En una entrevista reciente, el músico argentino Daniel Melero aseguraba que en su música nunca ha existido un intento por parecer futurista, por más vanguardista que se le vea.«Se corre el riesgo de que el futuro haga parecer tu obra como algo ridículo». 

Su tesis es que la tecnología resulta más fascinante en el mundo real y que cualquier cosa que se imagine un artista, un pensador o alguien creativo, terminará por verse anticuado e incluso infantil, cuando el implacable tiempo lleve a la humanidad al punto evolutivo necesario.»Cuando el tiempo nos rebase, de lo que se habrá dado cuenta quien haya intentado mirar al futuro con su obra, es que lo que sí hizo, fue arte».

Estamos celebrando 50 años de una de las películas de ciencia ficción que más ha calado en el imaginario de la humanidad, un icono pop, el gran pretexto que nos ha dado la cinematografía para disertar pensamientos filosóficos mientras observamos al universo de una manera incrédula.

Lo que han logrado los creadores de tal obra rebasa sin duda el paso del tiempo y se instala mucho más en el otro lado, el de la reflexión humana, el de la obra de arte. Sabemos que en eso estamos de acuerdo cuando le pedimos a un conjunto de cinéfilos revisitar 2001: Odisea del Espacio y recordar mientras lo hacen, qué significó para ellos la primera vez que la vieron.

Guadalupe Gómez es editora, correctora de estilo, lectora inquieta y cinéfila incurable. La puedes leer en Crash.

No sé qué fue primero Arthur C. Clarke o Kubrick… Porque el “escritor del futuro” no hubiera llegado a mis manos sin la locura y la seriedad que brotaba del director neoyorquino. La primera vez que vi 2001: A Space Odyssey, al igual que cuando uno se desvirga, sentí esa unívoca sensación de no estar sola, de que siempre vendría algo más.

Ahora sé que la película tiene un guion mínimo pero con un trabajo audiovisual imperioso. Si El acorazado Potemkin representa la obra maestra del cut fílmico, 2001: A Space Odyssey es un alejandrino a la ciencia ficción, al miedo y la evolución.

No hay elipsis más famosa y rocambolesca en la historia del cine: el hueso mudado a transbordador espacial mientras la obra de Strauss nos lía con una música de quinceaños. Tampoco es minúscula la aparición del monolito negro: temores y belleza, un mito fatal. Y, por si fuera poco, el filme nos ofrece la representación de humanidad más espeluznante: HAL 9000.

Un director opuesto a Kubrick fue Tarkovsky, quien tachó al primero de deshumanizar el cine. Pero tal vez lo que no vio el creador soviético fue a HAL 9000, el armatoste robotizado y omnipresente que tenía miedo a morir. ¿Qué es más humano sino es ese miedo? Sí, mató a la tripulación, pero la turbación no era robótica ni automática, sino hondamente humana.

La tercera Ley de Clarke manifiesta que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, y creo que esta ley se apoya en el cosmos de 2001: A Space Odyssey: un hito en la ficción, y un punto de quiebre en el cine… casi magia.

Salomón Morales es un locutor, productor de radio y documentalista hidalguense –Si corre o vuela a la cazuela-. Lo puedes escuchar en Radio UAEH:

Me alegra que no haya sido 2001: Odisea del espacio la primera película que vi de Stanley Kubrick, eso me hizo que a su encuentro comprendiera con mayor sorpresa y entusiasmo los alcances del cine en general y de la genialidad de Kubrick en particular. Creo que no me equivoco al decir que para muchos la idea del espacio cobró dimensiones visibles al experimentar esta gran película, y esto es otra gran característica del filme, su profundidad sensorial y emotiva.

La película muestra la gran capacidad de síntesis y de poesía del director, de la Tierra nos lleva al espacio, de la prehistoria al futuro, de las máquinas y su inteligencia al existencialismo y la filosofía a través de los personajes. 2001: Odisea del Espacio es una obra brillante porque además se desborda de la pantalla a la realidad, la gran cantidad de elementos creados específicamente para el filme convierten a la película en un manifiesto y en una cápsula del tiempo, su influencia en la realidad es visible. 2001 es una alucinante obra de arte, producto de un trabajo profundo de mentes brillantes comandadas por Kubrick.

Toño Quintanar es guitarrista de Los Riot, escribe de cine periódicamente en Revista Marvin en donde arma las listas y recomendaciones más enfermas del gremio.

Cuando tienes catorce años y buscas experimentar sensaciones desconocidas, el cine se transforma en el inductor de ensoñaciones por excelencia. Recuerdo haber adquirido el VCD de 2001: A Space Odyssey –en aquel entonces los DVD aún eran una excentricidad burguesa– en un puesto de mercado en el que fulguraban otros grandes clásicos como Trauma y Calígula. Mirarla en la obscuridad, con sus delirantes escenas sangrando una atmósfera de ensueño, era una experiencia verdaderamente hipnótica. A partir de entonces comprendí que la ciencia ficción era la plataforma filosófica por excelencia, la metáfora definitiva acerca de la humanidad y de sus rincones mentales más extraordinarios.

Juan Carlos Hidalgo, periodista, escritor, la mente más inquieta de pachutown. Lo puedes leer en Milenio Hidalgo o Revista Marvin:

¿Qué es lo que pervive en mi memoria acerca del filme? La lección suprema acerca de la elipsis. Vuela un hueso arrojado al aire por un grupo primitivo que en un instante se convierte en una nave espacial que surca el espacio. Cientos de años resumidos en una sola transición… la historia de la civilización y la cultura comprimidas en un inteligentísimo gesto del ejercicio cinematográfico. Arqueología del futuro, premonición ancestral del porvenir.

A fin de cuentas, no sólo lo consiguió Kubrick sino la sapiencia de un cineasta-docente como Jorge Bolado para hacernos ver más allá de lo evidente (desde una aula universitaria). Estudiantes en ciernes dispuestos a devorarlo todo; ya fueran los poemas de Gertrude Stein o la narrativa de Faulkner. El cine más allá del cine y basado en el factor humano. 2001 ya nos advertía del peligro de la inteligencia artificial. «¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?» Borges dixit. La experiencia iniciática provocada por una revolución fílmica que nos advierte del riesgo de perder nuestra esencia –ese frágil asidero que nos sostiene como especie-. Tan sólo somos animales pensantes… humanos, que les llaman.

Alejandro Mancilla es editor en Círculo Mixup y escribe en Revista Marvin, GQ o Yaconic

En 1984 tenía 7 años de edad y lo único que quería era ver Don Gato en la tele. En lugar de eso (y afortunadamente, supongo) me llevaron a un gigantesco cine en L.A. a ver la segunda parte de 2001, A Space Oddissey. Es decir, «2010, El año que hicimos contacto» (como se llamó la secuela, a la que no le entendí nada). Al parecer, en los años 80, los villamelones de la sci-fi aun tenían esperanza de que en los dosmiles ya habríamos hecho contacto con esas entidades que esperábamos, fueran más como Alf y menos como el octavo pasajero. Fue algunos años después que por fin vi 2001 (en video), esa existencial película de ciencia ficción del gran Kubrick, donde Hal 9000 es el rey. Es que se suponía que las computadoras y los robots no podían anteponer su propia supervivencia a la de los humanos (o eso nos juraba Asimov en sus tres leyes de la robótica), por eso la actitud de esta supercomputadora inteligente era fascinante y pura anarquía. Después de esa escena, el misterioso final de la película (tan, tan new age y a la vez tan Nietzsche), ya fue lo de menos.

Vientos!

 

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