran parte de películas de producción nacional, me enfrentaría con una obra completamente melodramática, herencia de ese monstruo llamado Televisa, gestor de todas esas producciones plañideras que infestan tanto la la pantalla chica como la grande. Una cosa me hizo replantearme este prejuicio: el hecho de que la película involucrara la pluma de uno de los grandes escritores mexicanos contemporáneos: Alberto Chimal. A pesar de que el proyecto parecía eludir el estilo y género de este narrador, puedo decir que esta película confirma que su talento no rivaliza con otros ámbitos.

7:19 La hora del temblor nos narra la historia de Martín y Fernando, dos hombres, de contexto social opuesto, que comparten un mismo escenario: un cementerio de vigas, fierros y bloques de concreto al que se ven confinados cuando el edificio donde laboran se les viene abajo.

Creí que iba a toparme con una película de supervivencia, dramatismo exacerbado y un heroísmo muy a la mexicana (imagine algo parecido a ese bodrio llamado World Trade Center, de Oliver Stone). Puedo decir, con satisfacción, que 7:19 La hora temblor, posee una estructura más compleja de lo que aparenta. De hecho, se aleja de una fórmula meramente cinematográfica para situarnos en una pieza que se parece más al teatro; lo anterior, debido a que tenemos solo dos jugadores sobre la cancha (Héctor Bonilla y Demián Bichir), al igual que ese único, claustrofóbico y ominoso escenario. Quizás, como antecedente u obra análoga, puedo remontarme a Buried (Rodrigo Cortés, 2010), aquella angustiante cinta que se desarrolla en el interior de un ataúd en el que un hombre ha sido enterrado con vida. Sin embargo, creo que el filme mexicano se vuelve mucho más sombrío por una razón: sabemos que se basa en hechos verídicos, al menos, respecto a la situación de miles de personas que quedaron atrapadas bajo los escombros, aquella fatídica mañana del 19 de septiembre de 1985. Por lo mismo, el director Michel Grau y su guionista Alberto Chimal, no solo saben llevarnos al subsuelo, sino que logran mantenernos ahí, con palmas sudorosas y piernas inquietas. Esto se logra gracias a técnicas de planos cerrados, escasa iluminación y una atmósfera, sencilla y por lo tanto, muy realista, así como por aquella agilidad guionística que echa mano de recursos teatrales para mostrarnos peripecias, revelaciones y un proceso agencial que incrementa la tensión dramática a través de la rivalidad de sus dos principales actores.

No niego que, como el espectador mediocre que soy, esperaba que la situación de Martín y Fernando fuera llevada al límite. Creo que, en cierto modo, la cinta se mantiene algo estática a pesar de que las circunstancias podían ameritar giros mucho más violentos. Aun así, pienso que esa sutileza busca mantener la trama en un plano realista, sin caer en esa necesidad, típicamente hollywoodense, de extralimitar las pasiones de los personajes para tener secuencias más veloces. Por lo mismo, la labor de los dos actores que protagonizan este filme es meritoria de aplausos. Ya he manifestado en otras ocasiones mi completa ignorancia sobre el cine mexicano. Aun así, es innegable que Demián Bichir se ha consolidado como un gran actor que empieza a atraer la atención de cineastas norteamericanos de la talla de Quentin Tarantino. Por su parte, Héctor Bonilla tiene una importante carrera que despunta en clásicos como Rojo Amanecer o El Bulto. Ambos saben sacar provecho de sus respectivos personajes, de modo que, a pesar de que pueden configurarse como arquetipos del realismo mexicano, logran encausar un ritmo dialogístico bastante dinámico. Por lo mismo, uno de los temas, quizás tangenciales, pero de innegable relevancia, es aquella rivalidad clasista entre estos dos personajes, cuyo extracto social puede no ser el mismo; pero cuya realidad termina por enfrentarlos a un conflicto existencial análogo. Esta oposición de ideas, por tanto, se desarrolla a la par de aquella innegable angustia que provee la atmósfera del filme, para la cual, Michel Grau prescinde de montajes ostentosos para lograr, con ello, un espacio reducido que contagia al espectador la desesperación de los protagonistas.

7:19 La hora del temblor es, en resumen, una cinta ágil, cruda y opresiva, que despunta por mucho dentro del tropel de comedias románticas y melodramas lastimosos que absorben casi todo el presupuesto cinematográfico de nuestro país. Su sencillez es muestra de que los grandes proyectos, requieren poco, siempre y cuando medie el ingenio de verdaderos talentos nacionales.

9 notas en negro.

 

 

 

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