Tenía cinco años la primera vez que viví un terremoto. Aquella mañana, mi madre estaba peinándome para llevarme a la escuela. Los candiles de la casa comenzaron a moverse de un lado a otro y la consola tocadiscos Phillips, donde escuché por primera vez la voz de Elvis, se estrelló contra una de las paredes y se le rompió una pata. Nadie en mi casa sabía qué hacer. Nos quedamos paralizados y fue mi madre quien nos dijo que saliéramos al patio de la casa. Después de mucho tiempo volvimos a entrar a la sala. Nadie fue a la escuela ese día. En la televisión, las noticias eran devastadoras: la ciudad de México se había derrumbado. Las historias de los hombres topo; de la solidaridad del mundo y de la hermandad de los mexicanos para levantarse de entre los escombros firmaron la página de aquel día con una tinta indeleble.

Después de eso existieron más sismos. Y afortunadamente ninguno tuvo las consecuencias que el de 1985. Los días corrieron y se hicieron años, lustros, décadas. El simulacro del 19 de septiembre se convirtió, para muchos, en la historia de Pedro y el Lobo. Pero este 2017 fue diferente, la tierra se volvió a cimbrar para recordarnos lo endebles que somos. Una semana antes, la muerte nos había mandado un anuncio arrasando Oaxaca y Chiapas. Ahora también golpeaba a la CDMX, Puebla y Morelos.

El martes pasado, cuando sentí la fuerza de la tierra inyectarme de miedo las plantas de los pies, cuando salí corriendo de la oficina en la que paso los días, bajo un sol desafiante, rodeado por un mundo de oficinistas temerosos de morir aplastados por los frescos de Siqueiros, Diego Rivera y Montenegro, no pude sino fingir que todo estaría bien. Aunque por dentro sabía que eso no sería cierto.

Después vinieron las ganas de encender un cigarrillo para inhalarme el temor. La necesidad de moverme de ahí. El egoísmo de comenzar a caminar por República de Brasil, dar la vuelta en Donceles y seguir de largo. Apresurar el paso. Observar la tribulación de la gente que hundía sus ojos en las pantallas de sus teléfonos celulares tratando de obtener noticias, intentando asir un poco de aliento de vida, de su vida y de la de sus seres queridos.

Seguí caminando sin detenerme. Observé escombros, paredes fracturadas, estructuras viejas y nuevas a punto de caerse. Es extraña la manera en que los sentidos se bloquean cuando el pánico es quien fluye en las arterias: sentir que todo te pasa de largo, ser extranjero de los demás y oír su eco intentando descifrar cuál es el significado de sus palabras. Llegué a Eje Central Lázaro Cárdenas y un sudor frío corría por todo mi cuerpo. Una avalancha de gente se había apoderado de los carriles, el sonido de sirenas daba la estocada al aire. Vi a personas ayudar a organizar el tránsito. Muchos automovilistas se detenían para ayudar a quienes les pedían aventón. Algunos otros, fieles a su instinto, intentaban sacar partido y cobraban por llevarte en su carro. Seguí de frente, sin voltear atrás, a cada paso percibía la hecatombe de la realidad pegándonos a todos. Más muros caídos, gritos, llanto. Caminé por mucho tiempo hasta llegar a casa y escuchar al silencio decirme: regresa.

Después de un par de horas la energía eléctrica volvió. Encendí el estéreo, y sin comprenderlo, comencé a escuchar las consecuencias del capricho de la tierra por desplazarse debajo de nosotros. Mi teléfono regresó de su muerte de energía y al abrir mis redes sociales descubrí que muchos de los contactos que tengo se estaban movilizando. Algunos dejaban su huella en la web para que el mundo supiera que estaban bien. Otros comenzaron a pedir ayuda, víveres, a organizarse para salir a auxiliar a sus vecinos y a quienes también no lo eran.

Miles de buenas intenciones y millones de farsas han corrido en esas mismas redes. Sin embargo, algo se ha quedado en mí desde aquel día, los mexicanos somos tercos y nos burlamos de nuestro destino. En nuestra naturaleza descansa el ánimo de derrumbarnos para construirnos de entre la sombra de los edificios de lo que un día fue nuestro presente. Vivimos aislados, es cierto, pero no estamos solos.

Porque como lo escribiría Octavio Paz hace 32 años: “ante los infortunios y los desastres, lo mismo los naturales que los históricos, los hombres han respondido siempre con actos y con obras. La religión, el pensamiento, el arte y la acción son nuestra respuesta a la universalidad del mal y de la pena. Los aztecas creían que esta edad del mundo estaba regida por el sol del movimiento, y esta idea les dio ánimo para ver de frente y con entereza los terremotos, las erupciones volcánicas y las inundaciones; la creencia en la justicia y la misericordia divinas alivió a nuestros antepasados de la Nueva España e impregnó de sentido a las catástrofes y convulsiones naturales que padecieron. Ahora, los temblores del 19… de septiembre nos han redescubierto un pueblo que parecía oculto por los fracasos de los últimos años y por la erosión moral de nuestras élites. Un pueblo paciente, pobre, solidario, tenaz, realmente democrático y sabio. La sabiduría popular no es libresca ni moderna, sino antigua y tradicional. Es una mezcla de estoicismo, silenciosa energía, humor, resignación, realismo, valor, fe religiosa y sentido común. Ese sentido que, precisamente por ser común, es comunal, comunitario”.

Veo las redes sociales plagadas de un ánimo, que desconocía, por ayudar al prójimo, por estar al pendiente de los demás. Veo en las calles que la gente ha cambiado en ánimo y en actitud. Creo que hemos regresado a ser humanos y espero que esta ciudad o el tiempo no vuelvan a devorarnos.

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